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Archive for the ‘Perú’ Category

25
nov

Y sin embargo

   Posted by: Alex

BSO: Y sin embargo, de Joaquín Sabina.

Tengo una mala noticia: estos días no habrá post nuevo. Y sin embargo, tengo otra buena: no os pienso dejar sin este pasatiempo que es leer las desventuras de este afortunado viajero.

Solamente que hoy, os espero al otro lado, en el loquequieras, donde he publicado una nueva misión, el mini-proyecto humanitario, que me encantaría compartir con todos vosotros.

Podéis visitarla pinchando aquí.

Un avance de lo que viene en el siguiente post: el lugar donde menos llueve de todo el mundo, el desierto de Atacama en Chile.

Podéis usar los comentarios de este pequeño post para conjeturar cuál será el título del post de Atacama, de todos los que están en la sección de la derecha de próximos posts.

17
nov

Por un puñado de soles

   Posted by: Alex

BSO: Trampas al sol, de La Fuga.

La travesía por los Andes que describimos en el capítulo anterior dejó, además del cansancio lógico y normal, las consiguientes ampollas y algunas picadas de mosquitos, algunas consecuencias más: la más interesante, una historia de terquedad humana que me dispongo a contaros.

Ampolla número 14 del viaje. Estado: recuperada.

Las dos tiendas de campaña que necesitábamos para nuestra andadura las alquilamos en la más barata de las muchas agencias de alquiler de material de camping que hay por el centro de Cusco. Nos hicieron un precio verdaderamente competitivo, pero como fianza tuvimos que dejar tres pasaportes: el de mis dos compañeros de travesía y el mío.

En esa extraña separación del grupo inicial, además de quedarnos durante una noche sin los palos de la carpa hubo otra terrible confusión que todavía no consigo entender, por mucho que me lo expliquen. Pero bueno, eso es un detalle menor a estas alturas: el caso es que nuestros compañeros olvidaron el techo de una de las tiendas de campaña en lo más alto del camino, es decir a 30 kilómetros de cualquier punto civilizado, más cuatro horas de buses y taxis desde Cusco, dónde nos encontrábamos.

Ya teníamos el lío armado: el tipo de la tienda no nos quería devolver los pasaportes si no aparecía el techo. Evidentemente, conseguir ese techo era a todas luces una misión imposible, puesto que era imposible comunicarse con el lugar del olvido, carente de cualquier comunicación conocida y no pensábamos volver a embarcarnos a repetir caminata solamente por recuperar el dichoso techo. Y así se lo hicimos saber al tipo de la tienda: el techo estaba oficialmente perdido.

Llegada a Marampata, el lugar donde se quedó el techo.

El fulano de la tienda, intentando aprovecharse de la situación, nos pidió la friolera de 200 soles (unos 70 euros) por el techo de la tienda de campaña, una Quechua que se vende en España nueva por menos de 25 euros, argumentando que era una marca de calidad extrema por la que había pagado muchos soles, cuando la historia real seguramente sería que algún amigo suyo, trabajador de algún hostal, se la habría robado a cualquier turista despistado.

Estábamos entre la espada y la pared, puesto que el tipo nos chantageaba pidiendo un precio exagerado, sabiendo que acabaríamos pagando puesto que no pensábamos abandonar nuestros pasaportes. Lo que para el tipo suponía una jugada maestra, a nosotros nos parecía una injusticia sin parangón, así que nos conjuramos para no parar hasta que la cordura volviera a la cabeza de aquel terco tendero.

Lo primero que hicimos para que entrar en razón fue imprimir de internet el precio real de la tienda, 25 euros, para hacerle ver que sus pretensiones eran desmesuradas. Ni con esas, el tipo exigía como rescate del secuestro de nuestros pasaportes 200 soles, ni uno menos.

Rolsy, la tienda.

