Sorpresa Nipona

Como un lote de Navidad, un desayuno en la cama, una caja de bombones o un ramo de flores llegó Japón a nuestra vuelta al mundo. Al buscar billetes entre Santiago y Manila el buscador desvelaba que el trayecto más barato, hacía escala en Tokio (y México DF, y Atlanta, y Houston, pero vamos que paraba en Tokio), otra feliz coincidencia fue que mi primo Edu (sí, uno más) reside en Tokio desde hace ya unos años. Lo contacté, poco menos que nos auto-invitamos y resolvimos que toda vuelta al mundo sin parada en Oceanía no es vuelta al mundo (no me seáis puntillosos con África que si nos ponemos…) así que decidimos alargar la escala 13 días.

El dulce patrocinio de United Airlines nos costó un día menos de estancia en el país del sol naciente, pero encajamos el golpe con un humor 5 estrellas (purrumplás!).

Después de 8 meses al sol, con muy breves etapas de frío Andino (no muy riguroso por cierto) las puertas automáticas del aeropuerto nos parecieron las del ártico, el frío nos heló los huesos hasta que divisamos a mi primo embutido en un anorak y su abrazo me dio la primera muestra de calor con el que él y Yuri nos agasajaron durante nuestra estancia en su casa, empezando por el pan recién hecho que horneaban todas las mañanas para el desayuno.

Nos subimos al coche y empezamos a ojear a nuestro alrededor como el que nunca ha salido de su casa, la autopista se fue estrechando hasta asemejarse a una pista de excalextric que serpenteaba entre la densa ciudad Nipona. El barrio dónde residen Yuri y Edu nos recordó a un pueblo, tranquilo, con calles estrechas, coches que parecían de juguete, sin acera y ordenadas casas de no más de 3 plantas. Ni una bocina en medio de la aglomeración urbana más grande del mundo (36 millones de habitantes y poco más de 13 millones en su núcleo urbano según la Wikipedia).

Una vez instalados nos acompañaron al centro para degustar uno de los primeros suculentos platos de la cocina nipona, el tonkatsu, tierno cerdo empanado que sabía a cielo.

El primer día, enfundados en mallas y camisetas térmicas recorrimos la distancia hasta Shibuya caminando y sorprendiéndonos con infinidad de curiosidades, los templos y cementerios sintoístas con sus plegarias y deseos colgando, las máquinas expendedoras de billetes para comida, perros transportados en cochecitos para bebés, la prohibición de fumar en la calle con los consecuentes puntos de vicio abarrotados, el archiconocido baño con calentador de asiento y distintos chorros de limpieza, la infinidad de gente ataviada con una máscara quirúrgica, el tráfico denso pero fluido, los restaurantes con sus habituales paños colgando de la puerta, disfrutar en uno de ellos de un teppanyaki dónde los cocineros manejan la plancha y las palas con una habilidad mareante, el triple paso de peatones más concurrido del mundo, los inmensos luminosos y un larguísimo etcétera. Una de las cosas que más nos llamó la atención fue el sepulcral silencio que reina en los metros y trenes de la ciudad, la gente no habla por teléfono, aunque la mayoría no le quita el ojo de encima, no se escuchan las raras conversaciones ajenas, mantenidas a un nivel de voz que raya en el susurro, tampoco se cruzan miradas, la gente espera ordenadamente que llegue su tren en puntos señalados en el suelo, en fila y en silencio. La limpieza de las calles, aunque no haya papeleras, es inmaculada, y todo respira una asepsia casi turbadora. También se respira seguridad aunque los policías que vimos en la calle se pueden contar con los dedos de una mano.

Nos lo llevamos que en el comedor cabe
Se parece más al padre o a la madre?
Shibuya!

En contrapunto a esta poca demostración de júbilo y espontaneidad encontramos l@s cazadores de client@s, en todo lugar, pero especialmente en el barrio de Akihabara, jóvenes vestid@s de forma estrafalaria y a veces armados de un micrófono, te asaltan en la calle para que entres en un restaurante o en un centro recreativo de 5 o más plantas. Este es el paraíso de los Otakus. Ver a estos adolescentes asociales, que siguen patrones a velocidades de vértigo en pantallas de videojuego cada vez más sofisticadas, es un auténtico espectáculo. Al sujeto del vídeo (pulsen el link) lo aguardaba, con cara de circunstancias y paciencia infinita, la que supuse era su madre. Las manos enfundadas en unos guantes blancos pulsaba botones como poseído, pero al mismo tiempo con tempo. Nosotros también paseamos entre las máquinas recreativas, de las más antiguas a las más incomprensibles, nos atrevimos con el Mario Kart o una máquina de Star Wars pero ni siquiera buscamos comprender como se podían mover ejércitos enteros en una pantalla arrastrando cartas de Magic en un tablero.

También hay edificios enteros con películas pornográficas de los más sorprendentes estilos (por calificar algunas portadas que vimos), aunque en las películas se pixelan los genitales de los protagonistas (!), edificios con figuritas de manga de coleccionista, edificios con una estatua de un robot primo hermano de Mazinger zeta de unos 20 metros de alto…

Otra gran afición de muchos Japoneses consiste en encerrarse durante horas en un karaoke, algunas puertas entreabiertas nos dejaron ver a jóvenes vestidos como sus ídolos pop, desgañitándose frente a pantallas triples que abarcaban 3 paredes de la habitación. Igual que estar en un concierto y sentirte una estrella pero con sofás y solícit@s camarer@s que te abastecen de comida y bebida. En la calle en cambio, mirada al suelo y respeto cortés, aunque si preguntas una dirección, harán todo lo posible para intentar comunicarte, en su pobre inglés, como llegar al sitio deseado.

