Después Oriol nos llevó al barrio de Once a «lo de Roberto» una pequeña taberna con estanterías repletas de botellas polvorientas y un minúsculo escenario con dos sillas de madera por todo decorado.
Pedimos unas Quilmes fresquitas y una picada, y de pronto en el gallinero típico de un bar se hace el silencio, suben al escenario dos jóvenes, uno con la guitarra a cuestas y la otra con su sonrisa, sin más prolegomenos los dedos del maestro acarician las cuerdas y la voz de la muchacha acalla los últimos susurros, se escucha un tango y el bar ha quedado absorto.

Mientras canta acompaña teatralmente con el gesto y persigue con la mirada a todos los parroquianos haciéndonos llegar con emoción las melancólicas frases del tango, el maestro acompaña con la respiración el tangueo de su guitarra a veces dulce otrora frenético con dramáticas pausas.

Después del tango vendrán Milongas, más picarescas, con mucho humor negro declamadas con el mismo sentimiento y la misma intensidad, a nosotros nos sorprende la juventud de los artistas y para compensar al rato sube un cantante más veterano con otro guitarrista.

El primer Tango se lo dedica a un orondo señor que ha murmurado varias de las letras que ya han sonado, el habitual del lugar de pelo blanco como la nieve llora a la tercera frase de la canción que declara Buenos Aires su ciudad, con la mirada fija en el que seguro, es compañero de mil noches de auroras.

El tango se recita y se canta, las miradas se pierden en la voz del interprete y el silencio al fin se rompe con violencia con los vítores, bravos, silbidos, aplausos, «dales» y golpes en la mesa de los clientes que piden más.

Sin ganas de acabar lo que estaba siendo una velada emocionante Charles y yo fuimos al bar de al lado dónde, los mismos que cantaban en «lo De Roberto» se instalan de músicos o espectadores 3 guitarras se juntan y un Bandoneon se estira y encoge dejando oír sus lamentos, de pronto un joven estira de la mano una muchacha y sin mediar palabra se juntan los cuerpos y se baila un tango, el arrastra los pies ella los mueve endiabladamente, parece una batalla, se mueven entre las mesas, sin vestidos de gala pero con toda la pasión… Nos quedamos mudos de nuevo… hasta el último rasgueo cuándo rompemos en aplausos!
