Mi Buenos Aires querido

Justo después del Año Nuevo, aún algo resacosos después de unos días geniales en Santiago de Chile, David y yo tuvimos la oportunidad de escaparnos 9 días a Buenos Aires. La hospitalidad de Claudia, David (nuestro cantabrón favorito) y la pequeña Valentina ofreciéndonos su casa en Palermo, nos animaron aún más a agarrar un avión y plantarnos en la ciudad porteña.

Valentina tranquila, y Álvaro emocionado
Valentina tranquila, y Álvaro emocionado
Dos WIllys en Buenos Aires
Dos WIllys en Buenos Aires
Haciendo amigos
Haciendo amigos

Y allí aterrizamos, con un calor húmedo y agotador dándonos «la bienvenida», como presagiando que nuestra visita no iba a ser fácil… pero claro que lo fue. Lo fue porque Buenos Aires es estar en casa, como si fuéramos dos más entre sus calles atestadas de terrazas, donde tenías que mirar las placas de matrícula de los autos para convencerte que no estabas en Madrid, sino en la ciudad que ya había recorrido ya mil veces mentalmente escuchando canciones de Calamaro hace ya (demasiados) años…

Tras un recorrido infinito desde el aeropuerto en bus y metro, por fin llegamos a “casa”, y gracias a las indicaciones de Claudia; dimos cuenta de las primeras Quilmes, las primeras pizzas y las primeras empanadas (ayyyyy las empanadas argentinas, lo siento por los amigos chilenos… pero ahí habéis perdido la batalla…). David también pudo comprobar de primera mano el amor que sienten los gatos argentinos hacia él…

¿Una librería? ¿Un teatro? El paraíso
¿Una librería? ¿Un teatro? El paraíso
En la Bombonera
En la Bombonera

 

El día siguiente tocó caminar (y mucho), siguiendo la guía que nos preparó Aran, nuestra «local hero» de tripUniq; una valenciana re-simpática que acabó por tierras porteñas hace un par de años y que además de prepararnos un recorrido perfecto por la ciudad, nos acompañó un par de días a intentar acabar con las existencias de milanesas, asados de tira y cerveza de toda la capital. En dos días: cruzamos la Plaza de Mayo, atisbamos la Casa Rosada (sin Macri), vibramos sólo con ver de lejos el Luna Park y el Gran Rex, disfrutamos de un paseo infinito por Puerto Madero y sus excesos, nos perdimos por San Telmo, alucinamos con la infinita 9 de Julio, visitamos el cementerio de la Recoleta (ayyyy Evita, cuánto te veneran aún…), esperamos con ansia en Plaza Francia, gritamos goles en una Bombonera vacía y triste, hicimos de turistas por la Boca, entendimos la magia del tango, reímos a carcajadas con monologuistas argentinos (quien lo habría dicho, un monologuista… y además argentino), nos emocionamos en la ESMA con los desaparecidos y a la vez nos cagamos en los dictadores y en sus putas dictaduras; y hasta encontramos bares secretos ayudados por Analía y Elina, las dos mejores baristas/pasteleras de Buenos Aires.

¿Donde están?
¿Donde están?
Tango infinito
Tango infinito
Con Aran y Stefania visitando a Macri
Con Aran y Stefania visitando a Macri
El mejor café de Buenos Aires
El mejor café de Buenos Aires

Entre todas estas emociones; un asado espectacular hecho por David (especulamos con que le dieron el carnet de asador a la vez que la tarjeta de residente), acompañado de su señor padre, de vino mendocino y de muchas risas, una escapada para que David se quitara el mono de tirarse de aviones en marcha, y un par de salidas nocturnas para cerciorarnos que Palermo no es Hollywood… ¡ni falta que hace!

Esta ciudad me ha calado como ninguna otra visitada en este viaje, y si bien a otros sitios he dicho que quiero volver; con Buenos Aires tengo la certeza de que pronto pasearé de nuevo por sus calles y volveré a sentirme un porteño más. ¡Hasta pronto hermanos!

Escuchando Palermo no es Hollywood, de Leiva, claro.