De separaciones y reencuentros

Tenemos pendientes posts de nuestro paso por Filipinas, Singapur e Indonesia, pero haciendo una pirueta en el tiempo, me permito relatar nuestras vivencias del mes pasado en Sri Lanka (debido a varias circunstancias, en la mayoría del trayecto viajé solo).

A las pocas horas de aterrizar en Sri Lanka y con Mercedes como una Willy más, nos dirigimos a Kandy, ciudad que nos decepcionó un poco. Aunque la visita al «Sri Dalada Maligawa» (o el templo del diente de Buda) merece un mordisco (!), el bello lago del centro de la ciudad está rodeado por una ruidosa carretera dónde los tuk tuks y los buses se amontonan pitando, lo que le resta encanto. Probamos nuestros primeros Kotu Rotis (naans con puerro, tomate, cebolla… deliciosamente fritos y cortados en pedazos sobre la misma plancha, con dos cuchillas que se mueven a ritmo de batucada) y rollos vegetales fritos, y nos convencimos que la comida en Sri Lanka es una delicia. También nos desquitamos un poco de la ley seca impuesta por la Sharia en Aceh, dónde pasamos los 6 últimos días en Indonesia, doblando varias cervezas en un bar con vistas a la ciudad.

Feligreses en el templo del diente de Buda

Con una ligera resaca, el grupo se dividió y Álvaro y yo nos dirigimos a Sigiriya, para ver la roca del León, mientras Mercedes y David se dirigían al sur atraídos por las olas del océano índico.

Subir a la mole rodeada de jungla y pasear entre ruinas del siglo quinto es realmente impresionante, pero el hacerlo junto a una horda de turistas (que aprovechaban la semana santa) y tener que llegar a hacer cola en las empinadas escaleras que llevan a la cima, puede ser una tortura. La verdad es que en vistas del abusivo precio (35US) se puede optar por visitar únicamente la roca que se alza en frente a la del león (5US) y en que la tarde anterior tuvimos unas vistas igual de privilegiadas con solo una quincena de personas alrededor.

Solos ante el Rey de la jungla

Al día siguiente, nueva mitosis, Álvaro se dirigía a Córdoba a acompañar a su familia unos días y yo enfilé hacia el norte.

Las ruinas repletas de turistas

Llegué a Anudarhapura después de muchas horas de bus y con ganas de estirar las piernas, así que al rato me encaminé hacia las ruinas a pie.

A unos 3km del centro se encuentran varios sitios arqueológicos que cubren una extensión de 40km2 (ojo!). Anudharapura fue la capital de los Cingaleses y el centro del Budismo en el sudeste asiático desde el siglo IV a. C. hasta inicios del siglo IX d. C. así que ya os podéis imaginar la cantidad de templos y estupas que tuvieron tiempo de construir en ese periodo.

En efecto, entre lagos y parches de jungla repletos de monos descarados, se alzan espectaculares construcciones de hasta 70m de altura, algunas con más de XV siglos de antigüedad.

Un monje orando mientras rodea la estupa

Me dediqué a caminar en solitario por entre los templos, a cada paso tropiezas con yacimientos arqueológicos a medio reconstruir, y a cada claro de jungla, entre los árboles, aparece la cúpula redondeada de una nueva estupa.

En una de ellas encontré un monje, con un cartel a sus pies que rezaba: «No me den dinero, no lo uso, no me den comida, no entablen conversación conmigo, fotos y videos ok, 3pm a 7pm». Al parecer, este hombre dedica, cada día de su vida, a permanecer de pie, meditando en silencio durante 4h. No me negaréis que es, por lo menos, curioso.

El momento más espectacular fue cuándo al declinar el sol, una banda de unos 50 monos (que momentos antes devoraban las flores depositadas por los fieles como ofrenda), se encaramaron a la estupa de ladrillos para sentarse y observar la puesta de sol.

Que no te pillen fumando flores

A la mañana siguiente alquilé una bici y seguí visitando templos y estatuas de Buda, pero no conseguí llegar al clímax del día anterior así que esa misma tarde decidí dirigirme hacia la costa.

Mar de nenúfares

Días de relax en Trincomale y Arugam Bay, a destacar algo de surf, algún paseo, un mucho de lectura y sobretodo una salida en moto con encuentros paquidérmicos.

Trincomale tiene un fuerte construido por los holandeses durante su ocupación, dentro, en lo alto de una colina hay uno de los templos más antiguos del Budismo, dedicado a SHIVAAAA!!!. Entre las murallas del fuerte, deambulan tranquilos, una manada de ciervos. El ambiente es bastante bucólico y merece una visita aunque también deberíais evitar las horas más calurosas del día. Llegué a la ciudad después de recorrer los 6km de playa que separaban mi hotel del centro, paseando entre cientos de barcas de pescadores coloridas y malolientes y empapado en sudor. Un par de noches solitarias y tranquilas comiendo pescado y gambas me bastaron y me subí a un nuevo bus hacia el sur. Siete horas para recorrer menos de 250km! Los desplazamientos en Sri Lanka no se diferencian mucho de los de Indonesia, aunque las carreteras son mejores, los buses paran cada 500m para subir o dejar algún pasajero que salta del mismo, casi en marcha, mientras grita “hari hari” (tira tira!).

Los pescadores se dan un respiro
SHIVAAAA!

En Arugam Bay el ambiente es muy relajado, grupos de surferos se instalan en una cabaña frente a la playa, a veces durante meses y se dedican a cabalgar las olas, pasear por las playas, comer deliciosos «rice and curry» y a descansar en una hamaca mientras pasan los días… Solo estuve 3 días pero vi que uno se puede acostumbrar muy rápido a este ritmo (y gastando menos de 15Euros al día!).