Aunque con poca fe, nuestro siguiente paso fue dirigirnos a la policía para exponerles la situación y hacerles saber que nos estábamos sintiendo estafados y chantageados. El policía, sorprendentemente, se ofreció a mediar y nos acompañó hasta la tienda. Allí, muy diligentemente, le hizo saber al encargado de la agencia que el precio que estaba pidiendo por el techo de la vieja tienda era desmesurado a tenor del valor real de la tienda. Además, le informó que retener el pasaporte de alguien en contra de su voluntad era un delito en Perú, le hizo ver que no tenía ninguna factura que acreditara la propiedad de la tienda y que por tanto no podía alquilarla sin mostrar que era propietario de ella y por último le instó a que nos acompañara a ver cual era el precio real de mercado de un material similar para poder así ajustar sus pretensiones.

En ese momento tengo que reconocer que sonreí, puesto que el tipo lo tenía todo bastante en contra. Sin embargo se mostró reacio a bajar de los 200 soles hasta ver el precio de las tiendas de campaña nuevas, en la ciudad de Cusco.

La Plaza de Armas de Cusco, escena de muchas de nuestras acciones.

Así que en un corto pero tenso trayecto de taxi nos presentamos en un curioso mercado donde además de vender de todo, también vendían material de camping. Allí constatamos como una tienda de campaña de similares características, completamente nueva ascendía a los 170 soles, cosa que, una vez más, demostraba el intento de estafa. Nosotros, como muestra de buena voluntad y hartos de la situación, decidimos aumentar nuestra última oferta de 80 soles hasta los cien. Sin embargo el tipo, duro de mollera, se negó en redondo y siguió en sus trece con los 200 soles que se le habían metido entre ceja y ceja.

Así que nada, tuvimos que volver a la policía a informarle de las novedades y de que no habíamos llegado a ningún acuerdo. Así que, con escolta policial, volvimos otra vez para la tienda. Nada más llegar el policía exhortó al tendero a que agarrara la tienda, los pasaportes y toda la documentación para ir a comisaría. Ni siquiera en ese momento el tipo bajó del burro, en una absurda huída hacia adelante y en una muestra sin parangón de terquedad, poca inteligencia y testosterona, decidió ir para adelante sin bajar un sólo sol sus pretensiones.

En ese momento se produjo la situación más cómica de toda la andadura. Tuvimos todos que meternos apretujados en el coche patrulla de la siguiente manera: nosotros tres y el tendero atrás, nuestro agente amigo y su joven compañera en el asiento del copiloto y otro policía al volante. La situación, absurda a todas luces, siete personas en un coche patrulla a consecuencia del toldo de una tienda de campaña, tomaba tintes kafkianos cada vez que el piloto tenía que cambiar de marcha y aprovechaba la coyuntura para bromear sobre el grado de mullidez del trasero de la joven agente, cosa que celebrábamos todos los presentes con sonoras carcajadas.

Llegamos a la comisaría, un edificio medio abandonado, casi en penumbra. Las estancias estaban prácticamente vacías. Solamente un par de despachos parecían tener actividad y allí nos recibieron. En las estancias había muebles de los ochenta, algún ordenador de poca salud, un policía de paisano comiendo una hamburguesa y gente pululando con pocos quehaceres. Así que una vez el agente que nos acompañaba contó la situación, todos los allí presentes se interesaron por la historia y metieron baza. Lo que más le repitieron al tendero es que estaba cometiendo un delito y que lo mejor sería llegar a una solución antes de que se empezaran a redactar informes.

La única foto que pude tomar de la comisaría sin que ningún poli me viera. Genial el coche accidentado haciendo de guardián.

Nosotros en todo momento sostuvimos que estábamos dispuestos a pagar 80 soles, aproximadamente 25 euros, es decir, el valor real de la misma tienda de campaña, entera y nueva; en lo que a mi modo de ver las cosas era un pago incluso más que justo. Ante lo crudo de la situación el tipo empezó a retroceder, pero fue bajando tan poco a poco, que se estableció una especie de mercadeo absurdo, ya que ya que habíamos llegado hasta allí, y sintiéndonos vencedores, ya no pretendíamos aumentar ni un solo sol a los 80 ofrecidos en todo momento.

