Dios está en todas partes

BSO: Dieguitos y Mafaldas, de Joaquín Sabina.

Hace ya bastantes meses, en una noche de inspiración, escribí el post que más repercusión ha tenido de este blog, titulado Idiosincrasia Argentina, donde disertaba ampliamente sobre mi percepción acerca de los argentinos, sus costumbres y su forma de ser y pensar.

En las muchas críticas constructivas que tuvo el artículo, la más repetida fue mi error al valorar a todos los argentinos por igual, solamente tomando en consideración lo que había visto hasta ese momento: la sociedad de Buenos Aires, conocidos como porteños. Durante aquel tiempo, me comprometí a escribir una segunda parte de ese artículo, para ver las diferencias entre los capitalinos y el resto de argentinos, muy notorias, según la mayoría de comentaristas.

Frases de apoyo a los Kirchner en cualquier pared de la ciudad de Salta, bien al norte argentino.

Varios meses después de aquellos días, me encuentro sentado frente al mismo ordenador, del mismo hostal, con mucha más experiencia en la Argentina, no en vano la he recorrido hasta el norte en ambos sentidos. Así que ahora, con una visión más amplia del hecho argentino, comienzo este post, recordando siempre que estas líneas no son más que la humilde opinión de un viajero, por lo tanto equivocada, pero espero, almenos coherente.

El título de hoy no responde a un sorprendente cambio de opinión religiosa: es la primera parte de un famoso refrán argentino que sirve de buen glosario de este post. Dios está en todas partes,… pero atiende en Buenos Aires. Frase muchas veces repetida por todos los no porteños para hacer notar las muchas deficiencias causadas por el centralismo.

El descontento político es un factor común en toda la Argentina, incluso en el lejano pueblo de Cachi.

Argentina es el octavo país más extenso del mundo, ocupa más de cinco veces el territorio de España. Sin embargo es solamente el país número 32 en habitantes, con escasos 40 millones de personas. Una simple división da una media de apenas 15 habitantes por kilómetro cuadrado: un territorio monstruosamente grande y enormemente despoblado.

Por otro lado, el Gran Buenos Aires cuenta con casi quince millones de habitantes y otros cinco millones viven en la provincia homónima. No hace falta ser un gran estadista para darse cuenta que Argentina es un país demográficamente muy desequilibrado, con mucha gente en un solo punto y extensas zonas prácticamente despobladas.

Así es precisamente como se vertebra y articula este país supuestamente federal, pero que dista mucho de serlo. Buenos Aires marca el ritmo del país en todo y eso se deja sentir en la opinión que tienen unos argentinos de otros. La opinión de los no capitalinos más comunmente aceptada es que el porteño es muy egocentrista, incluso displicente con el resto de argentinos. El porteño siente de alguna manera al resto de la nación como un lastre para el desarrollo y lo deja notar en algunas de sus actitudes. Tienen fama de soberbios, de maleducados y de ser poco amables, de dar mala fama a los argentinos en general. Ojo, esta no es mi opinión, es lo que se dice en los mentideros de fuera de la capital. Obviamente es un país dividido por la mitad, puesto que casi la mitad de la población vive muy influenciada por lo bonaerense y la otra mitad reniega precisamente de esa condición, para hacer notar las tan cacareadas diferencias entre provincias.

En Rosario, el monumento a las Malvinas, otra de las preocupaciones nacionales.

Hasta aquí solamente va una simple descripción, más o menos acertada de los hechos. A partir de ahora, vamos con mi opinión. Creo que las diferencias que todo el mundo advierte tan abiertamente entre los bonaerenses y el resto no son tantas como todo el mundo anuncia.

Obviamente que hay diferencias, en primer lugar, marcadas por la diferencia de escenarios. No es lo mismo vivir inmerso en la vorágine de una megalópolis sudamericana que en el extenso campo, que en una tranquila ciudad de provincia, que en un rancho en la Patagonia, eso es evidente. Las diferencias, en cualquier caso, parten de ahí, como existen en cualquier otro país.

