Caracoles Viajeros

Ahora sí, parece que me he integrado en el viaje y el viaje me ha integrado a mí. Ha sido un proceso paulatino ya que he partido muchas veces: en mi casa dejé a mis padres en Barcelona, en Girona me abracé con Rodrigo, en Londres «i hi fived» Max, Tamara, Mehul, Cham y Chaz, en París dí un beso rápido a mis tíos y a mi prima, en Hangzou compartí unos días con mi hermana, luego han venido 35 largas horas de tren y esta vez sí, solo, con todas mis pertenencias a la espalda, cual caracol, pero con todos los que he citado, el resto de mi familia y amigos bien apretados en el corazon!

¡Haced sitio chicos porque creo que van a entrar unos cuantos más durante la travesía!

Dos se entienden…

Si dos quieren entenderse…

Eso el lo que nos pasa en China. Con un sistema oral y escrito completamente diferente al nuestro y con poca gente que domine realmente el ingles, aquí tienes que desarrollar al máximo tus habilidades de comunicación. Para pedir los billetes del tren, para ir a un sitio o para decirle lo que quieres comer. Hay que echarse al ruedo.

 

Si lo haces con una sonrisa y con un semblante amable, cada uno ira hablando en su idioma, acompañado con senas básicas. Entonces, sin saber porque, se producirá un «destello de comunicación» como una chispa, y durante unos segundos, habrá comunicación. Los dos habrán entendido lo que se querían decir.

Y esto es mágico.

Mi pedacito de agua

El agua es un bien escaso y esto se nota en Cataluña!

En mi paraíso particular que es Platja D’Aro, mi rincón de cielo en la Costa Brava, dónde aprendí a seguir siendo niño jugando en la calle hasta que me llamaba mi madre, construyendo cabañas y paseando en bici, dónde aprendí a ser adolescente al ritmo de la noche, punto de encuentro de varias quadrillas de amigos de índole diversa y de enorme corazón, tengo mi pedazo de agua…

Y es que echaré de menos a mi mar… Claro! Probablemente vendrá el Índico a intentar seducirme con sus playas exquisitas en Tailandia o Indonesia, por supuesto vendrá el Pacífico y me pedirá que cabalgue alguna de sus olas en playas de la costa Australiana y sin duda el poderoso Atlántico me pillará desprevenido en algún momento de debilidad Brasileña… Pero echaré de menos mi pedazo de agua, mis calas e incluso mi fea playa de altos y sombrientos edificios, ese mar en el que para mi nunca se pone el sol aunque sí emerge de él cada mañana… Echaré de menos mi mar Mediterraneo y especialmente el pedazo de agua de la Costa Brava.

Por eso el otro fin de semana, bien entrada la noche me acerqué para despedirme… Hundí los piés descalzos en la arena, mi pedacito de agua era negro. Le grité que no se fuera y le dí la espalda, creí que por última vez pero me giré sonriente,y entre los dientes solté… porqué regresaré… entonces el viento me dió en la cara y reconozco que le grité «¡Te quiero!» porque ese pedazo de agua es un bocado de mi vida!