Los policías, atónitos con la terca actitud del tipo, presenciaban la escena. El policía que se había encargado del caso se cansó de esperar y decidió tomar cartas en el asunto: iba a empezar a redactar su informe, circunstancia para la cual nos cambiaron de despacho al adjunto, de similares características.

En ese momento, tarde querido amigo, el tipo aceptó nuestro precio. Sin embargo, ni siquiera el acuerdo alcanzado, ni siquera mis ruegos de acabar con aquella pantomima, detuvieron el informe, evidentemente escrito a mano. El policía rellenó una hoja de su puño y letra detallando la situación. El mejor momento de la casi media hora de redacción fue verle lidiar con la fonética coreana para escribir el nombre de Eunjung. Terminado el informe nos tocó firmarlo y poner nuestras huellas dactilares en el papel.

Una lástima que, aunque insistí mucho, no nos dieran copia del acta policial, pues no tenía precio. De la misma manera, tampoco nos dejaron tomar fotos, por lo que este post ha quedado un poco huérfano de material gráfico.

Una vez alcanzado el acuerdo y formulada la correspondiente denuncia, ya con el pasaporte en el bolsillo, fuimos buenas personas y decidimos retirar la acusación, para lo cual tuve que hacer, de mi puño, letra y huella dactilar, un escrito exculpando al tozudo tendero.

Así de felices celebramos el final del asunto de la tienda de campaña.

Y así acabó esta surrealista historia, provocada por la terquedad de un ser humano y la paciencia de tres viajeros que acabó solamente con demasiadas horas perdidas, con una demanda cursándose en la fiscalía peruana y con una buena historia que contar.

Otra vez, una historia de Épica y comisarías, todo, por un puñado de soles.

***

Como sabéis, hace unos días fue mi cumpleaños. Recibí algunos regalos: una banderita de Corea del Sur, una pulsera, muchos comentarios en el blog, muchos mails y, posiblemente el que más ilusión me hizo, un video hecho por mi compañero de viaje Casas, titulado Felicidades Épicas y que me gustaría compartir con todos los lectores del blog. Ahí va:

13
nov

Mens sana in corpore sano

   Posted by: Alex

BSO: Correcaminos, estate al loro; de Extremoduro.

Después de mi sufrida excursión al Machu Picchu, solamente me quedaba un paso para sacarme definitivamente el título de Correcaminos: la caminata hasta el Choquequirao, lo que seguramente será un nombre desconocido para cualquier lector del blog, como lo era para mi pocos días antes de embarcarme hacia allí.

Vista del Choquequirao.

El Choquequirao son otras de las muchas ruinas incas que salpican todos los alrededores de Cusco, en Perú. Lo que más llama la atención del lugar es su complicadísima accesibilidad, circunstancia que lo mantiene lejos de los circuitos turísticos más habituales.

Dicen que es la hermana sagrada del Machu Picchu, por sus múltiples semejanzas. Si bien es cierto que el paraje es espectacular, a mi humilde modo de ver las cosas, lo es menos que su hermano más conocido. Aún así, tiene una serie de cosas que lo hacen mucho más entrañable, enigmático y encantador.

Impresionantes vistas.

Hablemos primero de los accesos: la manera más rápida y cómoda de llegar al lugar es una sucesión de buses y taxis de cuatro horas hasta un pueblito llamado Cachora y después una señora caminata de 32 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Aunque la kilometrada de 64 km pueda asustar al personal, os aseguro de primera mano que no era lo peor del camino, ni mucho menos. Lo peor es el desnivel acumulado, algo criminal, de más de 3500 metros. Para que nos vayamos haciendo una idea, en montañismo se considera que una ruta es de “dificultad alta” a partir de los 1000 metros de desnivel.

El grupo de osados valientes estaba formado por una representación mundial con un componente por continente: desde la lejana Oceanía llegó Glen; Susana, peruana por tanto sudamericana, la local del grupo; David, representando a América del Norte, desde la mejor isla del Caribe, Puerto Rico; 이은정, venida desde la asiática Corea del Sur y un servidor, representando a la vieja Europa. Solamente nos habíamos visto en un par de ocasiones pero todos teníamos la determinación y dicho sea de paso, la poca información para, sin una preparación específica, mandarnos a cruzar los Andes a pie.

