La misma piedra
BSO: Un beso y una flor (forjarán mi destino las piedras del camino), de Nino Bravo.
Dicen que el humano es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Yo, un simple viajero metido a narrador de historias no soy una excepción y también he encontrado esas piedras que van forjando mi camino.
El hilo de esta historieta Épica lo habíamos dejado en el norte de Chile, en el desierto de San Pedro de Atacama. Después de eso, crucé lo que sería mi última frontera terrestre, volvía a la Argentina, en concreto a la ciudad de Salta.
Allí se produjo uno de los reencuentros más esperados: la risueña coreana con la que habíamos hecho la subida al Choquequirao algunas semanas atrás. Juntos decidimos darnos un pequeño paseo por algunos pueblos de la provincia de Salta: iniciaríamos el recorrido por el apartado Cachi y trataríamos de llegar a Cafayate, aún sabiendo que el camino que unía ambas localidades estaba totalmente incomunicado por transporte público, en lo que supondrían 150 kilómetros más largos de lo habitual.
Tras madrugar, llegamos a la localidad, algo decepcionante para las espectativas creadas. Así que decidimos no hacer noche y comenzar a caminar el largo camino que nos separaba de nuestro destino. Antes de salir a la carretera a levantar el dedo, decidimos probar suerte preguntando a todo el mundo que pudiera tener coche en la plaza del pueblo. Nos repartimos el trabajo: Eunjung preguntaba en inglés a los que tenían cara de gringos y yo en español a los que parecían argentinos.
La misión de búsqueda dio sus frutos y unos aparentemente amables canadienses iban en nuestra dirección. Nos abandonaron una cincuentena de kilómetros más adelante pues ellos iban teóricamente a hacer noche en un pueblito cercano. En una hora de tensa espera pasaron por el polvoriento camino sin asfaltar tres coches que, por diferentes motivos, no nos pararon. Pero la suerte nos reservó una nueva sorpresa y los mismos canadienses seguían haciendo camino pues no les había gustado demasiado el pueblo que a priori habían seleccionado para pernoctar.
Así que nos avanzaron otros cincuenta kilómetros. Como todavía quedaba una hora y pico de luz, decidimos seguir probando suerte con el dedo en alto a ver si alguien nos completaba el recorrido. Sin embargo, tras otra tensa hora de espera, se podría decir que no pasó ningún vehículo donde pudiéramos meternos.
Seguramente estábamos en la ruta con menos tráfico de toda la Argentina, por lo que la desesperación se disfrazaba de espera en mitad de la nada, tragando polvo en un camino de arena. Estaba a tan solo unos cien kilómetros de distancia de aquella vez que me pasó lo mismo, caminanto otra vez sobre la delgada línea que separa cosas casi opuestas: lo maravilloso del paraje, con el nerviosismo que aporta el no poderse uno desplazar a tu antojo. Efectivamente, había tropezado otra vez con la misma piedra: tensa espera al borde de una carretera del despoblado norte argentino, con el frío atenazane de la noche en zonas desérticas y sin posibilidad de escape.
Esta vez teníamos más suerte: estábamos a tan solo un par de kilómetros de un pueblito llamado Angastaco. Caminamos ya de noche cerrada el camino que nos separaba del pueblo. Evidentemente estábamos en un lugar fuera de cualquier circuito turístico, un lugar nada acostumbrado a ver personas foráneas y mucho menos de unos rasgos tan exóticos como los de Eunjung.
Éramos la atracción del pueblo, pero lejos de querer serlo, nos disponíamos a pasar la noche allí. Nos hablaron del camping del pueblo, para lo cual hubo que encontrar al encargado. Preguntando casa por casa, llegamos ante la vivienda del tipo, que en ese momento se encontraba en misa. ¿Misa a las diez de la noche de un martes? Efectivamente, todo el pueblo estaba congregado en la curiosa iglesia decorada como un árbol de navidad.
Pero ¿como reconocer a Martín López entre toda la parroquia que asistía al sermón de un cura que anunciaba el apocalipsis? Hice correr la voz de que lo buscaba y nada más concluir la ceremonia fue advertido. El cámping estaba cerrado, imposible dormir allí.
Seguí con mis averiguaciones en ese difícil momento: la salida de misa, momento en que los hombres tienen prisa para irse al bar y las mujeres tienen demasiadas cosas de las que cotillear como para hacerle caso a un desubicado extranjero.
Me informaron de que había un hostalito cerca de la iglesia, cuya dueña era la más beata del pueblo y fue la última en abandonar la santa casa. Además era la encargada de la rifa o de vete tu a saber qué milonga para pedir dinero al resto de fieles; por lo que tuvo una larga conversación con el párroco antes de tener la amabilidad de atendernos.
Así que nada, allí dormimos. Como el pueblo era muy pequeño y aquel era lo único que se parecía a un hostal en todo el pueblo, allí cayeron también nuestros amigos los canadienses con su coche, que se presentaba como nuestra tabla de salvación.
Tras corta conversación, quedamos con ellos a las diez de la mañana para salir hacia nuestro destino. Después de leer un poco, nos dormimos con toda la tranquilidad, hasta la mañana siguiente.
Al respertar, tragedia: el coche no estaba y no había ni rastro de los canadienses. Habíamos bajado la guardia obviando que los canadienses provenían del Quebec, la parte francesa del Canadá. El peso de la genética gabacha al servicio de quedarnos otra vez en mitad de la nada.
Así que después de acordarnos de todos los muertos de nuestros ex-amigos iniciamos la búsqueda de algún medio locomotor que nos llevara hasta Cafayate. La suerte se alineó con la Épica una vez más y conseguimos viajar en la parte trasera de una camioneta, tragando bastante tierra en lo que fue un incómodo viaje de un par de horas.
Así fue como, tras tropezar otra vez con la piedra del abandono en mitad de la nada, no solamente sobrevivimos, sino que lo disfrutamos al máximo. Después unos días en Cafayate, una jornada en Tucumán y ahora os escribo desde la penúltima parada de este viaje que cuenta los pocos telediarios que le quedan para llegar a su fin.
Cuando caminen no miren al suelo, así tendrán más oportunidades de poder tropezar con las mismas piedras.









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