Mucho más que la mitad (II)

Desde la sierra y después de estudiar varias opciones, decidimos que queríamos conocer el Amazonas.

Como es sabido el pulmón del planeta ocupa gran parte de Brasil, pero también de Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela o Bolivia. El parque nacional Cuyabeno, en el oriente, nos pareció un buen lugar para internarnos en la espesura y aunque el precio era elevado (uno solo puede acceder al parque con un «tour») acabamos disfrutando de 4 días de ensueño entre aguas marronosas, arañas peludas, casas de paja, aves de colores, monos, peces con dientes y nativos sonrientes.

Nuestros aposentos desde el aire
Nuestros aposentos desde el aire

Nuestros guías, Rómulo y Daniel nos acompañaron en caminatas diurnas y nocturnas, explicándonos infinidad de curiosidades, propiedades de plantas y árboles, mostrando huellas de animales, bichos palo, una mantis religiosa de más de un palmo de largo que se subió a mi mochila sin que me diera cuenta…

Un gigantesco puerco espín se había colado en una de las habitaciones!
Un gigantesco puerco espín se había colado en una de las habitaciones!
Turistas a lo Tarzan!
Turistas a lo Tarzan!
La monstruosa Mantis
La monstruosa Mantis

En una canoa remando río arriba pescamos pirañas y observamos la naturaleza, nos enseñaron inmensos termiteros e imponentes panales de abejas, algunas con una capacidad para batir las alas a un ritmo sincopado como si de un ejército marchando se tratara. Os aseguro que nuestras caras de asombro e incredulidad eran para enmarcar cuándo a su orden, todos gritamos y el panal se puso a emitir un sonido de pasos sordo y acompasado «fuuu, fuuu, fuuu, fuuu»!!!

Los innumerables baños en aguas infestadas de caimanes, morenas y pirañas, los delfines rosados de la laguna, el espléndido atardecer que nos brindaron los árboles que surgían del agua y el ardiente sol tiñendo de violeta las nubes, la vuelta de más de dos horas en la más absoluta oscuridad por los meandros del río, el cielo estrellado, el avistamiento de satélites, las hilarantes noches en la zona común antes de acostarnos y un largo etcétera convirtieron lo que temía podía ser un tour ultra turístico y preparado en una pequeña aventura maravillosa.

Sin comentarios
Sin comentarios

Dejamos atrás la húmeda selva para volver a Quito y aunque nuestro siguiente destino era Baños, una ciudad rodeada de ríos, cascadas y aguas termales, la simpatía e insistencia de Juan y Gabi nos desviaron hacia Mindo, un pueblo al oeste de Quito al que fuimos invitados.

Era feriado en Ecuador, un puente de 5 días nos hacía temer kilométricas colas en la carretera. Salimos de Cuyabeno al caer la tarde y Juan recogía sonriente a 3 legañosos Willys a las dos de la madrugada frente a su universidad dónde estaba de guardia, nos dejó en su casa donde tardamos 30 segundos en dormirnos de nuevo y una vez terminada su guardia enfilamos a Mindo sin demasiados percances.

Allí nuestros huéspedes se encargaron que tuviéramos una experiencia inolvidable y familiar. Nos fuimos a hacer “canopy” y disfrutamos como niños colgados de cables entre montañas, imitando a Superman en cada tramo o simplemente admirando los árboles desfilar bajo nuestros pies.

La entrañable barbacoa que preparó el padre de Gabi con una nevera repleta de cervezas acabó en la discoteca del pueblo, dónde seguimos con ron, jugando alrededor de una mesa e interaccionando con los locales en mayor o menor medida, al final de la noche, nueva separación de los Willys y vuelta a casa con más o menos rodeos, más o menos memoria, en definitiva, gran noche y gran resaca que curamos con un excelente desayuno y un chapuzón en las gélidas aguas del río Mindo al día siguiente!

¿Donde andarían los otros 2 Willys?
¿Donde andarían los otros 2 Willys?

Nos despedimos con cariño de nuestros anfitriones y enfilamos hacia la costa. Aunque varia gente nos advirtió, que viniendo del Caribe, el pacífico y sus revueltas aguas puede resultar un poco decepcionante, no nos importó, echábamos de menos el mar.

La llegada a Esmeraldas fue impactante, parecía que hubiéramos cambiado de país, la ciudad, con muchos edificios en estado precario debido al fuerte terremoto que se produjo hace menos de un año, no tiene nada de especial, incluso el renovado malecón, con su moderno paseo repleto de restaurantes parece no pintar nada allí. Lo que nos impresionó era que gran parte de la población era negra, de estilo caribeño, la música, el ambiente, cuesta de definir pero llegamos a la conclusión que la población de la sierra y los del norte de la costa pacífica son de dos mundos distintos.

Una rápida parada en el tranquilo y surfista pueblo de Mompiche, un poco al sur de Esmeraldas, nos sirvió de relajo y puesta al día en internet después de unos días de desconexión entre Cuyabeno y Mindo, el día nublado nos invitó a tumbarnos en una hamaca, leer, jugar a cartas, hacer algo de deporte y cocinar, en definitiva, estar de vacaciones de verdad y abandonar momentáneamente el trasiego que a veces comporta el viaje.

Pescadores en Mompiche
Pescadores en Mompiche
Un pelicano sortea una ola en la playa de Mompiche
Un pelicano sortea una ola en la playa de Mompiche

Más al sur, frente a la costa de Puerto López se encuentra la isla de la Plata, conocida como la Galápagos de los pobres. Una vez comprobamos que el billete de avión costaba no menos de 400$, que la entrada al parque cuesta unos 120$, que cada excursión en cada isla puede costar de 80 a 120$, el alojamiento, la comida… nos dijimos que aunque nos muramos de ganas por conocer este lugar único y extravagante, lo dejaríamos para la siguiente ocasión ya que de los 1200$ por 5 días no se baja, y como diría Nuñez “això no ens ho podem permitir!!!” así que Galápagos de los pobres it is! Y suerte que fuimos allí porqué allí encontramos a Giulia, pero os lo contaremos en el siguiente capítulo!