El grupo antes de empezar.

(David, con su excelente cámara, va a subir el nivel habitual de las fotos). Pensativo, antes de salir.

Todo empezó con un madrugón de los de las cuatro de la mañana para montarnos apretujados durante más de tres horas hasta el pueblo de inicio. A partir de ahí se desvanece cualquier posibilidad para avanzar en algún medio que no sea la tracción animal o humana.

Se sale bordeando los 3000 metros sobre el nivel del mar. La parte más cómoda, los primeros once kilómetros, de falsos llanos tanto descendentes como ascendentes precedía a un interminable descenso de prácticamente diez kilómetros que acababa en un río, a poco más de 1300 msnm. Es decir, de una tacada un desnivel de más de kilómetro y medio, pero como era hacia abajo, acusamos solamente la fatiga de las horas de caminar y el dolor de piernas consecuente con el camino recorrido.

Nos encontramos a este bello animalito en mitad del camino. A su lado, una moneda para comparar el tamaño.

Llegamos cansados tras unas siete horas de caminata y decidimos acampar allí. A las siete de la tarde dormíamos como benditos en el duro suelo a la espera del alba para proseguir la ruta. Lo que venía después era la parte más dura: siete kilómetros de pura subida, sin ningún descanso, donde se volvía a bordear la cota de los 3000.

Haciendo unos pocos cálculos bastante rudimentarios sale una pendiente media durante esos kilómetros de casi el 27%. Para que nos hagamos una idea, el famoso Angliru tiene una pendiente media del 10.13% y su mayor rampa es de casi el 22%. O el mitificado Mortirolo en su pendiente máxima no alcanza siquiera el 19%. En fin, cinco horas de ascensión más que durísima, muchas de ellas a pleno sol.

Al final de la rampa, tras una serie de controversias y desavenencias, seguramente producidas por el cansancio, decidimos separar los grupos, produciéndose la verdadera selección natural de personas Épicas. Así pues, el grupo reducía sus unidades a solamente tres: David, Eunjung y yo.

Equipo de gala.

Para alcanzar la gloria, ya solamente quedaban tres o cuatro kilómetros, dónde no hay un solo metro llano, pero que al menos las sudadas subidas se compensan con incómodos descensos. Decidimos volver a acampar y continuar con la visita al día siguiente.

La mala suerte hizo que en la separación del grupo, nuestros excompañeros se llevaran los palos de nuestra tienda de campaña, por lo que tuvimos que improvisar alguna solución de urgencia.

Orgulloso, frente a nuestro invento. Nótense los palos que la sostienen clavados en la pared.

Nos sentíamos unos privilegiados, y en realidad lo éramos. Hasta ese punto solamente las personas verdaderamente privilegiadas pueden llegar.

En primer lugar los privilegiados físicamente hablando, como nosotros, que tras esforzar el cuerpo al máximo hasta llevarlo al límite, subimos dejándonos la piel en cada paso; sufrimiento que cada uno llevaba como podía: David maldecía, protestaba, bromeaba y gritaba, siempre sin perder su caribeño sentido del humor; cuando no podía más, se abrazaba fuerte a un árbol para captar su energía. Eunjung, la persona que siempre sonríe y nunca cambia la cara por fuerte que sea la pendiente, devoraba la comida que hurtaba a escondidas en cada momento de debilidad. Éste que escribe trataba de dejar la mente en blanco u ocuparla con algún pensamiento más positivo que el sufrimiento físico extremo y sucedía los lentos pasos con gritos de ánimo a sus compañeros.

¡Vamooooos, que ya casi estamos!

