Derecho de admisión

BSO: Derecho de admisión, de Ska-P.

Los que estáis atentos a este blog sabéis que, en el nombre de la Épica, visitamos la afamada ciudad de Cartagena de Indias, en la costa Caribe de Colombia. Pues hoy vamos a hablar de ella. Con todos ustedes: Cartagena de Indias, o como la bautizamos nosotros, Cartagerna sin Indias.

Bella plaza cartagenera.

Cartagena es a todos los efectos una ciudad preciosa. El centro está impregnado por ese halo caribeño adinerado que te impulsa a ponerte un traje de lino blanco, fumarte un buen habano y pasear con las mangas arremangadas al atardecer. Los afanados turistas gastan energías tratando de fotografiar ese espíritu, aunque son conscientes de que anhelan un imposible. Cartagena es una ciudad de postal. Y es precisamente eso su mayor virtud y su principal defecto.

Cuando una ciudad es demasiado bonita, se convierte irremediablemente en una ciudad turística, pero en el mal sentido de la palabra. Me refiero a ese tipo de turismo acaudalado excluyente, que deja a los visitantes de poca alcurnia como nosotros en clara posición de fuera de juego. Estamos fuerísima, solíamos exclamar sin faltarnos razón.

Folklore para gringos.

Y es porque Cartagena no es más que un parque temático para adinerados extrangeros que juegan mentalmente a ser los absurdos protagonistas de una novela de García Márquez. Cartagena es una de esas ciudades sin alma, artificial, cuyo mayor encanto no va más allá de un giratorio estante de postales.

¡Hasta coches de caballos!

Muestras de ello hay muchas, pero quizás la más significativa sea que en una ciudad caribeña, donde incluso de noche el termómetro nunca marca menos de 30 grados, exigen para cruzar el umbral de cualquier discoteca un pantalón hasta los pies.

Reservado el derecho de admisión, nos repitieron hasta la saciedad, por culpa de empeñarnos en mostrar las pantorrillas. El derecho a la discriminación, deberían haber dicho, pues las mujeres podían entrar como les viniera en gana. Otra muestra más del femimachismo mal entendido y de la neciedad más pura.

Imitación cutre del ibicenco Café del Mar.

¿Pueden sino decirme qué encanto puede tener una ciudad cuyas únicas ofertas culturales nocturnas son el yacimiento concubínico con hembra a salario y el empolvamiento ilegal de fosa nasal? Si no somos aduladores de María Magdalena; si no disfrutamos de las materias primas colombianas, ¿qué pintamos en esa ciudad llena de pintamonas?

Y de esta manera es como Cartagena de Indias pasa a engrosar la lista de ciudades absurdamente bellas y absurdamente falsas, presidida por la croata Dubrovnik.

Cabús en un cañón con pinta de... (acaben esta frase en los comentarios, por favor).

Reservado el derecho de admisión deberían decir, pero no a la entrada de las discotecas, sino a la entrada de la ciudad. ¿Admisión? Precisamente de eso hablamos: convertir en esa mierda una bella ciudad, debería ser inadmisible.

***
Este post se podría resumir así: «Cartagena mola, pero es una mierda porque solo hay guiris con pantalón largo, rodeados de putas y esnifando cocaína«.

El resto es puro artificio lexicográfico.

Despedidas serán encuentros

BSO: Brindo, de Andrés Calamaro.

Aunque en realidad fue mucho antes, esta aventura comenzó de facto un 9 de febrero en el aeropuerto del Prat de Barcelona. Allí, una vez facturadas las maletas y esperando en la puerta de embarque, sonó el teléfono de Casas por última vez en suelo español. Al otro lado, varios miembros de la Nova Fornada: Xarli, Cabús, Barrulas y Jevi, que habían venido a darnos una sorpresiva despedida.

Jevi, Cabús, un servidor, Xarli y Barrulas. Con mención especial para la señora que empuja carro a la izquierda.

A los tres primeros tuve el privilegio de encontrarlos en mi periplo colombiano. Al último no me lo encontré en Bolivia por una semana, y pese a no vernos incluso pudimos sentir cercana nuestra mutua presencia.

La papelera de Cochabamba.

