De cajas y despedidas

Son días raros, fines de semana que pasas entre cajas, repartiendo besos y adioses, comenzando a echar de menos a gente, intentando sacar un hueco para poder decirle «hasta luego» a todo el mundo; mientras cierras casas, llenas una maleta, renuevas tu carnet de conducir internacional y te vacunas (toda precaución es poca, es posible que entremos en contacto directo con votantes de Donald Trump…). Todo con un punto de emoción y excitación por todo lo que se viene encima, y todo también con un punto de tristeza. Pocas cosas más tristes que una casa vacía, en la que hablas y suena un eco como de tripa de ballena.

Los primeros días me daba algo de apuro (¿pudor?) decir que esa tristura revoloteaba en mi mente, como sino tuviera mucho derecho a ello: «eh tío, encima de que te largas no pretenderás ponerte triste, que lo has decidido tú todo esto…» . Pues sí, caprichoso que es uno; voy a echar de menos a un montón de gente, muchas noches alrededor de raclettes y pizzas caseras, de cervezas y vinos, de la barra de la cocina de mi casa, o viendo a Suárez marcar goles, de encuentros familiares, de conciertos, hasta de issues de Github (carajo, ¿también se puede echar de menos el trabajo?).

No hay nada malo en echar de menos todo eso; lo pienso meter en la mochila, facturarlo y me lo iré administrando en pequeñas dosis…

Delta del Ebro
Delta del Ebro

Escrito mientras sobrevuelo el Delta del Ebro y Caroline Morgan me canta al oído «Where is my home?»