Pero lamentablemente el poder del dinero llega también bien arriba y tuvimos que compartir camino con el segundo tipo de privilegiados: los de buena cartera. Compartimos camino con diez adinerados norteños que hicieron el camino acompañados de ¡¡¡27 mulas!!! y un séquito de ocho porteadores, cocineros y arrieros, en lo que era un innecesario campamento de lujo ambulante, que les llevó, 600 dólares per cápita mediante, a absurdos tales como desplazar una caja con ¡200 huevos! a semejante paraje. Nuestros necios compañeros de campamento, viendo nuestras evidentes dificultades, cargando nuestro propio equipaje y comida, con una tienda de campaña sin palos y con el buen humor haciendo las veces de mula, no nos dieron ni los buenos días, por no hablar de unos calientes platos de sopa que les solicitamos y que nos negaron con la misma neciedad que anunciaba su absurdo campamento de diez sillas plegables, con panqueques de desayuno y mula con bombona de butano a cuestas.

La diferencia de campamentos: el nuestro en primer plano y el gringo al fondo.

Por la mañana, bien pronto, comenzamos la caminata definitiva, la que nos llevaría de una vez por todas a las ruinas soñadas. Una vez allí, hicimos la visita completamente solos, sin ver a nadie, tal vez cada varios minutos se cruzaba alguien por la otra punta del recinto. Fueron momentos mágicos: no era sólo el lugar dónde estábamos, que también. Eran tres días de caminar muchas horas, el cansancio haciendo mella en nuestros mal alimentados y poco descansados cuerpos, pero era una sensación de plenitud y felicidad dificilmente descriptible.

¡Misión conseguida!

La plaza principal, con un árbol solitario.

Además, estábamos en uno de esos parajes en los que mires dónde mires hay una buena foto: los nevados de más de 6000 metros presiden la estancia, las escarpadas montañas verdes lo rodean todo, las ruinas reposan en los lugares más dificultosos y una cuidada hierba verde es la alfombra sobra la que se pisa.

Momentos de elevación.

Momentos de mucha elevación.

Ellos fueron las únicas personas que encontramos. Hay gente a la que no le hace falta elevarse, porque ya viven elevados.

Lo gozamos, no os lo negaré, además de todo eso, almenos yo, sentía que tenía posiblemente a los mejores compañeros que podía tener. La felicidad era plena, sin embargo una idea intranquilizaba nuestras elevadas mentes: la vuelta.

Volando voy.

Había que hacer el camino de regreso, tan duro como el de venida, con los cuerpos más castigados, con las ampollas floreciendo en los pies, cada vez con menos comida y, evidentemente, con el agua finiquitada y ya dispuestos a beber de dónde fuera menester, con la amenaza que supone la aparición de dolores estomacales o alivios líquidos.

Había que hacerlo y lo hicimos, y en aquellos millones de pasos que dí, con todo el cansancio acumulado, me di cuenta de algo importante. El cuerpo humano es una máquina casi perfecta, capaz de aguantarlo casi todo, lo que nos limita como especie, es la mente.

Encantado de la vida.

El cuerpo puede mucho más que la mente, que intenta convencerte de que pares debido a la fatiga, pero entonces, en esos momentos, cuando vas al límite y estás explorando rincones de tu existencia que desconocías, tienes que saber sobreponerte. Yo pensaba en ciclismo, jugaba conmigo mismo a comida mental, contaba mis propios pasos, trataba sin éxito de divisar el final del camino y después de eso, daba un paso más. Y vuelta a empezar.

¡Anda que no queda! (Véase el camino hasta arriba)

El camino era muy duro, pero psicológicamente quizás lo era más. Una sucesión de kilómetros, todos en subida, en forma de zig-zag para poder avanzar en las duras pendientes. Llegabas a una curva, girabas, y otra pared. Y otra, y otra. Sin ver el final, hasta que llegaba y entonces es como si se abrieran las puertas del cielo.

El zigzagueante camino.

En definitiva, toda una epopeya de sufrimiento y felicidad, rodeados de montañas y de ruinas en la mejor compañía. Si quieren disfrutar de vivencias no sólamente Épicas, sino Epiquisimas, por favor, trabajen sus mentes para poder exigir a sus cuerpos. Las aventuras más Épicas están reservadas solamente para las personas con Mens sana in corpore sano.