De hecho, es muy habitual el recelo contra los habitantes de las capitales o de las grandes ciudades. Ejemplos hay muchos, los franceses contra los parisinos, los brasileños con los paulistas o incluso los españoles contra los supuestamente centralistas madrileños. Es un esquema que se reproduce en casi todos los países, producto de las diferencias culturales y económicas producidas por la aglomeración de asfalto como metáfora de la bonanza y el desarrollo.

Mi diagnóstico pues es que no me retracto demasiado de todas las palabras que pronuncié en su momento y en realidad las hago extensivas a todos los territorios que he pisado en la Argentina, mayormente los del norte del país. Los argentinos en general se puede decir que son amables y acogedores, buenos conversadores, afables y parecidos en modo de vida a los españoles.

Fotos de desaparecidos durante la dictadura, frente a la cómplice Catedral de Córdoba.

Así que desde este perdido rincón del internet, llamo a la conciliación de todos los argentinos, olvidando las diferencias de la capital con las otras provincias. La crítica está bien, pero creo que demasiadas veces se tiende a generalizar por demás en esta situación. Así que, porteños, renieguen menos de sus compatriotas. Al resto, acerquénse a los porteños, al fin y al cabo, si necesitan a Dios, atiende en Buenos Aires.

La misma piedra

BSO: Un beso y una flor (forjarán mi destino las piedras del camino), de Nino Bravo.

Dicen que el humano es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Yo, un simple viajero metido a narrador de historias no soy una excepción y también he encontrado esas piedras que van forjando mi camino.

El hilo de esta historieta Épica lo habíamos dejado en el norte de Chile, en el desierto de San Pedro de Atacama. Después de eso, crucé lo que sería mi última frontera terrestre, volvía a la Argentina, en concreto a la ciudad de Salta.

En lo más alto de Salta.

Allí se produjo uno de los reencuentros más esperados: la risueña coreana con la que habíamos hecho la subida al Choquequirao algunas semanas atrás. Juntos decidimos darnos un pequeño paseo por algunos pueblos de la provincia de Salta: iniciaríamos el recorrido por el apartado Cachi y trataríamos de llegar a Cafayate, aún sabiendo que el camino que unía ambas localidades estaba totalmente incomunicado por transporte público, en lo que supondrían 150 kilómetros más largos de lo habitual.

Celebramos el reencuentro con un litro de nuestra bebida favorita en Cusco: jugo de maracuyá.

Tras madrugar, llegamos a la localidad, algo decepcionante para las espectativas creadas. Así que decidimos no hacer noche y comenzar a caminar el largo camino que nos separaba de nuestro destino. Antes de salir a la carretera a levantar el dedo, decidimos probar suerte preguntando a todo el mundo que pudiera tener coche en la plaza del pueblo. Nos repartimos el trabajo: Eunjung preguntaba en inglés a los que tenían cara de gringos y yo en español a los que parecían argentinos.

La misión de búsqueda dio sus frutos y unos aparentemente amables canadienses iban en nuestra dirección. Nos abandonaron una cincuentena de kilómetros más adelante pues ellos iban teóricamente a hacer noche en un pueblito cercano. En una hora de tensa espera pasaron por el polvoriento camino sin asfaltar tres coches que, por diferentes motivos, no nos pararon. Pero la suerte nos reservó una nueva sorpresa y los mismos canadienses seguían haciendo camino pues no les había gustado demasiado el pueblo que a priori habían seleccionado para pernoctar.

¡¡Páranos!!

Así que nos avanzaron otros cincuenta kilómetros. Como todavía quedaba una hora y pico de luz, decidimos seguir probando suerte con el dedo en alto a ver si alguien nos completaba el recorrido. Sin embargo, tras otra tensa hora de espera, se podría decir que no pasó ningún vehículo donde pudiéramos meternos.

Seguramente estábamos en la ruta con menos tráfico de toda la Argentina, por lo que la desesperación se disfrazaba de espera en mitad de la nada, tragando polvo en un camino de arena. Estaba a tan solo unos cien kilómetros de distancia de aquella vez que me pasó lo mismo, caminanto otra vez sobre la delgada línea que separa cosas casi opuestas: lo maravilloso del paraje, con el nerviosismo que aporta el no poderse uno desplazar a tu antojo. Efectivamente, había tropezado otra vez con la misma piedra: tensa espera al borde de una carretera del despoblado norte argentino, con el frío atenazane de la noche en zonas desérticas y sin posibilidad de escape.

Hay que cuidar el cutis mientras uno hace autostop.

Esta vez teníamos más suerte: estábamos a tan solo un par de kilómetros de un pueblito llamado Angastaco. Caminamos ya de noche cerrada el camino que nos separaba del pueblo. Evidentemente estábamos en un lugar fuera de cualquier circuito turístico, un lugar nada acostumbrado a ver personas foráneas y mucho menos de unos rasgos tan exóticos como los de Eunjung.

Éramos la atracción del pueblo, pero lejos de querer serlo, nos disponíamos a pasar la noche allí. Nos hablaron del camping del pueblo, para lo cual hubo que encontrar al encargado. Preguntando casa por casa, llegamos ante la vivienda del tipo, que en ese momento se encontraba en misa. ¿Misa a las diez de la noche de un martes? Efectivamente, todo el pueblo estaba congregado en la curiosa iglesia decorada como un árbol de navidad.

La iglesia.

Pero ¿como reconocer a Martín López entre toda la parroquia que asistía al sermón de un cura que anunciaba el apocalipsis? Hice correr la voz de que lo buscaba y nada más concluir la ceremonia fue advertido. El cámping estaba cerrado, imposible dormir allí.

Seguí con mis averiguaciones en ese difícil momento: la salida de misa, momento en que los hombres tienen prisa para irse al bar y las mujeres tienen demasiadas cosas de las que cotillear como para hacerle caso a un desubicado extranjero.

Me informaron de que había un hostalito cerca de la iglesia, cuya dueña era la más beata del pueblo y fue la última en abandonar la santa casa. Además era la encargada de la rifa o de vete tu a saber qué milonga para pedir dinero al resto de fieles; por lo que tuvo una larga conversación con el párroco antes de tener la amabilidad de atendernos.

Espera a la puerta del templo.

Así que nada, allí dormimos. Como el pueblo era muy pequeño y aquel era lo único que se parecía a un hostal en todo el pueblo, allí cayeron también nuestros amigos los canadienses con su coche, que se presentaba como nuestra tabla de salvación.

Tras corta conversación, quedamos con ellos a las diez de la mañana para salir hacia nuestro destino. Después de leer un poco, nos dormimos con toda la tranquilidad, hasta la mañana siguiente.

Al respertar, tragedia: el coche no estaba y no había ni rastro de los canadienses. Habíamos bajado la guardia obviando que los canadienses provenían del Quebec, la parte francesa del Canadá. El peso de la genética gabacha al servicio de quedarnos otra vez en mitad de la nada.

Así que después de acordarnos de todos los muertos de nuestros ex-amigos iniciamos la búsqueda de algún medio locomotor que nos llevara hasta Cafayate. La suerte se alineó con la Épica una vez más y conseguimos viajar en la parte trasera de una camioneta, tragando bastante tierra en lo que fue un incómodo viaje de un par de horas.

La camioneta que nos llevó.

Así fue como, tras tropezar otra vez con la piedra del abandono en mitad de la nada, no solamente sobrevivimos, sino que lo disfrutamos al máximo. Después unos días en Cafayate, una jornada en Tucumán y ahora os escribo desde la penúltima parada de este viaje que cuenta los pocos telediarios que le quedan para llegar a su fin.

