Desierto, montañas y el Golfo Pérsico

Un abrazo largo, apretado, intenso y nos despedimos de Kim en Shiraz. Después de 10 meses sin tener a «mi mejor amigo» cerca, ha sido un lujo viajar con él de nuevo, revivir sensaciones de hace 8 años y poder disfrutarlo un tiempo demasiado corto.

Nuestros pasos se dirigen a Kermán, dónde nos espera un desierto escoltado de montañas que superan los 4000msnm.

Tenemos la suerte de ser los únicos turistas que se acercan a Bam el día que vamos a la ciudad de adobe más grande del mundo, una tarde gris mitiga el intenso calor. Arrasada en 2003 por un fuerte terremoto y parcialmente reconstruida en estos 14 años, la ciudadela se erige imponente sobre una colina y recorremos en solitario el bazar, los restos de la mezquita, la plaza y el antiguo barrio Judío de la ciudad.

For our eyes only

Tomamos un taxi para visitar los atractivos turísticos que rodean Kermán. Primero, Rayen, otra construcción de adobe duerme al pie de las montañas rodeado de desierto.

También en medio de un mar de pedruscos aparece de golpe un esplendoroso jardín, una fuente caudalosa discurre a varios niveles a través de los cipreses, las rosas y los jazmines, el agua parece fluir directamente desde los nevados picos que asoman tras el palacete.

Nos acercamos a los Khaluts, devoramos kilómetros de arena, un par de oasis con sus plantaciones de palmeras, calurosos caravanserais de adobe y por fin divisamos estas curiosas formaciones rocosas. El sol va alargando las sombras de estos castillos de arena a medida que deambulamos sin rumbo por el desierto. Observamos la puesta de sol y volvemos al coche para pasar la noche en un oasis cercano.

Los Khaluts
Treinando

8 Horas de bus nos llevan a Bandar Abbas, a orillas del Golfo Pérsico.

Surcamos en silencio el estrecho que separa las islas del continente, se nos empañan las gafas de sol cuando salimos de la cabina con el aire acondicionado a todo dar, la visibilidad es reducida. El barco hiende el agua entre Qeshm y Bandar Abbas, el Golfo Pérsico que hemos conocido, vive submergido en una agobiante neblina.

Amarrados en el estrecho, decenas de barcos esperan para vaciar o llenar sus panzas en el puerto de Bandar Abbas, dormitan entre la bruma, asfixiados por el calor y oprimidos por la humedad. De día son naves fantasma, ancladas entre el cielo y el mar, flotan en la nada, de noche unas luces más, espejando la bóveda celeste.

Suspendido

Hemos pasado 4 días entre la pequeña isla de Hormoz, una inmensa montaña de sal y arena rojiza que tiñe y adereza las aguas del golfo y Qeshm, otro desierto y otra maravilla para los geólogos.

Ambas islas comparten un paisaje árido, tacaño en sombras, con montes arenosos. Las recorremos, en Tuk Tuk la primera y en taxi la segunda. En Hormoz unas gazelas se pasean a sus anchas por las rocas, se confunden con el paisaje y nos preguntamos de dónde sacarán el agua en este peñasco dónde los raros charcos que hemos visto, rebosan de cristales de sal. Admiramos su costa escarpada y nos sumergimos en sus cálidas y saladas aguas, notamos que flotamos con facilidad. Algunos locales también se dan un chapuzón, aunque las mujeres, con un poco más de ropa que nosotros.

En trikini

 

Todo Hormoz es una montaña de sal
El golfo se tiñe de rojo

El día que rodeamos Qeshm, primero nos topamos con unos camellos a los que sus dueños lavan en aguas tranquilas y poco profundas, sobre la arena unos barcos se desintegran lentamente con el paso del tiempo. La costa norte nos sorprende con un color casi caribeño, dejamos atrás unos manglares, único punto verde de la isla y llegamos a un cañón cincelado por el agua y el viento.

Camellos en remojo
Cementerio de barcos

Por último nos adentramos en una enorme cueva de sal que viaja casi 7 km por las entrañas de Qeshm, aunque nosotros solo recorremos unos 300m es suficiente para ver estratos de colores y paredes supurando blanca sal.

Una boca salada

Finalmente 18h de tren nos devuelven a Teheran esta vez nos quedamos en casa de Marieh, decidimos disfrutar de su terraza y evitar lo más posible el loco tráfico de Teheran (aunque seáis viajeros habituales de países asiáticos, si creéis que lo habéis visto todo, venid a Irán: no saben lo que son los carriles, no les interesa saber que circulan en contra dirección, la distancia de seguridad ronda los 10cm y hacer marcha atrás en plena autopista es algo habitual). Cena de despedida con salmorejo y empanada Willyes y vino casero y arroz Indio proporcionado por Marieh. Despedimos la antigua Persia con un gran sabor de boca.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *