De cajas y despedidas

Son días raros, fines de semana que pasas entre cajas, repartiendo besos y adioses, comenzando a echar de menos a gente, intentando sacar un hueco para poder decirle «hasta luego» a todo el mundo; mientras cierras casas, llenas una maleta, renuevas tu carnet de conducir internacional y te vacunas (toda precaución es poca, es posible que entremos en contacto directo con votantes de Donald Trump…). Todo con un punto de emoción y excitación por todo lo que se viene encima, y todo también con un punto de tristeza. Pocas cosas más tristes que una casa vacía, en la que hablas y suena un eco como de tripa de ballena.

Los primeros días me daba algo de apuro (¿pudor?) decir que esa tristura revoloteaba en mi mente, como sino tuviera mucho derecho a ello: «eh tío, encima de que te largas no pretenderás ponerte triste, que lo has decidido tú todo esto…» . Pues sí, caprichoso que es uno; voy a echar de menos a un montón de gente, muchas noches alrededor de raclettes y pizzas caseras, de cervezas y vinos, de la barra de la cocina de mi casa, o viendo a Suárez marcar goles, de encuentros familiares, de conciertos, hasta de issues de Github (carajo, ¿también se puede echar de menos el trabajo?).

No hay nada malo en echar de menos todo eso; lo pienso meter en la mochila, facturarlo y me lo iré administrando en pequeñas dosis…

Delta del Ebro
Delta del Ebro

Escrito mientras sobrevuelo el Delta del Ebro y Caroline Morgan me canta al oído «Where is my home?»

Mi Casio rojo

Es un Casio rojo, modelo DQ-541.

Tiene un sonido monótono, molesto (casi irritante), cuatro ‘bips’ que se repiten martilleantes en menos de un segundo, te dejan un par de segundos de paz, y luego se repiten, otra vez; indefinidamente, hasta que pulsas el botón de apagado completo (o pulsas SNOOZE y prolongas el sueño 8 minutos más, como en una huida hacia adelante). Siempre me había costado entender a la gente usaba el botón de SNOOZE, ese autoengaño que no lleva a nada… ahora lo hago constantemente, casi todas las mañanas, eso será la madurez supongo…

Recuerdo que mi padre me trajo el reloj hace unos 25 años de uno de sus viajes a Canarias (siempre traen grandes cosas a mi vida esas islas). Mi hermano Noni tenía uno negro que yo envidiaba un poco, y tener mi reloj propio fue como una muestra de que empezaba a hacerme mayor.

IMG_20160605_141915

En todos esos años no ha dejado de cumplir su tarea ni una sola vez, y creo que sólo he tenido que cambiarle una vez las pilas. Imagino que los ingenieros japoneses que lo diseñaron en esa época no tenían ni idea o no les interesaba lo más mínimo qué era aquello de la obsolescencia programada…

Me despertó para ir al colegio, cuando empecé el instituto, mientras estudiaba la carrera en Córdoba y empecé a viajar por Andalucía en mis primeros trabajos. Vino conmigo a Madrid (despertándome no sólo a mí durante un tiempo). En esa época estuve a punto de sustituirlo por el sonido más moderno de un móvil, o incluso por alguna canción, pero luego volví a sacarlo del cajón y a usarlo de nuevo. Necesitaba esos cuatro ‘bips’ para despertarme.

Luego me siguió a Bruselas y me fue despertando durante dos años geniales por Bélgica. Desde hace 3 años y medio suena infatigable a eso de las 7.45 de lunes a viernes en un piso maravilloso en el barrio de Poble Sec de Barcelona, pero en breve podrá por fin tener las vacaciones que merece.

El próximo viernes a las 7.45, cuando vuelva a oír sus 4 bips martilleantes (y quizás pulse una o dos veces el botón de SNOOZE), lo apagaré con mucho cuidado, quitaré las dos pilas de su interior, y lo meteré en una de las cajas de mudanza que tendré preparadas. Y podrá descansar, durante un año.

Dentro de dos semanas me voy durante un año a dar la vuelta al mundo y no voy a necesitar mi Casio rojo.