Cuando caminen no miren al suelo, así tendrán más oportunidades de poder tropezar con las mismas piedras.

El ghetto del pueblo judío

BSO: Nos vimos en Berlín, de Soziedad Alkohólika.

El post de hoy va a ser de los polémicos, no cabe duda. Avanzo desde ya que seguramente se me va a acusar de antisemita y demás adjetivos que vengan al caso. Sin embargo quiero aclarar que este post no tiene ningún contenido racista ni antisemita, es simplemente mi opinión acerca de los muchísimos viajeros de nacionalidad israelita que invaden el continente sudamericano.

Avanzo desde ya que no creo en las generalizaciones y que en cualquier colectivo hay cabida para todo tipo de personas. Y este caso no es una excepción, pues durante mi periplo por estas tierras he encontrado a varios israelitas que no solamente merecen mi simpatía, sino que puedo decir orgulloso que forman parte de mis amigos.

Hoy, una serie de carteles en hebreo, todos ellos en la ciudad de Cusco, Perú.

Sin embargo, hoy toca generalizar y meter en el mismo saco a justos y a pecadores. Sin más preámbulos, hoy vamos a hablar de israelitas: que sea lo que dios quiera.

El estado de Israel es un insignificante píxel en el mapa, sin embargo, se destaca por ser una potencia militar y económica a nivel mundial, además de una fuente inagotable de polémicas y conflictos, muchas veces armados.

El servicio militar, como en cualquier país sobremilitarizado es evidentemente obligatorio: tres años para los varones, dos años para las chicas. Irrefutablemente, para todo el mundo y justo al cumplir los 18 años, nada de prórrogas de estudio, nada de certificados médicos de pies planos. La educación universitaria puede esperar, siempre es más importante aprender a pegar tiros en pro de la defensa (o ataque, según se mire) de la patria.

La cosa debió empezar como una moda, pero hoy en día se ha convertido en casi obligación: el caso es que los todavía jóvenes israelitas, después de prestar servicio a la patria, se lanzan a viajar y a ver mundo en una más que loable actitud de amplitud de miras y de huída de un período demasiado largo de disciplina estricta y de privaciones.

Israel cuenta con siete millones de personas en total, aproximadamente la población de Cataluña, sin embargo los israelitas superan en número a cualquier otra nacionalidad en lo que a viajar por Sudamérica se refiere. Esto no es para nada una exageración: hay israelitas a patadas, muchos más que estadounidenses, holandeses o australianos, seguramente las otras nacionalidades que les siguen en este ránking de dudosa fiabilidad y utilidad.

Lavandería.

Aunque en España este colectivo es perfectamente desconocido, para los que llevamos meses tropezándonos con ellos, es muy sencillo sacar un retrato robot. Ellos tienen cuerpos atléticos, beben cada noche como condenados, coronan sus cabezas unos ridículos moños apretados con gomas de pelo, ocasionalmente lucen piercings, tienen un gusto desmesurado por la marihuana, siempre calzan las mismas chanclas modelo israel, las mismas que hace diez años hacían furor en Europa, pero que ahora ya ocupan el lugar del que nunca debieron salir,  llevan los cuellos de las camisetas recortados por ellos mismos, lucen la nariz que se espera de su raza y pese a que cuidan en demasía su imagen, se dejan crecer la barba en ese sin afeitar elegante pero informal. Ellas son parecidas, especialmente en eso de la nariz prominente y lo de las chanclas.

Más o menos ya situamos a los personajes que hoy nos ocupan, vayamos pues a lo más deleznable de su presencia: su actitud para con el viaje y el resto de viajeros.

En general se podría decir que son peores compañeros de viaje que el resto. Siempre viajan en un grupo grande, por lo que las necesidades comunicativas que tienen al respecto del resto de viajeros, son menores.  Su mayor preocupación durante el día es ahorrarse un peso: una eterna búsqueda del lugar más barato, del lugar donde poderse ahorrar unas monedas. Por todos es sabida la afición de los judíos por la recolección de divisas y por el préstamo a interés desorbitado.

