El ghetto del pueblo judío

BSO: Nos vimos en Berlín, de Soziedad Alkohólika.

El post de hoy va a ser de los polémicos, no cabe duda. Avanzo desde ya que seguramente se me va a acusar de antisemita y demás adjetivos que vengan al caso. Sin embargo quiero aclarar que este post no tiene ningún contenido racista ni antisemita, es simplemente mi opinión acerca de los muchísimos viajeros de nacionalidad israelita que invaden el continente sudamericano.

Avanzo desde ya que no creo en las generalizaciones y que en cualquier colectivo hay cabida para todo tipo de personas. Y este caso no es una excepción, pues durante mi periplo por estas tierras he encontrado a varios israelitas que no solamente merecen mi simpatía, sino que puedo decir orgulloso que forman parte de mis amigos.

Hoy, una serie de carteles en hebreo, todos ellos en la ciudad de Cusco, Perú.

Sin embargo, hoy toca generalizar y meter en el mismo saco a justos y a pecadores. Sin más preámbulos, hoy vamos a hablar de israelitas: que sea lo que dios quiera.

El estado de Israel es un insignificante píxel en el mapa, sin embargo, se destaca por ser una potencia militar y económica a nivel mundial, además de una fuente inagotable de polémicas y conflictos, muchas veces armados.

El servicio militar, como en cualquier país sobremilitarizado es evidentemente obligatorio: tres años para los varones, dos años para las chicas. Irrefutablemente, para todo el mundo y justo al cumplir los 18 años, nada de prórrogas de estudio, nada de certificados médicos de pies planos. La educación universitaria puede esperar, siempre es más importante aprender a pegar tiros en pro de la defensa (o ataque, según se mire) de la patria.

La cosa debió empezar como una moda, pero hoy en día se ha convertido en casi obligación: el caso es que los todavía jóvenes israelitas, después de prestar servicio a la patria, se lanzan a viajar y a ver mundo en una más que loable actitud de amplitud de miras y de huída de un período demasiado largo de disciplina estricta y de privaciones.

Israel cuenta con siete millones de personas en total, aproximadamente la población de Cataluña, sin embargo los israelitas superan en número a cualquier otra nacionalidad en lo que a viajar por Sudamérica se refiere. Esto no es para nada una exageración: hay israelitas a patadas, muchos más que estadounidenses, holandeses o australianos, seguramente las otras nacionalidades que les siguen en este ránking de dudosa fiabilidad y utilidad.

Lavandería.

Aunque en España este colectivo es perfectamente desconocido, para los que llevamos meses tropezándonos con ellos, es muy sencillo sacar un retrato robot. Ellos tienen cuerpos atléticos, beben cada noche como condenados, coronan sus cabezas unos ridículos moños apretados con gomas de pelo, ocasionalmente lucen piercings, tienen un gusto desmesurado por la marihuana, siempre calzan las mismas chanclas modelo israel, las mismas que hace diez años hacían furor en Europa, pero que ahora ya ocupan el lugar del que nunca debieron salir,  llevan los cuellos de las camisetas recortados por ellos mismos, lucen la nariz que se espera de su raza y pese a que cuidan en demasía su imagen, se dejan crecer la barba en ese sin afeitar elegante pero informal. Ellas son parecidas, especialmente en eso de la nariz prominente y lo de las chanclas.

Más o menos ya situamos a los personajes que hoy nos ocupan, vayamos pues a lo más deleznable de su presencia: su actitud para con el viaje y el resto de viajeros.

En general se podría decir que son peores compañeros de viaje que el resto. Siempre viajan en un grupo grande, por lo que las necesidades comunicativas que tienen al respecto del resto de viajeros, son menores.  Su mayor preocupación durante el día es ahorrarse un peso: una eterna búsqueda del lugar más barato, del lugar donde poderse ahorrar unas monedas. Por todos es sabida la afición de los judíos por la recolección de divisas y por el préstamo a interés desorbitado.

