BSO: El gato López, de Ska-P.
Como ya avancé en el anterior post, estoy en Venezuela, en una visita un poco relámpago de unos pocos días. Aprovechando la locura económica de este país, donde existe un cambio de divisas paralelo y por tanto los billetes de avión reducen considerablemente su precio; mañana me espera un vuelo que me llevará otra vez hasta la mitad del continente, en concreto a Cuzco, en el Perú. Así que mi visita a Venezuela se ha reducido a unos pocos días en su capital, Caracas, donde me esperaba un viejo amigo de la Épica, Cacho.
Como ya había estado aquí un par de años atrás, han sido unos días de poco turismo, mucha vida social y mucha rumba, cosa que mi organismo siempre agradece.
Pero hoy vamos a hablar de otro fenómeno paranormal de esos que rodean este viaje y que sucedió cuando no habían transcurrido ni siquiera seis horas desde mi llegada a estas tierras. Seguramente sucedió debido al reencuentro con Cacho, ya que al juntarnos, la naturaleza no está preparada para tan altas concentraciones de Épica.
Como pago a mis desafortunadas palabras, me invitaron a cenar a una arepera, donde el menú obligatorio es obviamente una arepa. Al descargo del orgullo patrio venezolano tengo que decir que estaba realmente buena, aunque fuera a causa de su abundante y sabroso relleno, ya que de la arepa en sí no tengo muchas comas que mover de mi alegato anterior, aunque sé que estas palabras me van a volver a costar otra buena cantidad de críticas.
Así que, allí fuimos con la familia Cacho. Al llegar, alguien nos advirtió que una cadena colgaba del capó del coche. Parecía una cadena de pasear al perro y no tardamos en bromear sobre las diferentes posibilidades que podrían haber colocado esa cadena colgando del motor del coche.
Tras una investigación más a fondo, abrimos la puerta y ¡sorpresa! ¡había un gato vivo en el interior del motor!. Milagrosamente, había sobrevivido a las altas temperaturas dentro del motor, a los muchos baches de las calles caraqueñas e incluso a los más de 140 km/h que habíamos alcanzado.
El gato daba indudablemente mucha lástima. Como es natural, estaba terriblemente asustado y si os digo la verdad, yo no daba un duro por que fuera a continuar viviendo al día siguiente. Así que no hubo elección: hubo que llevarse al gato para casa para intentar luchar por su supervivencia.
Pero en el viaje de vuelta, con un hábil movimiento se metió debajo del asiento y costó dios y ayuda sacarlo de allí, puesto que se aferraba fuerte con las uñas: parecía que le había cogido cariño al coche.
El siguiente paso fue darle un nombre. No hubo mucho debate y rápidamente consensuamos que se llamaría Duncan, en honor a la marca de la batería del coche que casi le mata, pero que a la vez, le hizo volver a nacer.
Y poco a poco, a base de cuidados, el gato ya se ha hecho el amo de la casa y vive feliz y contento. Y aunque nadie tiene muy claro su futuro, yo apuesto que se quedará un tiempo largo con la familia Cacho.
De mi visita a Caracas os podría contar muchas cosas: la impresionante tortilla de patatas que hicimos, el buen concierto al que pude asistir, la artificiosa excursión a la playa, nuestro habitual homenaje a la música mal cantada que solemos hacer cuando tenemos cualquier micro delante (aunque esté apagado), la visita a la Catedral, la degustación de jamón, el partido de béisbol, la timba de póker…
Sin embargo, esta vez, me quedo con ese coche que tenía dos gatos: el hidráulico y Duncan, el gato de la Épica.









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