Un restaurante.

Todos ellos suelen saber inglés y algo de español básico, sin embargo el hebreo, su impronunciable lengua es la única que usan, gritando más de lo necesario y contaminando el ambiente con los fuertes sonidos guturales que genera semjante lengua.

Cuando la concentración de israelitas en un hostal es elevada, la convivencia se torna incómoda. Ellos no tienen ningún interés de socializar con nadie que no sea descendiente del rey David, su único interés son sus compatriotas, emborracharse y ahorrar, el resto para ellos sobra.

Lo han pasado mal, no lo dudo, al fin y al cabo, la situación que les toca vivir, en continua tensión toda su vida y en fuerte disciplina y represión los últimos años, no es fácil y definitivamente les forja el carácter. Han tenido la propiedad de decidir sobre la vida y la muerte de las personas, pese a ser jóvenes escasamente formados, y eso marca. No exagero si digo que se creen superiores al resto, que tienen actitudes que rozan la tiranía, que posiblemente ni te saluden cuando entras y dices un sonoro hola para asegurarte de que te escuchan. Solamente se ayudan entre ellos, y desprecian al resto: si están usando el único ordenador y tu llevas un rato esperando, jamás te lo van a ceder, hasta que no acaben todos de hablar con todas sus familias allá en la tierra prometida.

Otro.

En muchos lugares, les ponen los carteles en su infranqueable alfabeto, para que estén más a gusto. En fin, es complicado explicarlo con palabras, es una cosa más de sensaciones, pero lo que os puedo asegurar es que es una sensación compartida por casi todos los viajeros: los israelitas son lo peor.

Si se dirijen a ti, suele ser para preguntarte algo relacionado con dinero, ¿cuanto pagas por tu hostal? ¿cuanto pagaste por el bus? Y como yo suelo ser mejor que ellos en el arte del regateo, les da una rabia infinita pagar un peso más que yo.

Después está el tema frente al conflicto palestino-israelí, siempre polémico. Por muy aperturistas que puedan parecer a simple vista, tienen una postura clara frente al conflicto, son exageradamente nacionalistas y están orgullosos de su paso por el ejército y de servir a su país, aunque ello represente tirar por la borda tres largos años de su juventud.

Ejemplos de ello tengo muchos, pues yo soy curioso y suelo preguntar al respecto. El caso más exagerado un excomandante de una patrulla de once tanques que se jactaba públicamente de salir a matar palestinos antes de desayunar.

Son tipos peligrosos, no en vano están formados no sólo para matar sino también para tener la capacidad de decidir sobre el fin de la vida de las personas y eso indudablemente, marca. En fin, que es muy complicado convivir con ellos y es algo en lo que todo el mundo está de acuerdo.

Para ir cerrando, uno de los ejemplos más clásicos de la mala onda israelita. Sitúo la escena en la playa de Ipanema en Río de Janeiro. Un multicultural grupo disfruta del buen clima, de la música brasileña y de algunas bebidas. Un exaltado alemán, radiante de felicidad, se acerca a un par de damiselas de Israel a ofrecerles un trago de su botella de Cachaça, un licor brasileño. La respuesta, demoledora, dejó a todo el mundo helado: «¿A cuantos más de nosortos quereis matar?«.

Y así miles de casos, miles de ejemplos, de actitudes que el primer día no percibes pero que tras diez meses compartiendo hostal con ellos, al final no lo puedes remediar.

Ya sé que está mal generalizar, y que he encontrado a algunos buenos, pero en su mayoría siempre pienso, que para emborracharse, hablar hebreo y andar solamente con sus compatriotas, podrían quedarse en su país, todos se lo agradeceríamos.

Hice una foto a una calle y en ella salió uno de los mejores compañeros israelitas que he encontrado. Le conocí en Paraty, al sur de Brasil; lo volví a encontrar en La Paz, Bolivia; y por último le vi en Montañita, Ecuador.