Y de eso quería hablaros en el post de hoy. De la relación directa entre las despedidas y los encuentros. Alguien dirá que encontrarme a tres de las cuatro últimas personas que vi antes de partir es fruto de la casualidad. Pero como hemos demostrado muchas veces desde esta tribuna, las casualidades no existen. Así que los designios de la Épica, me trajeron el gran placer de compartir viaje con estos señores. Y no sólo con estos, pues otro grande, Lucho de la Epsi también nos acompañó un buen puñado de días.

En nuestra primera noche en Bogotá, en el bizarre hostel Locombia, nos esperaba este espejo de la Epsilon, que demostró una vez más lo mal que se llevan espejos y flashes.

Si os digo la verdad, lo necesitaba. Necesitaba estar con gente a la que no haya que explicarle nada. Llevo seis meses viajando y he conocido a mucha gente, mucha de ella maravillosa y algunos incluso se han convertido en buenos amigos. Pero, inevitablemente, cualquier conversación con alguien en este tiempo siempre comienza de la misma manera: explicando un poco quien eres, qué estás haciendo y qué te ha llevado hasta esa conversación. Y eso un tiempo está muy bien, pero al final agota un poco. Es siempre empezar de cero una relación y eso es una sensación nueva, satisfactoria, pero quizás un poco fatigante.

El equipo completo.

Así que ya me venía muy bien encontrar caras conocidas, gente que sabe quien eres, como eres y con la que demasiadas veces, las palabras no son necesarias. Y ahora que, después del encuentro ya nos hemos despedido, estoy recuperado. Estoy ya dispuesto para contarle a todo el mundo cual es mi historia y a buscar dentro de los millones de personas que habitan o viajan por este continente, a los verdaderos amigos de la Épica.

Y hablando de despedidas y de encuentros, mañana mismo me encuentro con otros viejos amigos de la Épica. Pronto descubriréis quien son.

Para cerrar, la última cena en aquella mansión donde tan felices fuimos.

Hasta ese momento, como dice la genial canción que encabeza hoy el post, brindo por las despedidas y brindo sobretodo por los encuentros. Señores, fue un placer viajar con ustedes.

Allanamiento de morada

BSO: Tranqui tronqui (me han robado la mountain bike), de Sergio Makaroff.

Tarde o temprano tenía que pasar. Todo el mundo sabe que vagar sin rumbo por el mundo durante un tiempo largo, lleva implícito el peligro a ser robado, atracado o similar. Gracias a la Épica, hasta la fecha había esquivado todos los peligros, pero ya tenemos con nosotros la primera crónica de un robo en este blog.

Todo empezó un viernes cualquiera en Medellín, Colombia, a las seis de la mañana, cuando dos miembros del grupo de la Épica, conocieron a una acaudalada señora con la que departieron amigablemente. La señora, gentil como pocas y oriunda de Santa Marta, nuestro próximo destino, nos ofreció la posibilidad de dormir en su casa, cosa que ante la gratuidad aceptamos sin dudar.

Esta casa es una ruina: una colchoneta de sky era nuestro sofá y una olla el cenicero.
Esta casa es una ruina: lavabo sin puerta, cables por ahí sueltos... y mucha mierda!

Llegados a Santa Marta, nos pusimos en contacto con la persona que nos iba a dejar las llaves. La llegada a la casa fue dubitativa: era una estancia muy grande, con muchas habitaciones, pero en un estado bastante lamentable, como a medio construir, muy sucio, y lo más curioso, no tenía muebles. La mujer nos había dicho que era la típica casa de sólo para dormir, y tenía razón, pues los únicos elementos de la casa eran ocho camas. Ni una sola silla, ni una mesa, ni un plato, nada, solo ocho camas y abandono y precariedad. ¡Esta casa es una ruina! -pensamos- pero ante la gratuidad acudimos raudos al refranero para acordarnos del caballo regalado. Así que, sin mirar el dentado, nos quedamos habitando lo que iba a ser nuestra casa por unos cuantos días.

Pensamos varias veces que no era un lugar demasiado seguro, puesto que las cerraduras eran de mírame y no me toques y porque el barrio no era precisamente el Beverly Hills del lugar. Aún así, rápidamente nos hicimos con el lugar y nos despreocupamos en exceso.

Nuestro perro guardián no parecía el más fiero...

