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Archive for the ‘Centro América’ Category

7
oct

La embarcada panameña

   Posted by: Alex

BSO: Panamericana, de Quilapan.

Una de las cosas que quería hacer seguro antes de salir era llegar a Panamá. El motivo, una simple idealización histórica, inspirada en la historia del señor Carlos Vaquero Díaz, uno de mis bisabuelos.

Una de las pocas instantáneas que se conservan de don Carlos Vaquero Díaz.

A principios del ya extinto siglo XX, en los rigores de la meseta castellana más pronfunda la población se dividía en dos grandes bloques: los que pasaban hambre y los que pasaban mucha hambre. Ante tal situación, los cabezas de familia tenían te tomar decisiones drásticas y mi bisabuelo no fue una excepción. Vaya usted a saber cómo, el señor Carlos acabó embarcando rumbo a Panamá, en una travesía por el Atlántico que duró más de un mes. Huelga decir que mi bisabuelo jamás había salido de su pueblo, jamás había visto el mar y menos sabía de la construcción de grandes infraestructuras civiles.

Sin embargo y sin que nadie de mi familia sepa mucho más de lo que aquí se ha dicho, el bueno de Carlos dejó atrás a mujer y cinco hijos para plantarse en la otra punta del globo a cavar el canal de Panamá, seguramente una de las obras de ingeniería más célebre en años. Corría 1907, época en que las fiebres del oro y los sueños de un gran porvenir en ultramar eran un recurrente habitual en los castigados pueblos abulenses. A diferencia de muchos otros, mi señor bisabuelo, tras siete años de herramienta percutora volvió a su Valle del Corneja natal, dicen, con una mano delante y la otra detrás, dispuesto a reanudar su increíble racha fecundadora, pues honró a mi bisabuela con otros cuatro vástagos. Siempre nos quedaremos con la duda si ese paréntesis reproductivo no fue rellenado a base de conquistas panameñas y que, por tanto, tengamos parte de la familia por estos lares.

El Metro-Cable de Medellín, la ciudad donde planeé el asalto a Panamá.

Pues bien, siguiendo un poco los cantos de sirena de ese hombre Épico que fue el señor Carlos, siempre he tenido en mente el visitar ese pequeño país, prácticamente solamente conocido por el canal al que da nombre y para los freaks del fútbol por el jugador del Oviedo, entre otros, Dely Valdés. ¿O alguien sabe algo más sobre Panamá?

Sin embargo, la frontera entre Panamá y Colombia es una de las más impracticables del mundo. Sobra decir que ninguna carretera cruza de un país al otro en ningún punto de los 266 kilómetros que componen la línea que separa América del Sur de América Central. Esa zona es conocida como el Tapón de Darién, un tramo de selva bastante impenetrable que une ambos océanos e interrumpe la famosa carretera panamericana. Las malas lenguas dicen que nuestros amigos yankees boicotean sistemáticamente los muchos intentos de ambos lados para facilitar la comunicación, puesto que consideran que aumentarían las immigraciones, debido a que en la actualidad, cruzar esa zona se convierte en algo verdaderamente difícil y costoso.

El único punto donde la selva despejaba y te dejaba ver el objetivo.

Obviamente que la dificultad no era sino un reto más que añadir a las ganas que tenía de pisar ese país, así que me dispuse a darlo todo para llegar. El primer problema lo tuve al llegar a la estación de autobuses de Medellín: la carretera que me tenía que acercar a la zona, estaba cortada por un derrumbamiento, un clásico en Colombia, así que tendría que dar un rodeo importante. Lo que sobre el papel eran seis horas de bus, se convirtieron en una noche hasta Montería y otras seis horas hasta la ciudad de Turbo, estas últimas casi íntegramente por un camino de arena, donde se desarrollaba una velocidad máxima de 20 o 30 por hora, polvo entrando por las ventanas y el culo dolorido de los constantes e incesantes baches.

Posteriormente, llegada a Turbo, una ciudad medianamente grande, casi incomunicada con la civilización, con un ambiente de lo más crudo. Parecía una mezcla entre el lejano oeste americano y lo más abandonado del Caribe, un lugar nada recomendable siquiera para cambiar de transporte. Pero la única barca diaria que salía de la ciudad, lo hacía a las ocho de la mañana, por lo que no me quedó otra que quedarme casi 20 horas en aquel inhóspito paraje, circunstancia que solventé con el saber-estar que me caracteriza, mezclándome con la población autóctona.

Postales del Caribe.

A la mañana siguiente, pude comprar mi asiento en la patera que nos llevaría hasta Capurganá, el penúltimo pueblo colombiano. Y digo patera o cayuco o lo que sea, en fin, una barca pequeña y rígida, dotada de dos potentes motores, atestada hasta límites peligrosos de una amalgama de personas compuesta en su mayoría por caribeños, por personajillos de poca monta con equipajes sospechosos, por militares perfectamente armados con fusiles de asalto y por algún turista desinformado o con una buena excusa.

Vista desde la ventana de mi hostal.

Ese desinformado lo digo porque por esa vía es posible llegar a Panamá, pero es imposible llegar hasta el resto del país, puesto que solamente están comunicadas un par o tres de poblaciones, por lo que para continuar hacia el norte, solamente se puede ir en avioneta, cosa que hace inútil el llegar hasta allá, pudiendo volar desde algún punto más accesible.

Y digo con alguna buena excusa, como yo, que quería ir allí, para pasar unos días de caribe, pero para sobretodo por el hecho en sí mismo de llegar a Panamá, casi la tierra prometida.

La barca tardó tres horas en cruzar la bahía. Tres horas terribles de constantes latigazos producidos por el oleaje, la prisa del piloto y la sobreocupación de la barca. El viaje fue duro porque no te da tiempo a relajarte en ningún momento, siquiera en los dos controles policiales que hay que pasar a bordo del aparatejo. Desde que pones los pies en Turbo y hasta que la barca te deja en el destino, constatas un momento tras otro porque alguien las apodó como las Lanchas de la Muerte.

Finalmente, otra vez en tierra firme, quedaba dar el asalto definitivo al país vecino y completar la gesta. En primer lugar, hice noche en Capurganá, un pueblo que parecía talmente sacado del imaginario que pueda tener el personal sobre el Caribe. Un pueblito donde reina la calma, todo el personal circula sin zapatos y sin reloj, los niños se bañan en el muelle, algunos hombres pescan en diminutas embarcaciones mientras algunos viejos les aconsejan en un ininteligible castellano desde la orilla, la música sale con demasiada potencia de todas las puertas de los bares donde los lugareños matan las horas bebiendo cerveza, aunque bien podrían haber bebido Malibú si no fuera un fraude de bebida. Mucha gente dormita en hamacas, otros preparan un toldillo pues siempre va a llover. Los dependientes de las tiendas las vigilan sentados en la acera de enfrente y no tienen demasiada prisa en levantarse si aparece algún improbable cliente.

Una calle.

Otra.

Para seguir hacia mi meta, tenía que caminar entre la selva durante unas dos horas hasta llegar a Sazpurro, el último rincón de Sudamérica. El paseo, físicamente exigente, fue de lo más placentero aunque el barro, presente en todo el recorrido, dificultaba la marcha. Una vez, alcanzado el último pueblo, una versión reducida en espacio y aumentada en caribismo de la anterior, solamente faltaba dar el asalto definitivo.

Fue otra media hora de exigente caminata, con el mercurio detenido en la línea de los cuarenta grados y con la humedad propia del que tiene la immensidad del Atlántico a dos kilómetros y la del Pacífico a menos de 300.

En lo alto de la última loma, una improvisada frontera, donde dos militares panameños y uno colombiano, todos ellos sin camiseta pero con fusil, dormitaban al son de una vieja radio. Cuando llegué allí, fui recibido como algo verdaderamente emocionante, seguramente lo más divertido que les había pasado en el día. Allí, me registraron, pasaporte mediante, en una hoja de servicios que solamente contaba con otra entrada, señal de que era el segundo en pasar en aquella jornada. Después, un rápido descenso hasta La Miel, el primer pueblo de Panamá y casi podríamos decir que el último, puesto que para seguir hay que tirar de barco (caro y lento) o de avioneta (muy cara).

¡Otra misión conseguida!

Y digo pueblo por decir algo, pues aquello era un nido militar y cuatro casas más. Los militares panameños -muy simpáticos- inundaban la zona para evitar que la guerrilla colombiana, presuntamente presente en toda la zona fronteriza, se adentrara en territorio de Panamá. Pero aquello parecía un campamento para soldados. Algunos se bañaban en el mar, mientras dejaban atrás sus botas, medallas y fusiles. Otros dormían abrazados a su escopeta en las muchas hamacas que inundaban la paradisíaca playa llena de palmeras y cocos en la arena. Otros comían y la mayoría simplemente reía mientras yacía en la acera, con el arma en una mano y una cerveza en la otra.

La tipica chocilla de vigilancia.

La plácida bahía de Sazpurro.

Y una vez allí, pues marcha atrás y a repetir la odisea de transportes hasta llegar a algún punto civilizado. En definitiva, una auténtica immersión en las postales del Caribe, una experiencia dificilmente olvidable, una meta cumplida y un homenaje Épico a mi bisabuelo Carlos ‘el panameño’ Vaquero.