Ahora seguramente el Mosad me perseguirá por antisemita, pero yo simplemente lo que hago es hacer pública una verdad: la del ghetto del pueblo judío viajando por Sudamérica.

Turismo de gama media

BSO: Haz turismo, de los Celtas Cortos.

El camino que me tenía que llevar desde el Perú hasta la Argentina, donde se acaba mi viaje, solamente ofrecía dos alternativas: volver a recorrer Bolivia de norte a sur o pasar por el norte de Chile.

Pese a que Chile es el país más caro de Sudamérica y en su parte norte es puro desierto decidí ir por allí. En primer lugar, para completar el mapa y poder decir que he puesto los pies en todos los países de Sudamérica (a excepción de las tres inaccesibles colonias esas del norte). Además de eso, mi paso por Chile me permitiría visitar el desierto de Atacama, desde su centro neurálgico: San Pedro de Atacama.

Los colores de Atacama.

Así que tras una larga sucesión de buses me planté en la pequeña localidad, que preside un pequeño oasis dentro del majestuoso desierto de Atacama. El lugar es mundialmente conocido por ser el emplazamiento donde menos llueve de todo el mundo.

Según la wikipedia en ciertas zonas del sector central del desierto se han registrado periodos sin lluvias de hasta ¡300 años!. Preguntando a un lugareño sobre cuantos días al año llovía, el tipo sonrió y me dijo: «Uno o ninguno». Como vio mi interés, me invitó a un Pisco Sour, la bebida tradicional de Chile y otro de los motivos de controversia chilenoperuana, ya que ambos países se atribuyen el origen del Pisco, una bebida alcohólica bastante rica por cierto.

Bien, Pisco Sour en mano, el tipo me contó que las escasas veces que llueve en el pueblo, la fina lluvia no dura más de veinte minutos, y que los lugareños lo celebran saliendo en masa a la calle por el simple gusto de mojarse.

Aunque no lloviera había unas lagunas de agua extra-salada donde flotabas extraordinariamente.
Formaciones rocosas imposibles.

Pero no nos vayamos de tema: situamos la escena en San Pedro de Atacama, un pueblito invadido por el turismo, una sencilla sucesión de restaurantes, agencias de turismo y hostales; unos precios por las nubes que fácilmente multiplicaban por diez los que solamente horas atrás pagaba en Arequipa y en general centenares de turistas invadiéndolo todo.

Lo peor de todo, varios grupos de más de quince adinerados franceses: la prueba ineludible de que estaba en un lugar de turismo de gama media.

El anfiteatro le llamaban a esta formación.

Ya sé que soy un afortunado al tener el tiempo de poder hacer mi viaje a mi antojo y que no todo el mundo puede tener la misma suerte (aunque en realidad creo que todo el mundo puede, es simplemente una cuestión de determinación, pero de eso ya hablaremos otro día). Ya sé que hay lugares que es más fácil visitarlos contratando un paquete turístico y dejándose llevar. Pero no entiendo el empecinamiento de querer viajar así y únicamente así.

Los primeros rasgos ineludibles del turista medio es su increíble gusto por vestirse de turista. Es algo que no me explico, pero es así. De hecho en eso basa su fortuna el propietario de la cadena de tiendas Coronel Tapioca, en vestir de Indiana Jones a los turistas de gama media.

¡Un parking de buses en mitad del desierto!.

Bien, tenemos al turista medio vestido con sus botas de trekking (para subir y bajar del autobús), con sus pantalones desmontables, siempre de color crema, con un chaleco de esos con muchos bolsillos, con un gorro de la zona, comprado en alguna tienda de souvenirs, la cámara de fotos profesional (que no sabe manejar) colgada al pescuezo y la cámara de video en una mano, dispuesto a grabar lo que sea. Dentro de ese lo que sea, se incluye el paisaje desde el bus o las aburridas explicaciones de un guía, igualmente vestido de expedicionario.