Y así fue como salimos de juerga un rato y al volver nos encontramos con una puerta sin el cerrojo echado: habían entrado. Habíamos sufrido en carne propia esa frase tan cinematrográfica y que siempre tanto me ha gustado: allanamiento de morada.

Alta seguridad colombiana.

Lexicografía aparte, y aunque la expresión es de mi agrado, quedaba hacer balance de daños. En mi caso fui uno de los peores parados del grupo. Desaparecieron de mis pertinencias las siguientes cosas:

  • Dinero (en euros, en dólares y en pesos argentinos) como para poder pasar diez o doce días de viaje.
  • Una tarjeta de crédito.
  • Monedas de todos los países que iba guardando para mi amigo el Culín.
  • Mi cartera, que llevaba conmigo mucho tiempo y que me había regalado mi primo Adolfo, por suerte, vacía.
  • Varios dibujos, manuscritos y recuerdos del viaje.
  • 5 pen drives: tres de los cuales no iban bien, uno estaba vacío y el otro contenía los originales de todas mis fotos desde Buenos Aires, hasta La Paz. Por suerte las había subido a internet, pero a menos calidad.
  • Dos paquetes grandes de medicamentos que, diligentemente, mi señora madre me había preparado.
  • Mi carné de conducir internacional.
  • Un bote de champú casi vacío y otro de anti-mosquitos.
  • Centenares de recibos de las veces que he sacado dinero o pagado con la tarjeta.
Ni siquiera se respetó este fuerte candado que fue vilmente reventado.

Yo he sido el peor parado en cuanto a valor monetario. Mis compañeros han perdido casi por unanimidad sus móviles, cosa que, por suerte, yo no. Y otra de las grandes damnificadas ha sido Helena, ya que a ella le han robado la mochila pequeña entera con su pasaporte dentro. Por fortuna, las embajadas de España funcionan bien y pronto tendremos el nuevo documento.

Tres conclusiones principales saco a los hechos acaecidos la noche de hoy. En primer lugar, los principales culpables de lo sucedido hemos sido nosotros mismos. Una mezcla de inconsciencia, imprudencia, exceso de confianza y mala suerte han provocado el robo. Estábamos en mal lugar y lo sabíamos. La casa no era segura y lo sabíamos. Sin embargo, ni siquiera nos planteamos cambiarnos. Bajamos la guardia, y lo hemos pagado. Lección aprendida. Pero si os digo la verdad, prefiero vivir así, prefiero que me roben cuatro cosas cada seis meses, que vivir con miedo mirando atrás a cada momento a ver si alguien me sigue. Es una consecuencia vital a aquello que hablábamos del estado policial: aunque sea más peligroso, prefiero vivir sin miedo.

A pesar de todo, Santa Marta no está tan mal.

La segunda es que, en ocasiones, la racanería extrema sale cara: pese a que éramos conscientes de que no era el mejor lugar para estar, nos quedamos, queriendo pensar que no nos pasaría nada, con el único motivo de la gratuidad del lugar. Y otra muestra de ello es mi absurdez al viajar con pesos argentinos, que no los cambié en su día porque el cambio que me ofrecían no me parecía el adecuado y como tengo intenciones de volver a la Argentina, decidí llevarlos conmigo. De obtener un mal cambio, he pasado a obtener un cambio por valor de cero. Señores, lo barato, puede salir caro.

Y la última y más positiva, es que la moral de este viajero y del grupo que le acompaña, es inquebrantable. Estaba psicológicamente preparado para que algo así sucediera y me lo he tomado con la misma naturalidad que cuando te cobran de más por ser extranjero, como una eventualidad más del hecho del viaje.

Lamentablemente no se llevaron nada de toda la ropa sucia que tenía, pero aún así he aligerado algunos kilos mi no tan pesada mochila. No hay mal que por bien no venga.

Y en cuanto a las curiosidades del robo en sí, los apresurados ladrones olvidaron en la estancia una sandalia de mujer. Y como muestra del buen humor del grupo pronto comenzaron las bromas acerca de buscar a los culpables con el método de la Cenicienta.

El cuerpo del delito.
Cabús, sometiendo a la prueba de la Cenicienta a Xarli.

Dicho esto, nos cagamos en las remilputas de las madres de los ladrones pero les informamos de que nuestra moral sigue por las nubes y de que a las 12 de la noche, la carroza esa en la que huyeron, se convertirá en calabaza.