Un restaurante.

Todos ellos suelen saber inglés y algo de español básico, sin embargo el hebreo, su impronunciable lengua es la única que usan, gritando más de lo necesario y contaminando el ambiente con los fuertes sonidos guturales que genera semjante lengua.

Cuando la concentración de israelitas en un hostal es elevada, la convivencia se torna incómoda. Ellos no tienen ningún interés de socializar con nadie que no sea descendiente del rey David, su único interés son sus compatriotas, emborracharse y ahorrar, el resto para ellos sobra.

Lo han pasado mal, no lo dudo, al fin y al cabo, la situación que les toca vivir, en continua tensión toda su vida y en fuerte disciplina y represión los últimos años, no es fácil y definitivamente les forja el carácter. Han tenido la propiedad de decidir sobre la vida y la muerte de las personas, pese a ser jóvenes escasamente formados, y eso marca. No exagero si digo que se creen superiores al resto, que tienen actitudes que rozan la tiranía, que posiblemente ni te saluden cuando entras y dices un sonoro hola para asegurarte de que te escuchan. Solamente se ayudan entre ellos, y desprecian al resto: si están usando el único ordenador y tu llevas un rato esperando, jamás te lo van a ceder, hasta que no acaben todos de hablar con todas sus familias allá en la tierra prometida.

Otro.

En muchos lugares, les ponen los carteles en su infranqueable alfabeto, para que estén más a gusto. En fin, es complicado explicarlo con palabras, es una cosa más de sensaciones, pero lo que os puedo asegurar es que es una sensación compartida por casi todos los viajeros: los israelitas son lo peor.

Si se dirijen a ti, suele ser para preguntarte algo relacionado con dinero, ¿cuanto pagas por tu hostal? ¿cuanto pagaste por el bus? Y como yo suelo ser mejor que ellos en el arte del regateo, les da una rabia infinita pagar un peso más que yo.

Después está el tema frente al conflicto palestino-israelí, siempre polémico. Por muy aperturistas que puedan parecer a simple vista, tienen una postura clara frente al conflicto, son exageradamente nacionalistas y están orgullosos de su paso por el ejército y de servir a su país, aunque ello represente tirar por la borda tres largos años de su juventud.

Ejemplos de ello tengo muchos, pues yo soy curioso y suelo preguntar al respecto. El caso más exagerado un excomandante de una patrulla de once tanques que se jactaba públicamente de salir a matar palestinos antes de desayunar.

Son tipos peligrosos, no en vano están formados no sólo para matar sino también para tener la capacidad de decidir sobre el fin de la vida de las personas y eso indudablemente, marca. En fin, que es muy complicado convivir con ellos y es algo en lo que todo el mundo está de acuerdo.

Para ir cerrando, uno de los ejemplos más clásicos de la mala onda israelita. Sitúo la escena en la playa de Ipanema en Río de Janeiro. Un multicultural grupo disfruta del buen clima, de la música brasileña y de algunas bebidas. Un exaltado alemán, radiante de felicidad, se acerca a un par de damiselas de Israel a ofrecerles un trago de su botella de Cachaça, un licor brasileño. La respuesta, demoledora, dejó a todo el mundo helado: «¿A cuantos más de nosortos quereis matar?«.

Y así miles de casos, miles de ejemplos, de actitudes que el primer día no percibes pero que tras diez meses compartiendo hostal con ellos, al final no lo puedes remediar.

Ya sé que está mal generalizar, y que he encontrado a algunos buenos, pero en su mayoría siempre pienso, que para emborracharse, hablar hebreo y andar solamente con sus compatriotas, podrían quedarse en su país, todos se lo agradeceríamos.

Hice una foto a una calle y en ella salió uno de los mejores compañeros israelitas que he encontrado. Le conocí en Paraty, al sur de Brasil; lo volví a encontrar en La Paz, Bolivia; y por último le vi en Montañita, Ecuador.