Pero bueno, al fin y al cabo, y aunque no entienda el motivo por el que hay que cambiar la indumentaria para hacer turismo, yo siempre he sido partidario de que todo el mundo vista como le venga en gana. Lo que verdaderamente me molesta del turista de gama media es la actitud frente al viaje.

Hice ¡cola! para poder hacer la foto del Coyote esperando al Correcaminos.

El turista de gama media simplemente hace lo que le dicen que haga. Se hospeda en el hotel que le dicen, come en el lugar previsto, va siempre en su grupo y la gente local es poco menos que un decorado que le vende cosas. En cierta manera creo que para hacer ese tipo de viaje es mejor quedarse en casa, ahorrar mucho dinero, bajarse las fotos de internet y con el photoshop (o con el paint) incrustarse la cara de uno en la escena y listos.

Así que entre muchos turistas de gama media pasé mi estadía en San Pedro. Tuve un momento de debilidad y me dio pereza ir por mi cuenta y me convencí que no sería tan malo contratar un par de tours por la zona para poder disfrutar del desierto, ya que los lugares son de complicada accesibilidad.

Así que allí me metí, entre turistas de gama media en su hábitat más natural: el tour. Una sucesión incesable de sube-baja de un autobús que te lleva a los lugares más concurridos de la zona. Centenares de extrangeros haciendo fotos en los mismos parajes: «tienen cinco minutos para tomar fotografías, después al bus», «pararemos para que le puedan tomar fotos a esa piedra», «iremos a ver la puesta de sol a la duna mayor, un lugar impresionante».

Claro, ver la puesta de sol junto con otros 300 turistas de gama media.

Entonces, ¿no te gustó Atacama? Evidentemente que me gustó, puesto que es un lugar indescriptible, por un lado un secarral en forma de llanura que no te alcanza la vista, por otro unas montañas hechas de las formas más caprichosas, volcanes de forma cónica de más de 6000 metros presidiendo la estancia, ni rastro vegetal en parte ninguna, lugares más parecidos a la luna que a la tierra, en definitiva, un paraje maravilloso.

La imponente Duna Mayor.
Le llaman el Valle de la Luna.

Un paraje de esos que es para caminarlo, sentarte en medio de la nada, pero que pierde toda su esencia y su magia cuando un holandés gordo grita a su hijo para que le haga una foto o cuando un guía que está harto de hacer la misma ruta todos los días de su vida, te grita para que regreses al autobús puesto que ya han pasado los cinco minutos de rigor para hacer la fotografía obligatoria.

En síntesis, podemos definir el turismo de gama media cuando es más importante la cámara de fotos (o peor, de video) que uno mismo, y eso, lamentablemente es el turismo más común en muchos lugares del mundo.

Un volcán que se muestra igualito que cuando los dibujábamos en el colegio.

Así que, queridos lectores, como hemos demostrado muchas veces desde este blog, hay muchas más maneras de viajar que dejarse llevar por la masa de gama media.

Así que ya lo saben, la Épica solamente persigue a los turistas de gama baja. Sean Épicos, amigos.

Y sin embargo

BSO: Y sin embargo, de Joaquín Sabina.

Tengo una mala noticia: estos días no habrá post nuevo. Y sin embargo, tengo otra buena: no os pienso dejar sin este pasatiempo que es leer las desventuras de este afortunado viajero.

Solamente que hoy, os espero al otro lado, en el loquequieras, donde he publicado una nueva misión, el mini-proyecto humanitario, que me encantaría compartir con todos vosotros.

Podéis visitarla pinchando aquí.

Un avance de lo que viene en el siguiente post: el lugar donde menos llueve de todo el mundo, el desierto de Atacama en Chile.

Podéis usar los comentarios de este pequeño post para conjeturar cuál será el título del post de Atacama, de todos los que están en la sección de la derecha de próximos posts.