***

Hemos abierto un nuevo picasa donde ya podeis ver las fotos completas de esta nueva aventura. Podéis verlo pinchando directamente aquí, o en los lugares habituales.

***

De regalo, algunas fotos más:

David. Gozándola.

Yo estuve allí.

Llegados al pueblo, un tramo de vuelta, hubo que hacerlo en un taxi lleno de trastos y de patatas...

Pero como recompensa nos llevamos una bolsa.

Construcciones incas al borde del precipicio.

Los otros compañeros de viaje: los mosquitos.

9
nov

El camino del punki

   Posted by: Alex

BSO: A San Fernando, de Manolo García.

El Machu Picchu es una de las nuevas maravillas del mundo, con lo cual, es un gran foco de atracción de turistas de toda condición y poder adquisitivo: desde occidentales muy acaudalados que solamente osan pernoctar en hoteles cinco estrellas, a los mochileros más avaros, pasando por humildes peruanos, vecinos de zonas cercanas que también deciden dejarse ver por el archifamoso santuario.

Otra vista del polo, digo, del Machu Picchu.

Los constructores de tan afamado templo, los incas, son famosos por hacer sus construcciones en lugares inhóspitos, siempre de complicado acceso. Es por eso que las rutas que llegan hasta el Machu Picchu son muchas, variadas y para todos los bolsillos.

La opción más elitista, prácticamente reservada a jefes de estado y archimillonarios es llegar en un cómodo vuelo en helicóptero desde Cusco de no más de veinte minutos.

Ya en el territorio de los mortales las maneras más habituales son dos. La opción preferida por todos los que llegan a la zona con un paquete turístico ya contratado en los países de origen: el tren que cuesta más dinero por kilómetro del mundo, con precios desorbitados desde los cien dólares, toda una fortuna en Perú. El tren te deja en Aguas Calientes, el pueblo adyacente, y desde allí, hay un servicio de bus a ración de siete dólares por quince minutos, posiblemente el bus más caro de toda latinoamérica.

El famoso tren pasando a mi lado.

La otra opción, la “aventurera”, es el Camino del Inca. Pongo ese aventurera entrecomillado porque esta opción contradice dos de los pilares de la aventura: la previsión y el planning. La previsión porque para tener la oportunidad de hacer el camino se tiene que reservar con no menos de medio año de antelación. Y el planning porque los sufridos caminantes hacen en todo momento lo que marca el programa: se come en tal lugar, se camina a tal ritmo durante tres horas, se duerme en tal hospedaje, incluso, se va a tal discoteca… Todo cronometrado, perfectamente guiado y sin posibilidad de salirse del plan que alguien estableció por ti. Sobra decir que un buen grupo de porteadores son los encargados de transportar en inhumanas mochilas todo lo necesario para el bienestar del “aventurero”, desde la comida para los seis días, hasta la plancha del pelo de la gringa de turno. Sobra decir que de 400 dólares no baja la broma.

(Broma interna) Los sufridos porteadores llevando las bragas Naf-Naf de una turista francesa.

Así que como ni soy jefe de estado, ni adinerado, ni previsor, decidí tomar el camino más popular entre los sufridos tacaños, dispuestos a hacer lo que sea para ahorrar unos soles.

Las ruinas de Ollantaytambo, otra de tantas, camino al Machu Picchu.

Así que contraté un transporte hasta Santa Teresa, un pueblito que está descubriendo la llegada del turismo de más baja alcurnia. Tras seis horas de furgoneta, la mitad de ellas por camino de arena, hicimos entrada en la población, donde pasé la noche.

La nada recomendable ni cómoda ruta, desde el cristal de la furgoneta.

Al día siguiente ya solamente quedaba ponerse a caminar. El primer obstáculo, un río, que pude librar en un curioso transporte local:

Posteriormente, hasta llegar a una central hidroeléctrica, casi tres horas de esforzada caminata, en un paraje espectacular. Y posteriormente otro buen par de horas, caminando al lado de la vía del caro tren que antes he mencionado. Después, llegada a Aguas Calientes, a dormir pronto ya que a la mañana siguiente había que madrugar para hacer aquella historia que ya os había contado.

