Bokor et encore Angkor…


La devoción de algunos reyes, sus delirios de grandeza, o simplemente el despilfarro del «a ver quién construye el templo más grande, majestuoso, y caro» de generación en generación engendró el inmenso complejo de templos de Angkor. La entrada puede ser de un día (20 Dolares y tiempo más que insuficiente), 3 días (40 Dolares nuestra elección) o una semana (60 Dolares y si hay tiempo y ganas tal vez la mejor opción). La única crítica que hacemos al sistema es que los días deben ser consecutivos con lo que nuestro tercer día de visita y aún quedando infinidad de templos por visitar nos costó un poco más levantarnos, hubiésemos preferido estar dos días primero, descansar un dia y visitar de nuevo un par de días más…
En frente de estos colosos te transportas un poco en el tiempo e intentas ver a miles de personas trabajando y sufriendo igual como me ocurrió hace años en la Gran Muralla China cuando supe que en la propia muralla se enterraban poco a poco los trabajadores que perecían en el proyecto…
Para entrar en este particular túnel del tiempo y imaginar los templos en todo su esplendor debe acompañarte un poco la suerte ,debes escapar de la vorágine de turistas, de niños que repiten en varias lenguas capitales y números del uno al diez pidiendo un dolar a cambio, y del sol en un lugar fresco… allí puede uno sentarse, relajarse y disfrutar.
Allí puede uno soñar despierto e incluso convertirse en explorador al pasear por los enormes recintos y «descubrir» un nuevo edificio del templo semi derruido tras un lapso de jungla, o en restaurador improvisado, al juntar con la mente los bloques de piedras irregulares que se encuentran esparcidos y así reconstruir los pórticos, relieves y cenefas destruidos, imaginar como eran de esplendorosos los gravados que hoy se desdibujan con la erosión, o destruidos por colonos, pillajes, reyes de generaciones posteriores o Khmeres rojos. Finalmente, con suerte, charlar con un monje naranjísimo que resalta entre el verde gris mohoso de las piedras, sonreír a locales y también a turistas con una sonrisa cómplice que parece decir «vaya!… qué suerte tenemos de estar aquí eh? Tu también estás alucinando no?»