También entramos en un Izakaya en el que ofrecían barra libre durante un tiempo determinado. Un local con una densa nube de humo y con apartados que se cierran con paneles correderos, en la mesa de al lado un joven traspasó la delgada línea que separa la alegre borrachera de la indisposición, acabó vomitando en su propio vaso y en la mesa. Asombrados vimos como, sin levantar una ceja, los camareros se afanaban a limpiar el desaguisado mientras su amigo, que andaba en un estado similar, lo arrastraba hacia el exterior del local. Ni un reproche. En otro Izakaya nos invitaron a sake y probamos alguna delicatessen señalando los platos ya que cuándo intenté pedir del menú me hicieron entender que lo estaba ojeando al revés!

Visitamos Shinjuku, y otros barrios de la ciudad, pero en Tokio lo que más disfrutamos fue la compañía de Yuri y Edu. A parte de preparar un banquete en su casa, Yuri nos invitó a unirnos a la fiesta de cumpleaños de su madre, no desvelaremos su edad pero diremos que se mostraba envidiable a sus años, de manera muy cortés y educada hicieron todos los esfuerzos posibles para que pudiéramos comunicarnos pese a la barrera idiomática. El padre de familia hizo unas pegatinas con nuestros nombres en Japonés y los nombres de toda la familia escritos en nuestro abecedario. Después nos propuso ir a un Onsen (del que no permitió que pagáramos la entrada) y nos zambullimos de pleno en una de las más sorprendentes costumbres Japonesas. Los Onsen son baños públicos, en general alimentados con aguas termales, en los que con una falta de pudor absoluto, que contrasta con la sobriedad y lo celosos que parecen de su intimidad en la calle, los Japoneses se reúnen para deambular por distintas piscinas, saunas y duchas como Dios los trajo al mundo. Hombres y mujeres convenientemente separados, eso sí. Hay que empezar con una escrupulosa limpieza corporal, todos sentados los unos junto a los otros en un taburete de plástico, con abundantes baldeos de agua, algunos aprovechan para afeitarse, cuando uno está limpio pasa a la zona de baño, piscinas a diferentes temperaturas, de burbujas, de chorros de masaje, de suave corriente eléctrica… con un paño en la cabeza uno se relaja o departe amistosamente, aunque siempre en voz queda.

Limpios y relajados disfrutamos de un auténtico festín en casa de los suegros de Edu, Sukiyaki y Yakinuku regados con vino Francés que abrieron especialmente para nosotros ya que ellos a penas lo probaron. Fue un día Japonísimo y nos encantó!

Believe it or not, seguimos en Tokio!

De Tokio nos fuimos a Osaka y Kioto dónde el frío recrudeció e incluso nevó, lo que hizo la visita mucho más dura aunque también mucho más hermosa. Caminamos de nuevo, avistando de vez en cuando a Geishas correteando por las calles. La visita al Kinkaku-Ji, el templo dorado de Kioto, la realizamos durante una corta pero intensa nevada, la paz del lugar se cubrió de un silencioso blanco, mientras la nieve que empezaba a cuajar, crujía a nuestros pasos.

Copazos de oro

Recorrer, con la boca abierta, los senderos delimitados por infinidad de toriis en el Fushimi Inari fue otro sueño cumplido, y ya son muchos. Desde la colina vimos una deslucida puesta de sol, pero no nos importaba, la luz que se filtraba entre los pórticos desiguales daba pinceladas mágicas al lugar. También nos refugiamos del frío en otro Onsen, este mucho más popular y simple que el primero al que fuimos, nos encantó relajarnos de nuevo entre miradas curiosas pero siempre discretas.

En Osaka está uno de los museos más visitados de Japón, el Kishiwada-Jo al descender sus diferentes plantas se explica como se consiguió la reunificación de Japón y es de los pocos sitios que tienen sus explicaciones en Inglés además de en Japonés.

En definitiva y pese al frío, caminamos por las tres ciudades descubriendo y curioseando un montón de lugares. Mercados en los que probamos todo tipo de comida, y más comida, jardines apacibles, una vista nocturna de Tokio desde el Tokio-To Chosha, visita tardía al mercado de pescado dónde probamos un excelente sushi a precio ajustado, la vista lejana del monte Fuji en un día claro, un bar con música en directo en Kamikitazawa en que la gente aplaudía muy someramente a los artistas al fin de cada canción, nada de grandes demostraciones, eso queda para la intimidad de cada uno… un país realmente distinto a todos los que hemos visitado hasta ahora, una serie de recuerdos que se han grabado a fuego en nuestras mentes.

La amabilidad y la deferencia llegan a su zenit al salir de Japón, en el aeropuerto, hay un policía que se despide de todos y cada uno de los pasajeros con una pequeña reverencia y un rápido “gracias por visitarnos”, “que tenga buen viaje”, “vuelva usted pronto”, y en la pista de aterrizaje vi al funcionario de turno dar las indicaciones al avión y finalizar con una profunda reverencia hacia el piloto.

Quiero agradecer una vez más a Yuri y a Edu su hospitalidad, quedé con muchas ganas de visitar el Japón no urbano, perderme en la costa o las montañas, llegar a pueblos remotos pero solo probamos un bombón de la caja, quedan muchos sabores por descubrir.

Quien quiera ver más fotos aquí, la conexión es muy limitada para subir en el post.

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