Una cascada saliendo de una roca, una de las cosas que los que no hacen el camino del punki se pierden.

"Prohibido el paso de peatones por el puente".

Por supuesto, de bajada, solamente quedaba hacer el camino inverso: caminar y caminar hasta Santa Teresa, con un bañito en el río incluído y otras seis incómodas horas de bus hasta Cusco.

Puedo asegurar que la experiencia, aunque físicamente más exigente, es mucho más intensa, mucho más paulatina y en definitiva, mucho mejor que en cualquiera de las otras opciones.

Así se hace el camino del punki, el camino de los que no nos gusta ni pagar ni que nos digan lo que tenemos que hacer. En definitiva, el único camino que conduce al Machu Picchu, guiado por la Épica.

***

Desde Caracas, Venezuela, llegan noticias de Duncan, el gato de la Épica, que sigue viviendo felizmente con Cacho y familia. Para tranquilidad de todos, el gato está bien, totalmente recuperado del mal rato.

Novedades:

El gato ha tomado su primer baño en su nueva familia. Parece que, haciendo honor a su condición gatuna, no le gustó nada.

Miedo al agua.

Por otro lado, el gato no ha perdido sus instintos naturales, puesto que destrozó sin piedad un ratoncillo de tela que le compraron.

Foto National Geographic con Duncan y los restos del ratón de trapo.

Seguiremos informando.

***

Presuntuosamente, informo al mundo que es mi cumpleaños, cumplo la friolera de 29 palos e insto a todo el mundo que lea esto a que me deje un comentario felicitándome, insultándome o diciendo cualquier tontería. Gracias.

5
nov

Subir al cielo

   Posted by: Alex

BSO: Pirata Capitán (Sube, que nos vamos pa las nubes), de La Kinky Beat.

Hace ya bastantes años que renuncié a cualquier tipo de religión conocida, pero mi experiencia en el celebérrimo Machu Picchu, si bien en ningún momento hizo replantearme mi (no) religiosidad, casi me hace subir al cielo. Veamos porqué.

Cualquier turista que desee visitar la más votada de las nuevas siete maravillas del mundo debe pasar por Aguas Calientes, un pequeño pueblo, aunque esté mal usar la palabra pueblo para referirse a una sucesión de hoteles, restaurantes y tiendas de recuerdos. Los métodos y caminos para llegar hasta la población son diversos, pero eso es algo que veremos en próximos episodios. Hoy hablaremos pues solamente de mi experiencia en el Machu Picchu.

Las ruinas de Machu Picchu, con el Huayna Picchu al fondo.

Como los valientes, a las cuatro de la mañana salía de mi hostal en dirección al santuario. Una hora y poco de caminata, colina arriba, casi en plena oscuridad, para llegar de los primeros a la entrada. Nunca he sido de madrugar, ni de querer ser el primero en ir a un lugar, pero esta vez era prácticamente obligatoria la paliza para coger turno para subir al Huayna Picchu, la mítica montaña que se ve en cualquier foto que se precie del lugar. El caso es que solamente los 400 primeros en personarse consiguen el preciado sello que te permite el acceso. Los autobuses -a 7 dólares los diez minutos- empiezan a llegar a eso de las 5 y pico, así que los esforzados rácanos que subimos andando tenemos que llegar un poco antes.

Y así fue, fui uno de los 30 primeros en poner mi somnolienta cara enfrente de la puerta, todavía cerrada, del lugar sagrado. Una vez abrieron, puntualmente a las seis de la mañana -estos peruanos están locos- me puse a correr como un bendito por enmedio de las ruinas para llegar en primera posición a la puerta de entrada al Huayna. Sobra decir que lo conseguí.

Bien, Casero, bien, mejorando como fotógrafo.