Una vez más, ahora en los malos momentos, tenemos una muestra más de que la Épica es una fuerza inquebrantable.

Estado de excepción

BSO: Pacto entre caballeros (Mucha mucha policía), de Sabina.

Prácticamente la totalidad de noticias que llegan a España desde Colombia versan sobre tres temáticas: narcotráfico, guerrilla y conflicto con Venezuela. No es extraño pues que la imagen mental del españolito medio sobre este país esté tan deteriorada y que las palabras Colombia y peligro parezcan ser sinónimas. Vamos a intentar demostrar cuanto de verdad tiene esta concepción, siempre bajo mi propio punto de vista, que no es ni más ni menos, que mi mera opinión producto de lo que percibo.

Colombia es a grandes rasgos un país seguro. Al menos tan seguro como cualquier otro de alrededor. En términos de desarrollo, este país es más caro y evolucionado que todos sus vecinos directos, excepto Brasil, con el que comparte solamente frontera amazónica, que casi no cuenta. Perú, Ecuador, Venezuela, todos están peor, no tengo ninguna duda.

Hace unos años los problemas que azotaban a estas gentes eran muchos y variados y se puede percibir que aquí se ha pasado mal; e incluso todavía queda mucho de aquél miedo que les obligaron a pasar día tras día.

En un camino cualquiera puedes encontrarte un buen pelotón.

Pero ahora la situación es bien diferente. Se puede caminar y transitar tranquilamente por casi todas las zonas del país y estar tan seguro (o inseguro) como en cualquier otro lugar del mundo. Os preguntaréis ¿como ha conseguido Colombia vencer a todos sus enemigos y convertirse en un país razonablemente seguro?

Demasiadas balas.

Pues a mi modo de entender, Colombia ha pagado y sobretodo todavía está pagando un precio muy alto para toda esa seguridad. Sucesivos gobiernos de extrema derecha han aplicado la política de la mano dura, y ha parecido surtir efecto: el narcotráfico impune y mafioso que dominaba las ciudades no ha desaparecido y seguramente no desaparecerá, pero ahora mismo tiene un papel poco o nada relevante en la vida diaria del colombiano, incluso en las ciudades que se hicieron famosas por ello como son Cali y Medellín. El conflicto diplomático con el vecino Venezuela parece agravarse día tras día y no parece que tenga vías de solución pero, quitanto los insultos que gustan de lanzar hacia el sr. Chávez, tampoco parece ser un tema de impacto diario sobre la vida de las personas. Por último el seguramente tema más espinoso: la guerrilla.

Muestra de la poca importancia que se le da a las armas.

Es un problema enquistado desde hace demasiados años en Colombia pero hoy en día parece que la guerrilla está más debilitada que nunca, reducida a las esquinas del país y con menos efectivos debido a las escabechinas del ejército al respecto.

Pero todas estas mejoras, en el terreno del narcotráfico y sobretodo en la lucha antiterrorista, se han conseguido a base de crear un estado policial. Miles de policías y militares inundan las calles con armamento de guerra. No es extraño por ejemplo que un autobús normal y corriente sea detenido y que lo aborden una pareja de militares con un fusil de asalto cada uno, solamente para pedir pasaportes. O la vez que subimos al Nevado del Ruiz, donde nos encontramos a 150 policías perfectamente armados en su día libre. O aquella vez que nuestro bus se paró inexplicablemente durante más de una hora esperando que se juntara una comitiva de varios buses para pasar un tramo complicado de carretera escoltados por la policía. O tantas otras.

Y las fuerzas de seguridad no están solamente para hacer presencia. El estado colombiano, (ex)presidido por Uribe, que es directamente un demente con capacidad para matar empujado por la idolatría al que le somete gran parte de la población, no duda en utilizar todos los elementos necesarios para aniquilar con las peores artes a cualquier enemigo de la nación. Y si esto significa violar sistemáticamente cualquier ley internacional o de derechos humanos, todo el mundo se autoconvence que es en favor de la seguridad y aquí paz y después gloria. Aquello del fin justifica los medios llevado al grado de locura, con la absoluta connivencia del pueblo que en pos de vivir mejor, aplaude el populismo de muerte que impulsa este estado.

Amigos de la policía.