Ahora seguramente el Mosad me perseguirá por antisemita, pero yo simplemente lo que hago es hacer pública una verdad: la del ghetto del pueblo judío viajando por Sudamérica.

Turismo de gama media

BSO: Haz turismo, de los Celtas Cortos.

El camino que me tenía que llevar desde el Perú hasta la Argentina, donde se acaba mi viaje, solamente ofrecía dos alternativas: volver a recorrer Bolivia de norte a sur o pasar por el norte de Chile.

Pese a que Chile es el país más caro de Sudamérica y en su parte norte es puro desierto decidí ir por allí. En primer lugar, para completar el mapa y poder decir que he puesto los pies en todos los países de Sudamérica (a excepción de las tres inaccesibles colonias esas del norte). Además de eso, mi paso por Chile me permitiría visitar el desierto de Atacama, desde su centro neurálgico: San Pedro de Atacama.

Los colores de Atacama.

Así que tras una larga sucesión de buses me planté en la pequeña localidad, que preside un pequeño oasis dentro del majestuoso desierto de Atacama. El lugar es mundialmente conocido por ser el emplazamiento donde menos llueve de todo el mundo.

Según la wikipedia en ciertas zonas del sector central del desierto se han registrado periodos sin lluvias de hasta ¡300 años!. Preguntando a un lugareño sobre cuantos días al año llovía, el tipo sonrió y me dijo: «Uno o ninguno». Como vio mi interés, me invitó a un Pisco Sour, la bebida tradicional de Chile y otro de los motivos de controversia chilenoperuana, ya que ambos países se atribuyen el origen del Pisco, una bebida alcohólica bastante rica por cierto.

Bien, Pisco Sour en mano, el tipo me contó que las escasas veces que llueve en el pueblo, la fina lluvia no dura más de veinte minutos, y que los lugareños lo celebran saliendo en masa a la calle por el simple gusto de mojarse.

Aunque no lloviera había unas lagunas de agua extra-salada donde flotabas extraordinariamente.
Formaciones rocosas imposibles.

Pero no nos vayamos de tema: situamos la escena en San Pedro de Atacama, un pueblito invadido por el turismo, una sencilla sucesión de restaurantes, agencias de turismo y hostales; unos precios por las nubes que fácilmente multiplicaban por diez los que solamente horas atrás pagaba en Arequipa y en general centenares de turistas invadiéndolo todo.

Lo peor de todo, varios grupos de más de quince adinerados franceses: la prueba ineludible de que estaba en un lugar de turismo de gama media.

El anfiteatro le llamaban a esta formación.

Ya sé que soy un afortunado al tener el tiempo de poder hacer mi viaje a mi antojo y que no todo el mundo puede tener la misma suerte (aunque en realidad creo que todo el mundo puede, es simplemente una cuestión de determinación, pero de eso ya hablaremos otro día). Ya sé que hay lugares que es más fácil visitarlos contratando un paquete turístico y dejándose llevar. Pero no entiendo el empecinamiento de querer viajar así y únicamente así.

Los primeros rasgos ineludibles del turista medio es su increíble gusto por vestirse de turista. Es algo que no me explico, pero es así. De hecho en eso basa su fortuna el propietario de la cadena de tiendas Coronel Tapioca, en vestir de Indiana Jones a los turistas de gama media.

¡Un parking de buses en mitad del desierto!.

Bien, tenemos al turista medio vestido con sus botas de trekking (para subir y bajar del autobús), con sus pantalones desmontables, siempre de color crema, con un chaleco de esos con muchos bolsillos, con un gorro de la zona, comprado en alguna tienda de souvenirs, la cámara de fotos profesional (que no sabe manejar) colgada al pescuezo y la cámara de video en una mano, dispuesto a grabar lo que sea. Dentro de ese lo que sea, se incluye el paisaje desde el bus o las aburridas explicaciones de un guía, igualmente vestido de expedicionario.