En el mismo momento que abrieron puse un ritmo de ascensión infernal, cosa que me permitió llegar destacado y en solitario a la cumbre. El Huayna Picchu es una montaña muy escarpada, algunos centenares de metros por encima de las ruinas. Una sucesión de angostos y peligrosos escalones te conducen a la parte alta de la montaña, también llena de ruinas incas. La parte final es la más dura, donde centenares de pequeños escalones se suceden sin descanso hasta la cumbre, donde una roca preside el mundo.

Y como yo estuve sentado en esa roca, me sentí como el rey del mundo en aquel momento. La experiencia fue maravillosa. No se oía ni un solo conato de ruido. Todo lo que te envuelve es espectacular. Estaba sobre una montaña de un color verde diferente a cualquier otro verde conocido, rodeado de montañas más altas que forman un círculo alrededor tuyo, el río la bordea más de 180 grados, creando una gran circunferencia alrededor, las nubes suben y bajan escondiendo y mostrando ese perfecto espectáculo inmóvil, el mismo que presenciaron los sabios incas, el mismo que decidieron convertir en lugar sagrado. Y como guinda del pastel, las ruinas que hacen malabares en las alturas circundando un cuidado césped verde.

Tocando el cielo, con el polo de rayas.

Mucha gente dice que Machu Picchu es un lugar mágico, con una fuerza especial y extraña, un lugar de energía. También hay que decir que es un lugar donde hay una alta concentración de esotéricos, alineados con las estrellas, adoradores de la pacha mama y consumidores de estupefacientes varios que sin duda esfuerzan todos sus sentidos para flipar en colores y creerse los elegidos por el inca Atahualpa.

Yo también hice la típiquisima foto.

Pero uno que está desprovisto de toda creencia no demostrable científicamente, me sentí como subiendo al cielo, entiéndase en todos los sentidos de la expresión.

Muerto del cansancio debido al madrugón, a la mala alimentación y a la caminata, casi subo al cielo. Cuando las nubes bajaban y mis piernas colgaban de aquella roca y solamente se veía blanco abajo, azul arriba y en frente el verde pico de la montaña más alta del lugar, uno sentía que había subido hasta el cielo, o más arriba. Cuando estaba en el monumento más turístico, famoso y visitado de Sudamérica, completamente solo, sin escuchar a nadie y presenciandolo desde el lugar más privilegiado, también sentí que estaba subiendo al cielo.

Volando el Machu Picchu.

En definitiva, tuve un momento de elevación impresionante, un momento mágico. Pero de repente se empezaron a escuchar voces y pronto estaba rodeado de mucha gente y de un plumazo de devolvieron a la realidad. Así que con la sonrisa puesta y la satisfacción de ser el único, almenos en ese día, que presenció semejante espectáculo, me bajé para abajo.

Paseé un rato por las ruinas y pregunté la hora. No eran todavía las nueve y media de la mañana, cuando ya había acabado mi recorrido. Decidí que no podía ser y que la entrada que había pagado, eso sí, con descuento de estudiante, había que amortizarla más.

Así que ni corto ni perezoso, enfilé el camino contrario, el que me llevaría a la montaña Machu Picchu, la que preside las ruinas desde el otro lado. La caminata, bastante más larga y de similares características, duró prácticamente dos horas, a un ritmo bastante más cansino debido a la fatiga.

Sentado en el cielo.

Cuando llegué a la cumbre presidida por la bandera de Cusco, arcoiris, de innegable parecido a la del orgullo gay, había bien poca gente y el clima era perfecto. El sol zumbaba fuerte, pero la brisa corría fresca, así que con las ruinas más famosas del mundo como telón de fondo me comí un bocadillo de atún y me eché una siesta. Y como estaba tan cerca, pues volví a subir al cielo.

En la cumbre, la bandera del Cusco ondea al viento.

Y de ahí, dolor de rodillas mediante, me volví a bajar hasta Aguas Calientes, recorriendo mis mismos pasos, con la satisfacción de haber vivido una cosa única de una manera única.

Así que, señores, si quieren vivir el Machu Picchu de forma Épica, ya saben lo que les toca, suban al cielo, yo les espero allí.