No digo que yo no hiciera lo mismo: posiblemente el colombiano medio, harto de tener miedo en el pasado, vea como única solución recurrir al terrorismo de estado para vivir mejor; pero yo creo que un estado tiene que ser lo suficientemente maduro como para no caer en los mismos errores que sus enemigos.

No digo que tenga ninguna solución, solamente intento exponer en carácteres alfanuméricos lo que puedo ver y sentir. Por un lado me alegro de que este buen país sea un mejor lugar de lo que fue. Pero por otro lado me pregunto, a cuantas cosas somos capaces de renunciar para vivir mejor. Y por último me pregunto hasta cuando se mantendrán las muchas mentiras que sustentan este Estado de Excepción.

Memorias de América

BSO: Ojalá que llueva café en el campo, de Juan Luis Guerra.

Con aquel célebre «Yo tenía una casa en África» comenzaba una famosa película ganadora de demasiados Óscars y que narraba la historia de una acaudalada señora que basaba su riqueza en la explotación humana y que tenía una casa de esas que dan envidia a cualquiera. Es un sueño recurrente de las personas el imaginarse viviendo en un lugar así, perdido en mitad de la nada, entre verde naturaleza y en una casa digna de cualquier marajá forrado de petrodólares.

Pues ni más ni menos que otro sueño cumplido es lo que me está tocando vivir estos días. Después de encontrarme con Lucho en Bogotá pusimos rumbo hacia Armenia, en el corazón de la Zona Cafetera colombiana. Allí, en un pueblecito cercano se encontraban Charly, Rasta, Alonso, Cabús, Fany y Helena, realizando un proyecto de cooperación para dotar a varias escuelas rurales de internet.

Buena foto en el centro de Bogotá.
Una de las antenas instaladas, con Xarli y Cabús en lo alto del mástil.

La primera noche nos recibieron con una Chiva: un autobús sin asientos, con banda de musica detrás, que nos llevaba, con la música a todo volumen, de fiesta de pueblo en pueblo. Una verdadera locura en la que disfrutamos paseando nuestra alegría por varias poblaciones.

Pésima foto tomada dentro de la Chiva, donde no había espacio para nada.

Y fue genial, pero lo mejor estaba por llegar. La Chiva nos dejó a la puerta de la Finca El Paisanaje, el lugar donde íbamos a dormir.

Tras un centenar de metros caminando entre plantas de café, llegábamos a la casa: grande, con muchas habitaciones, un excelente salón, cocina perfectamente equipada. Pero fuera había más sorpresas: piscina, una terraza con hamacas, mucha hierba, caballos, vacas, una sauna al lado de la piscina y una terraza con barra de bar, con vistas a las extensas tierras propiedad de la finca.

Llegada a las plantaciones cafeteras.

Efectivamente, nosotros también teníamos una casa en América. Y allí pasamos tres inolvidables jornadas, con fiestas de pueblo cercano incluído.

Y os preguntaréis… ¿por qué estábais en semejante paraíso? La respuesta es turbia, como muchas cosas en este país. Como mis compañeros estaban realizando un proyecto de cooperación, tirando de contactos, les habían proporcionado la finca para que vivieran en ella. ¿Y quien era el filántropo que cedía su mansión para que un grupo de alocados jóvenes españoles hicieran de las suyas?

Un servidor, observando mis tierras desde la terraza de la finca.

Pues el propietario era el típico colombiano pudiente, cuyos negocios no eran demasiado conocidos. Es decir, sin ánimo de ofender y jugando con la presunción de inocencia como si de una vieja peonza se tratara, me atrevo a decir que estábamos en la finca de un narco colombiano y todos nuestros lujos estaban pagados por los vicios de otros.

Negociando el precio del "café".

Evidentemente, no nos supuso mucho problema ético disfrutar de la estancia y decidimos incluso customizarnos para la ocasión. Pasamos nuestra última jornada completa paseando por los campos de café con nuestro poncho, nuestro sombrero y sobretodo con nuestros recién estrenados bigotes, al más puro estilo Juan Valdés.

El nuevo Juan Valdés.

En fin, entrada en Colombia por todo lo alto: en casa de un narco, rodeado de campos de café y con sombrero y bigote. Así que ahora aquella cinematográfica escandinava adinerada ya no me da ninguna envidia: yo también puedo escribir mis particulares Memorias de América.

Foto de familia.