Pero bueno, al fin y al cabo, y aunque no entienda el motivo por el que hay que cambiar la indumentaria para hacer turismo, yo siempre he sido partidario de que todo el mundo vista como le venga en gana. Lo que verdaderamente me molesta del turista de gama media es la actitud frente al viaje.

Hice ¡cola! para poder hacer la foto del Coyote esperando al Correcaminos.

El turista de gama media simplemente hace lo que le dicen que haga. Se hospeda en el hotel que le dicen, come en el lugar previsto, va siempre en su grupo y la gente local es poco menos que un decorado que le vende cosas. En cierta manera creo que para hacer ese tipo de viaje es mejor quedarse en casa, ahorrar mucho dinero, bajarse las fotos de internet y con el photoshop (o con el paint) incrustarse la cara de uno en la escena y listos.

Así que entre muchos turistas de gama media pasé mi estadía en San Pedro. Tuve un momento de debilidad y me dio pereza ir por mi cuenta y me convencí que no sería tan malo contratar un par de tours por la zona para poder disfrutar del desierto, ya que los lugares son de complicada accesibilidad.

Así que allí me metí, entre turistas de gama media en su hábitat más natural: el tour. Una sucesión incesable de sube-baja de un autobús que te lleva a los lugares más concurridos de la zona. Centenares de extrangeros haciendo fotos en los mismos parajes: «tienen cinco minutos para tomar fotografías, después al bus», «pararemos para que le puedan tomar fotos a esa piedra», «iremos a ver la puesta de sol a la duna mayor, un lugar impresionante».

Claro, ver la puesta de sol junto con otros 300 turistas de gama media.

Entonces, ¿no te gustó Atacama? Evidentemente que me gustó, puesto que es un lugar indescriptible, por un lado un secarral en forma de llanura que no te alcanza la vista, por otro unas montañas hechas de las formas más caprichosas, volcanes de forma cónica de más de 6000 metros presidiendo la estancia, ni rastro vegetal en parte ninguna, lugares más parecidos a la luna que a la tierra, en definitiva, un paraje maravilloso.

La imponente Duna Mayor.
Le llaman el Valle de la Luna.

Un paraje de esos que es para caminarlo, sentarte en medio de la nada, pero que pierde toda su esencia y su magia cuando un holandés gordo grita a su hijo para que le haga una foto o cuando un guía que está harto de hacer la misma ruta todos los días de su vida, te grita para que regreses al autobús puesto que ya han pasado los cinco minutos de rigor para hacer la fotografía obligatoria.

En síntesis, podemos definir el turismo de gama media cuando es más importante la cámara de fotos (o peor, de video) que uno mismo, y eso, lamentablemente es el turismo más común en muchos lugares del mundo.

Un volcán que se muestra igualito que cuando los dibujábamos en el colegio.

Así que, queridos lectores, como hemos demostrado muchas veces desde este blog, hay muchas más maneras de viajar que dejarse llevar por la masa de gama media.

Así que ya lo saben, la Épica solamente persigue a los turistas de gama baja. Sean Épicos, amigos.

Y sin embargo

BSO: Y sin embargo, de Joaquín Sabina.

Tengo una mala noticia: estos días no habrá post nuevo. Y sin embargo, tengo otra buena: no os pienso dejar sin este pasatiempo que es leer las desventuras de este afortunado viajero.

Solamente que hoy, os espero al otro lado, en el loquequieras, donde he publicado una nueva misión, el mini-proyecto humanitario, que me encantaría compartir con todos vosotros.

Podéis visitarla pinchando aquí.

Un avance de lo que viene en el siguiente post: el lugar donde menos llueve de todo el mundo, el desierto de Atacama en Chile.

Podéis usar los comentarios de este pequeño post para conjeturar cuál será el título del post de Atacama, de todos los que están en la sección de la derecha de próximos posts.

