A tumba abierta
BSO: Ya que el post de hoy tiene temática ciclista, y como declarado seguidor de la exageración de los localismos hispánicos, os dejo con la canción homenaje a Alberto Contador, de “Los chicos de la calle Pez”, animandole así para que consiga su tercer Tour. La canción es menos mala de lo que pudiera parecer.
Todos, alguna vez, hemos oído la frase “ten cuidado que esta carretera es muy peligrosa”. Y como el hombre es un ser curioso por naturaleza, rápidamente surge la pregunta… y ¿cuál será la carretera más peligrosa del mundo?
Pues una vez más, este blog, entretenimiento y culturilla en partes iguales tiene la respuesta. La carretera más peligrosa del mundo está en Bolivia, cerca de La Paz y en el nombre de la Épica tuvimos que ir a visitarla.
Basta con ver algunas fotos para darse cuenta de la embergadura del asunto. La carretera en cuestión, hasta hace cinco años era la vía de comunicación única de La Paz con el norte del país. Actualmente, con la apertura de una nueva carretera, la llamada Ruta de la Muerte (Death Road) ha quedado como un divertimento para occidentales turistas acaudalados, buscadores de emociones fuertes que narrar en sus blogs. Así fue como, emulando al gringo medio, me dispuse a descender en bicicleta por la famosa ruta.
Las cifras son casi tan impresionantes como las fotos: 68 kilómetros de descenso ininterrumpido, más de 3500 metros de desnivel acumulado, pues se parte desde los 4800 y se llega a los 1200 y pico. Cunetas con caídas de más de 300 metros sin ningún tipo de quitamiedo y unas cifras de muertos en la historia de la ruta que ponía la piel de gallina.
Juntamos el grupo a las siete de la mañana, para trasladarnos en furgoneta hacia los 4800 metros. Frío escrupuloso, escasez de vegetación y falta de aire eran los compañeros de viaje de los osados turistas.
Siempre recordaré la frase que dijo el guía en el segundo antes de iniciar el vertiginoso descenso a tumba abierta: “Señores, ¿están preparados para morir?”. A partir de ahí, una hora descendiendo por unos parajes la mar de maravillosos.
De repente, en un desvío a la derecha, un cartel anunciaba el inicio real de la carretera de la muerte. La verdad es que el vértigo era muy importante y veías en cada curva tu propia muerte a menos de un metro. Sin embargo miedo y Épica son conceptos que van unidos pero son opuestos, así que seguí durante toda la etapa la rueda buena: la del guía, cosa que me permitió gestionar con solvencia las curvas más complicadas y llegar a la meta vestido de amarillo, pues solamente un inglés me hizo un poco de sombra en los descensos, aunque le batí con facilidad en un par de kilómetros llanos.
Como recuerdos de semejante aventura me llevé un buen dolor de manos debido a la tensión de frenar durante unas cinco horas y el culo dolorido durante un par de días. Eso y la sensación de haber cruzado todas las variedades terrestres de una manera vertical, pues pasamos de la alta montaña donde no crecen ni las malas hierbas, al desierto más puro, pasando por la selva, la forma de vegetación más salvaje; además de partir a escasos cinco grados y llegar, sudando, a más de 30.
Una vez más, Épica y kilómetros, evitando la muerte en cada cuneta.








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