Una tarde, alquilé una moto y me dirigí a Elephant Rock dónde si uno tiene suerte, puede avistar elefantes. En Sri Lanka, las zonas de jungla rebosan de elefantes, cocodrilos, serpientes y pájaros. Así pues, sin necesidad de contratar un safari, y solo a unas decenas de metros de la carretera principal, avisté mi primer elefante en libertad. Estuvo un rato pastando tranquilamente, mientras le observaba a una distancia prudencial. De pronto, sin aviso previo, hizo unos diez o doce pasos trotando hacia mi, con cara de pocos amigos y la trompa en alto. Salí zumbando, pies para qué os quiero, tirando la botella que tenía en las manos y dejando abandonada a su suerte la moto alquilada tras de mi. No recorrí más de 20 metros, enseguida vi que perdía el interés en mi. Pero tomé nota. En mi segundo encuentro con otro gigante, me guardé bien de bajarme de la moto, la dejé encendida y con la cámara colgada al cuello para poder huir en caso de embestida, por suerte, no fue necesario.

Llegaba el momento del reencuentro así que me fui acercando a la costa sur este, previo paso por la región de Ella, uno de las experiencias más bellas de todo mi viaje, si gustan, acompáñenme hasta allí.

Detalle de las luces del tren

Estoy en el brumoso pueblo de Haputale, son las 6 menos cuarto de la mañana y antes que suene el despertador, ya estoy en pie para ducharme, arreglar la mochila y engullir una samosa bien picante mientras sorbo un té ardiendo.

Subo al primer bus que trepa hasta la colina dónde el Sr Lipton decidió instalar su fábrica de té y repaso mentalmente las imágenes del trayecto que ayer hice sentado en la puerta abierta del tren entre Haputale y Ella. Un trayecto pausado, de una hora y media entre verdes valles viendo la vida pasar y recordando un viaje a la India 12 años atrás. Dentro del vagón a penas cabe un alfiler y mientras el aire me da en la cara, sonrío bobamente. Asomándose, uno ve la máquina y los vagones delanteros, también otras cabezas (pies y brazos) curiosas, que observan el paisaje. En tierra, la gente espera a que pase el convoy, saludando con una sonrisa o con cara de indiferencia, trabajadoras de los campos de té o habitantes de las casas construidas en las orillas de las vías, peatones o filas de coches esperando a que se levante la barrera.

No cabe nadie más!

No son ni las siete de la mañana cuándo desciendo del bus y empiezo a caminar. Enseguida me envuelven campos de té hasta dónde alcanza la vista y cuándo subo las primeras cuestas hasta dónde el sol ya calienta, de varios caminos adyacentes, aparecen grupos de niños que se dirigen a la escuela o mujeres que van a trabajar.

De pronto las colinas a mi alrededor hormiguean de mujeres que van llenando los sacos que, amarrados en la frente les cuelgan por la espalda. Las dirigen unos hombres que una vez han repartido a los grupos, se paran a conversar tranquilamente.

Alcanzo el punto más alto de la colina y contemplo los valles que me rodean, completamente cubiertos por plantas de té. Decido perderme un rato por otras colinas y allí descubro, al fin, un grupo de hombres trabajando arduamente, podando las viejas plantas y recogiendo las ramas agachados entre hileras, dicho esto, la proporción es desigual.

Fue uno de los mejores paseos que he echo en este viaje, las formas onduladas de las filas de arbustos ejercían un poder hipnótico sobre mi, no podía dejar de sacar fotos y mirar alrededor con felicidad.

Llegó el día, después de 10 meses juntos, 10 días separados parecen una eternidad, David y yo nos reunimos para esperar a Álvaro en Mirissa, pueblo turístico y de surfeo que me cogió desprevenido. El Sri Lanka que había visto hasta entonces era un país tranquilo, que se acuesta a las 10 de la noche y despierta a penas despunta el sol, aunque hubiera turistas no me había topado con algo como Mirissa. La playa está salpicada de restaurantes que durante el día colocan tumbonas y colchones para los veraneantes y de noche mesas con velitas para la cena. Cocina, nacional, internacional o pescado a la plancha y cada noche una fiesta en un bar distinto. Si normalmente aborrecemos un poco estos sitios, debo admitir que nos fue como anillo al dedo para celebrar el reencuentro y cuándo al día siguiente Álvaro se presentó con unos sobres de Jamón Serrano ofrendados por su santa madre, nos sentimos en la gloria.

En Mirissa también se pueden avistar ballenas, aunque solo alcanzamos a ver el surtidor, el lomo y la cola en varias ocasiones, imaginar al gigantesco animal de 30 toneladas y más de 30 metros de largo, que se mueve a pocos metros de la barca es una experiencia emocionante.

Pescadores típicos de la zona de Mirissa

Así pues, playa, cervezas, algo de surf fueron una fantástica despedida de Sri Lanka antes de embarcarnos hacia Irán.

Antes de despedirme, un apunte:

Cómo ya he mencionado, la comida de Sri Lanka es excelente, pero, como en muchos países, lo son menos sus normas de higiene. En los restaurantes, las samosas y los naans estan apilados en la vitrina. Cuándo entran, algunos clientes tocan los naans para ver si están calientes, y una señora te planta en la mesa un surtido de fritos variados, que obviamente coge con la mano, uno come los que quiere y deja el resto, que vuelven a la vitrina, con la mano. El control de la rotación de estos deliciosos aperitivos y el número de veces que pueden pasar por las manos de varias personas es un misterio, pero ni se os ocurra dejar de pedirlos!

Ricas samosas. ¿Cuántos días llevaran aquí?
Rollos de vegetales, atún o pollo fritos
Naans repletos de vegetales

 

 

 

 

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