La teoría de la relatividad

BSO: Nunca el tiempo es perdido, de Manolo García.

Hace unos días, chateando con Kel, una comentarista (medio) habitual del blog, se me ocurrió este post a raíz de un comentario. Ella propuso esa canción y yo ahora mismo me dispongo a rellenar con una sucesión de palabras el resto del espacio.

A la hora de escribir estas lineas, el calendario marca el 19 de noviembre, es decir, dentro de exactamente un mes, estaré de camino al aeropuerto para, tras sucesión surrealista de aviones, poner rumbo vuelta a casa y dar por finiquitado esta maravillosa experiencia en forma de viaje.

Como no sé que fotos poner en el post de hoy, vamos con las primeras que se me ocurren. Aquí la piedra de doce ángulos, donde se demuestra la perfección de la arquitectura inca, capaz de hacerle doce esquinas a una misma piedra.

Un mes, incluso para vosotros, queridos lectores, se antoja poco tiempo. No os digo para mi: nada, un suspiro. Sin embargo, para la mayoría de los mortales, entre los cuales, infelizmente, me incluiré dentro de unos meses, poder hacer un viaje de un mes por Perú, Chile y Argentina es casi un imposible.

Me queda un mes de viaje, el tiempo máximo del que tiene más suerte en España para irse de vacaciones. Sin embargo yo simplemente estoy acabando mi viaje, me da la sensación de que ya no queda nada, de que estoy regresando a casa.

En las cercanías del Cusco, Perú.

Es curioso lo relativo del tiempo: a veces una hora de espera es una eternidad y a veces cuatro horas en un bar pasan en unos minutos. A veces, alguien está un mes viajando y es la experiencia más maravillosa que ha tenido; otras veces en un mes de viaje, solamente da tiempo a despedirse.

Con estas palabras no penseis que estoy desanimado, ni mucho menos, al revés, voy a darlo todo este último mes, pero me hizo gracia la reflexión de lo relativo del tiempo.

En el Choquequirao, deformación de la imagen como metáfora de la deformación del tiempo.

Filosófico me ha quedado este post. Os invito a pronunciaros en los comentarios sobre vuestras experiencias con la relatividad del tiempo.

Deformaciones temporales al servicio de la Épica. Si Einstein levantara la cabeza le pondría tilde a su famosa fórmula É=mc².

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Mensaje para Pau Latorre: ya sé que este post no está a la altura de los anteriores, tampoco lo pretende.

Por un puñado de soles

BSO: Trampas al sol, de La Fuga.

La travesía por los Andes que describimos en el capítulo anterior dejó, además del cansancio lógico y normal, las consiguientes ampollas y algunas picadas de mosquitos, algunas consecuencias más: la más interesante, una historia de terquedad humana que me dispongo a contaros.

Ampolla número 14 del viaje. Estado: recuperada.

Las dos tiendas de campaña que necesitábamos para nuestra andadura las alquilamos en la más barata de las muchas agencias de alquiler de material de camping que hay por el centro de Cusco. Nos hicieron un precio verdaderamente competitivo, pero como fianza tuvimos que dejar tres pasaportes: el de mis dos compañeros de travesía y el mío.

En esa extraña separación del grupo inicial, además de quedarnos durante una noche sin los palos de la carpa hubo otra terrible confusión que todavía no consigo entender, por mucho que me lo expliquen. Pero bueno, eso es un detalle menor a estas alturas: el caso es que nuestros compañeros olvidaron el techo de una de las tiendas de campaña en lo más alto del camino, es decir a 30 kilómetros de cualquier punto civilizado, más cuatro horas de buses y taxis desde Cusco, dónde nos encontrábamos.

Ya teníamos el lío armado: el tipo de la tienda no nos quería devolver los pasaportes si no aparecía el techo. Evidentemente, conseguir ese techo era a todas luces una misión imposible, puesto que era imposible comunicarse con el lugar del olvido, carente de cualquier comunicación conocida y no pensábamos volver a embarcarnos a repetir caminata solamente por recuperar el dichoso techo. Y así se lo hicimos saber al tipo de la tienda: el techo estaba oficialmente perdido.

Llegada a Marampata, el lugar donde se quedó el techo.

El fulano de la tienda, intentando aprovecharse de la situación, nos pidió la friolera de 200 soles (unos 70 euros) por el techo de la tienda de campaña, una Quechua que se vende en España nueva por menos de 25 euros, argumentando que era una marca de calidad extrema por la que había pagado muchos soles, cuando la historia real seguramente sería que algún amigo suyo, trabajador de algún hostal, se la habría robado a cualquier turista despistado.

Estábamos entre la espada y la pared, puesto que el tipo nos chantageaba pidiendo un precio exagerado, sabiendo que acabaríamos pagando puesto que no pensábamos abandonar nuestros pasaportes. Lo que para el tipo suponía una jugada maestra, a nosotros nos parecía una injusticia sin parangón, así que nos conjuramos para no parar hasta que la cordura volviera a la cabeza de aquel terco tendero.

Lo primero que hicimos para que entrar en razón fue imprimir de internet el precio real de la tienda, 25 euros, para hacerle ver que sus pretensiones eran desmesuradas. Ni con esas, el tipo exigía como rescate del secuestro de nuestros pasaportes 200 soles, ni uno menos.

Rolsy, la tienda.

Aunque con poca fe, nuestro siguiente paso fue dirigirnos a la policía para exponerles la situación y hacerles saber que nos estábamos sintiendo estafados y chantageados. El policía, sorprendentemente, se ofreció a mediar y nos acompañó hasta la tienda. Allí, muy diligentemente, le hizo saber al encargado de la agencia que el precio que estaba pidiendo por el techo de la vieja tienda era desmesurado a tenor del valor real de la tienda. Además, le informó que retener el pasaporte de alguien en contra de su voluntad era un delito en Perú, le hizo ver que no tenía ninguna factura que acreditara la propiedad de la tienda y que por tanto no podía alquilarla sin mostrar que era propietario de ella y por último le instó a que nos acompañara a ver cual era el precio real de mercado de un material similar para poder así ajustar sus pretensiones.

En ese momento tengo que reconocer que sonreí, puesto que el tipo lo tenía todo bastante en contra. Sin embargo se mostró reacio a bajar de los 200 soles hasta ver el precio de las tiendas de campaña nuevas, en la ciudad de Cusco.

La Plaza de Armas de Cusco, escena de muchas de nuestras acciones.

Así que en un corto pero tenso trayecto de taxi nos presentamos en un curioso mercado donde además de vender de todo, también vendían material de camping. Allí constatamos como una tienda de campaña de similares características, completamente nueva ascendía a los 170 soles, cosa que, una vez más, demostraba el intento de estafa. Nosotros, como muestra de buena voluntad y hartos de la situación, decidimos aumentar nuestra última oferta de 80 soles hasta los cien. Sin embargo el tipo, duro de mollera, se negó en redondo y siguió en sus trece con los 200 soles que se le habían metido entre ceja y ceja.

Así que nada, tuvimos que volver a la policía a informarle de las novedades y de que no habíamos llegado a ningún acuerdo. Así que, con escolta policial, volvimos otra vez para la tienda. Nada más llegar el policía exhortó al tendero a que agarrara la tienda, los pasaportes y toda la documentación para ir a comisaría. Ni siquiera en ese momento el tipo bajó del burro, en una absurda huída hacia adelante y en una muestra sin parangón de terquedad, poca inteligencia y testosterona, decidió ir para adelante sin bajar un sólo sol sus pretensiones.