Bisabuelo y bisnieto que nunca se conocieron, al servicio de la Épica, quizás la más importante de todas las herencias genéticas.

***

Respecto al post Tengo una pregunta para usted, como en su día avancé habría premio para la mejor pregunta. Se ha establecido un jurado independiente para valorar la calidad de las preguntas. El mismo estaba formado por tres seguidoras silenciosas de este blog que no conocen ninguna de ellas personalmente a ninguno de los preguntantes. El jurado estaba formado por:

  • Ana Ruiz, desde El Masnou, Barcelona, España.
  • Renata Salazar, desde La Paz, Bolivia.
  • Carolina Dueñas, desde Cali, Colombia.

La verdad es que la pugna ha sido bastante reñida y en sus veredictos se han acordado de hasta 7 de las 11 preguntas destacándolas en algún aspecto. Así que felicito desde aquí a todos los preguntantes que rindieron a gran nivel.

Aún así, el veredicto ha arrojado un ganador. Se trata de Guillem, gracias a su pregunta sobre las tres mejores situaciones. ¡Felicidades para él! Y como no podía ser de otra manera, de premio, otra prueba de loquequieraspor10euros gratis para él.

Y os recuerdo que todavía recibo preguntas para la próxima edición de este, por lo visto, exitoso post.

Foto-recuerdo de la cascada que me jodió la cámara.

5
jul

La República de mi Amol

   Posted by: Casas

Uno no sabe muy bien si está legitimado para escribir aquí una vez abandonada la épica, pero alguien escribió una vez que la épica te sigue si tú la buscas, así que creo que al menos durante la última semana volví a sentir su presencia.

Mi trabajo me llevó durante una semana a la isla La Española, concretamente a su parte oriental, esto es la República Dominicana. Es curioso ir a trabajar a un destino tan turístico, se hace raro estar ganándote las castañas rodeado de gente que lo único que quiere es vaciar su mente de los conocimientos lectivos o laborales adquiridos durante el último año.

Dura jornada laboral en el Todo Incluido

Para ello estuve alojado cuatro días en un hotel todo incluído y 3 en al capital Santo Domingo.

La vida en el hotel diría que es totalmente opuesta a lo que viví durante 3 meses en compañía del señor Casero. Si bien es cierto que nosotros no nos estresábamos, sí que angrandábamos nuestra experiencia vital la mayoría de los días, bien fuera con una excursión o visita o compartiendo una cerveza con un desconocido. En el hotel la actividad nos la resumió muy bien un turista inglés: “We go to the beach, and then to pool… and then to the beach… and then to the pool.”  Con esta dinámica lógicamente uno no crece mucho interiormente, pero así como los caminos del Señor son inexcrutables lo que necesite cada uno para llegar a la Épica también.

La puerta de este taxi era muy útil para estudiar su mecanismo de apertura.

La otra gran diferencia fue el tema comida. Mi (ex)compañero me las hizo pasar algún día que otro, hablando en plata, putas. Sobretodo al principio del viaje, donde no sabíamos exactamente cuánto podíamos gastar en una jornada, los kilos se esfumaban con alegría para unos (Alex quería perder barriga) y temor para otros (mis reservas de grasa eran escasas). Pues bien, con la pulserita la gente no tiene problema en engullir a todas horas todo aquello que se le ponga por delante: desde gambas a hot dogs pasando por pescado y pizzas. Todo vale durante la adoración a Baco-n .

Respecto al tema alcohol en el hotel había barra libre y en nuestro viaje… no recuerdo.

La otra parte del viaje fue en la capital Santo Domingo. Nos dijeron que menos de un 5% de turistas la visitan, lo que certifica las prioridades de la gente que viene aquí de paso. A mi personalmente me pareció interesante, no para estar 4 horas después de un viaje de 3 en autocar, pero si vivir 2 ó 3 días y entender como es la vida dominicana, pues como nos dijo un trabajador del hotel “Punta Cana no es real, es algo que alguien se inventó”.

En las calles de Santo Domingo conviven carros a motor y a caballo.

Menos en el coche, donde se transforman en seres violentos y estresados, los dominicanos son en general “buena gente”, interesados en el de fuera e interesados en darle a conocer su país.

Un clásico, fotografía con el taxista.

Tuve además la oportunidad de conocer un poco el interior del país, y lo que ví fue un diamante en bruto por explotar, bosques tropicales que los “vecinos” de Costa Rica han convertido en una fuente de ingresos descomunales y donde aquí parece que nadie ha visto negocio todavía. Tiempo al tiempo.

No todo son playas en República Dominicana.