En ese momento se produjo la situación más cómica de toda la andadura. Tuvimos todos que meternos apretujados en el coche patrulla de la siguiente manera: nosotros tres y el tendero atrás, nuestro agente amigo y su joven compañera en el asiento del copiloto y otro policía al volante. La situación, absurda a todas luces, siete personas en un coche patrulla a consecuencia del toldo de una tienda de campaña, tomaba tintes kafkianos cada vez que el piloto tenía que cambiar de marcha y aprovechaba la coyuntura para bromear sobre el grado de mullidez del trasero de la joven agente, cosa que celebrábamos todos los presentes con sonoras carcajadas.

Llegamos a la comisaría, un edificio medio abandonado, casi en penumbra. Las estancias estaban prácticamente vacías. Solamente un par de despachos parecían tener actividad y allí nos recibieron. En las estancias había muebles de los ochenta, algún ordenador de poca salud, un policía de paisano comiendo una hamburguesa y gente pululando con pocos quehaceres. Así que una vez el agente que nos acompañaba contó la situación, todos los allí presentes se interesaron por la historia y metieron baza. Lo que más le repitieron al tendero es que estaba cometiendo un delito y que lo mejor sería llegar a una solución antes de que se empezaran a redactar informes.

La única foto que pude tomar de la comisaría sin que ningún poli me viera. Genial el coche accidentado haciendo de guardián.

Nosotros en todo momento sostuvimos que estábamos dispuestos a pagar 80 soles, aproximadamente 25 euros, es decir, el valor real de la misma tienda de campaña, entera y nueva; en lo que a mi modo de ver las cosas era un pago incluso más que justo. Ante lo crudo de la situación el tipo empezó a retroceder, pero fue bajando tan poco a poco, que se estableció una especie de mercadeo absurdo, ya que ya que habíamos llegado hasta allí, y sintiéndonos vencedores, ya no pretendíamos aumentar ni un solo sol a los 80 ofrecidos en todo momento.

Los policías, atónitos con la terca actitud del tipo, presenciaban la escena. El policía que se había encargado del caso se cansó de esperar y decidió tomar cartas en el asunto: iba a empezar a redactar su informe, circunstancia para la cual nos cambiaron de despacho al adjunto, de similares características.

En ese momento, tarde querido amigo, el tipo aceptó nuestro precio. Sin embargo, ni siquiera el acuerdo alcanzado, ni siquera mis ruegos de acabar con aquella pantomima, detuvieron el informe, evidentemente escrito a mano. El policía rellenó una hoja de su puño y letra detallando la situación. El mejor momento de la casi media hora de redacción fue verle lidiar con la fonética coreana para escribir el nombre de Eunjung. Terminado el informe nos tocó firmarlo y poner nuestras huellas dactilares en el papel.

Una lástima que, aunque insistí mucho, no nos dieran copia del acta policial, pues no tenía precio. De la misma manera, tampoco nos dejaron tomar fotos, por lo que este post ha quedado un poco huérfano de material gráfico.

Una vez alcanzado el acuerdo y formulada la correspondiente denuncia, ya con el pasaporte en el bolsillo, fuimos buenas personas y decidimos retirar la acusación, para lo cual tuve que hacer, de mi puño, letra y huella dactilar, un escrito exculpando al tozudo tendero.

Así de felices celebramos el final del asunto de la tienda de campaña.

Y así acabó esta surrealista historia, provocada por la terquedad de un ser humano y la paciencia de tres viajeros que acabó solamente con demasiadas horas perdidas, con una demanda cursándose en la fiscalía peruana y con una buena historia que contar.

Otra vez, una historia de Épica y comisarías, todo, por un puñado de soles.

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Como sabéis, hace unos días fue mi cumpleaños. Recibí algunos regalos: una banderita de Corea del Sur, una pulsera, muchos comentarios en el blog, muchos mails y, posiblemente el que más ilusión me hizo, un video hecho por mi compañero de viaje Casas, titulado Felicidades Épicas y que me gustaría compartir con todos los lectores del blog. Ahí va: