Cuando se nublan los sueños:

Llegar a Machu Picchu era un sueño que tenía desde hace años así que intentamos planificar un poco la visita, cosa que no solemos hacer. Compramos las carísimas entradas (46 USD y aumentando a 60USD en 2017), con unas 3 semanas de antelación (la entrada al Huayna Picchu, al que queríamos subir, está limitada a 400 personas por día y se agotan rápido) y estuve un par de días guardando cama para recuperarme de un simple resfriado, saltándome otras excursiones, para estar listo el 8 de Diciembre. Después de 5 días en Cusco el nerviosismo iba aumentando en mí.

Desde hace años también, sabía que llegar a Machu Picchu o no es barato o no es fácil, me explico:

Por el famoso «Camino del Inca», solo 48km separan Cusco de Machu Picchu, pero para ser uno de los que lo recorren durante 4 días, hay que reservar con mínimo 6 meses de antelación y pagar entre 400 y 500 dólares. Además hay que seguir al pie de la letra las indicaciones de los guías, duerme aquí, come aquí, descansa allá y camina ahora.

De Cusco a Aguas Calientes también hay un tren, pero el trayecto de ida y vuelta cuesta la friolera de 150USD, descartado.

Como dependiendo de la temporada, de 3000 a 6000 turistas DIARIOS, visitan la montaña, existe un trayecto alternativo y más barato, pero como decía, implica cierta complejidad, esta es la opción que otro compañero viajero bautizó ya hace años como «el camino del punki».

Contratamos pues, el transporte de los que no quieren, o no pueden permitirse esos lujos, el que sale de Cusco y va hasta la estación hidroeléctrica que alimenta toda la región de Machu Picchu y se encuentra a los pies de las ruinas.

Después de batallar un poco, conseguimos el trayecto de ida y vuelta por unos 15USD.

La carretera no va precisamente paralela al camino del Inca y los 48km se convierten en una odisea de unos 220km y 7 horas de recorrido, salvando un puerto a 4500msnm y una carretera de tierra final que se eleva sobre el río, digna de la famosa «Death road» de Bolivia, mirar por la ventanilla en algunas curvas era una prueba de fe.

Salimos pues a las 8 de la mañana de Cusco, embutidos en una de las numerosas furgonetas que diariamente acercan cientos de turistas a las ruinas Incas y después de 7 largas horas llegamos a destino.

De la hidroeléctrica sale otro tren que llega a Aguas Calientes, la verdadera base de salida hacia Machu Picchu, pero de nuevo, los precios son desorbitados. También está la opción de caminar por las vías del tren unas dos horas y cuarto para llegar a destino, obviamente, esa fue la opción elegida por los Willys (y por la mayoría de turistas en realidad).

Por dónde pasa el tren?
Por dónde pasa el tren?

Ya teníamos ganas de estirar las piernas así que no nos importó que al principio cayeran 4 gotas mientras seguíamos las vías paralelas al brioso río y observábamos la montaña de Machu Picchu alzándose vertical hasta los 3082msnm, unos 1200 metros por encima de nuestras cabezas.

Montaña y Huayna Picchu vistos desde atrás
Montaña y Huayna Picchu vistos desde atrás

Los jirones de nubes aferrados a las verdes laderas aportaban misterio al lugar, y de vez en cuando divisábamos ya, a lo lejos, parte de las ruinas Incas que íbamos a descubrir al día siguiente. La lluvia cesó, y paseando sin prisa, devoramos la suave pendiente hasta llegar a Aguas Calientes sobre las 17h30.

Corred insensatos, que viene el tren!
Corred insensatos, que viene el tren!

Este pueblo recibe a diario la ingente cantidad de turistas que visitan Machu Picchu, gente que en general, pernocta una o dos noches en el lugar y no vuelve nunca más. Esto significa que el pueblo es en realidad una sucesión de hoteles, tiendas de artesanía y restaurantes, con insistentes caza turistas que te ofrecen promociones para que entres en su local, ya que saben que solo tienen una oportunidad.

Aguas Calientes se encuentra a 2040msnm y la entrada a Machu Picchu a 2430msnm, estos escasos 400m de desnivel se pueden salvar a pie, subiendo unos empinados e interminables escalones, o en bus, previo pago de 12USD (ida). Mi romanticismo más que mi tacañería, me hicieron optar por lo primero, mis compañeros subirían en bus. Aunque pueda parecer una imbecilidad, quería disfrutar de cada paso, de acercarme y saborear cada escalón, también ser de los primeros en pisar el recinto ese día, me apetecía poner un poquito más de conciencia, eso es todo. Así pues, poco después de cenar me fui a acostar, tocaba diana a las 04am.

Antes que sonara el despertador ya tenía los ojos como luceros, lo apagué, me deslicé sin ruido de la litera de arriba del dormitorio, me lavé la cara, me vestí y me tomé un té en el desierto comedor del hostel antes de salir en plena noche a la calle. No me sorprendió ver que no era el primero, eran las 04h20 y en las calles pequeños grupos enfilaban hacia el puente o hacia la parada de bus (el primero no sale hasta las 5h30 pero si uno quiere estar en él, tiene que estar allí una hora antes).

Unos cortos 15 minutos de bajada me acercaron hasta el puente que permite el ingreso al museo de sitio, allí había ya, por lo menos, un centenar de personas que esperaban pacientes que abrieran, a las 05am.

Acaban de abrir el puente, los mochileros pobres atacan!
Acaban de abrir el puente, los mochileros pobres atacan!

Puntuales, los guardas nos hicieron ingresar con las primeras luces del alba. Cruzamos el puente y en fila india comenzamos a atacar los escalones que suben recto, cortando la zigzagueante ruta que hacen los buses que suben y bajan sin descanso durante todo el día.

En los primeros compases todos juntos
En los primeros compases todos juntos

Observaba con un poco de preocupación como las montañas que me rodeaban no se desperezaban del todo de las nubes, pensé que a medida que subiera el sol eso tenía que mejorar.

Sin prisa pero sin pausa fui ascendiendo y la fila se fue haciendo menos densa, en cada recodo algunos turistas paraban a descansar o a desayunar algo, a media subida ya fui disfrutando los tramos de soledad, adentrándome más y más en mi día especial.

En 45 minutos llegué a la entrada, por lo menos 40 personas formaban ya una fila de cuerpos humeantes, el esfuerzo se hacía notar.

De nuevo esperamos pacientes a que abrieran las puertas a las 06am mientras la gente llegaba con cuentagotas. Recuperé energías con unas galletas y un par de plátanos y casi cruzaba la entrada cuándo bajaron del primer bus el resto de Willys.

Una vez reunidos empezamos a explorar el lugar, después de un par de recodos, podías estar completamente solo, y casi nos pareció místico que las ruinas estuvieran bañadas por la niebla y apenas pudieras ver a más de 30m, quedaba tiempo para que el clima mejorara pero en realidad, mirando a mi alrededor, tenía claro que la nubosidad había aumentado.

Unas llamas nos cortaron el paso y temerosos de una coz o un escupitajo, los 3 machos esperamos a que Laura las ahuyentara con airosos aspavientos…

Llamas en la niebla y Laura Goodall
Llamas en la niebla y Laura Goodall

Hasta las 7h00am no podíamos acceder al Huayna Picchu, la escarpada «nariz del Inca» que sube hasta los 2720msnm (o sea 300m más), así que dimos unas vueltas alucinando con la conservación del lugar y el ingenio de los Incas, sus construcciones han resistido el paso de los años y de varios terremotos. Es particularmente impresionante el perfecto encaje de las enormes y pulidas piedras, el templo del cóndor, el templo del sol y de la luna…

Llamas con efecto, by Laura.
Llamas con efecto, by Laura.
He comentado que había niebla?
He comentado que había niebla?

De nuevo hicimos cola para acceder al Huayna Picchu y empezamos a subir los inclinadísimos, pequeñísimos y resbaladizísimos escalones para admirar las increíbles vistas de las ruinas de Machu Picchu…

Escalones de liliput!
Escalones de liliput!

Cuándo a media subida empezó a caer una lluvia fina no me desilusioné, cada uno a su ritmo fuimos llegando a la cima, solo para descubrir que una tela grisácea cubría el paisaje. De las ruinas, no había noticias. Esperamos hasta que David se dio cuenta de lo evidente, no iba a abrir, me quedé solo, bajo la lluvia que se fue intensificando, unos 40 minutos, esperando que el Dios Inti me concediera un claro, un momento de gracia… no quiso ser benevolente, había llegado la época de lluvias, de echo llegaba con retraso y ese día tocaba llover lo que no había llovido en todo Noviembre. Aún así intenté disfrutarlo y me quedé chorreando un rato de pie sobre el punto más alto, esa roca, era el ombligo del mundo.

Qué vistas!
Qué vistas!

No dejó de llover prácticamente en todo el día, me separé del resto del grupo que tuvo más suerte que yo y en un momento, desde el mirador de la montaña, pudieron realizar la instantánea de la silueta del Inca acostado.

Cuando resignado, bajé del Huayna Picchu me uní a una familia de Guatemaltecos para hacer el tour explicativo con un guía oficial, fue muy interesante e ilustrativo y intenté disfrutar de estar dónde había soñado estar hacía años, reconozco que me costó mucho, muchísimo. Hubiese aceptado con deportividad la niebla, me hubiese tumbado en el césped, cerrado los ojos y disfrutado un momento del lugar… pero la lluvia no cesaba y hacía imposible el sosiego, el impermeable poco a poco iba calando y los pantalones ya no impedían que el calzoncillo estuviera incómodamente húmedo.Además, a esas horas, la explanada de Machu Picchu ya se había convertido en un mar de plásticos de colores haciendo imposible sentir la «magia» del lugar que sí vivimos al entrar de los primeros.

Combinados para la ocasión!
Combinados para la ocasión!

Estoy feliz, claro que sí de haber estado, no me decepcionó Machu Picchu, pero sí nos frustró  la lluvia.

El condor con su blanco collar bebía la sangre de los sacrificios.
El condor con su blanco collar bebía la sangre de los sacrificios.

Porque además, el plan mochilero tirado, implicaba volver esa misma tarde a Cusco, con lo puesto, así que a las 12 del mediodía, una vez terminada la visita y bajo la misma lluvia enfilé en sentido contrario las escaleras de la mañana, descendí casi corriendo hasta el puente y de allí una hora y 45 min por las vías hasta la hydroeléctrica, alcancé al resto del grupo poco antes. Lo que ayer fue un precioso paseo hoy era un pequeño tormento, todos íbamos calados.

El mismo tren, la misma lluvia.
El mismo tren, la misma lluvia.

Otro minibus nos esperaba en el sitio convenido, eran las 3 de la tarde y por delante, otras 7 gélidas horas de regreso. Aunque había un niño pequeño en el coche, aunque los 14 ocupantes íbamos empapados y se subía de nuevo a 4500msnm el conductor hizo caso omiso a nuestra petición de poner la calefacción, además bajaba la ventanilla alegando que se le empañaba el parabrisas.

Llegamos a Cusco cansados y helados, nada que una buena ducha no pudiera arreglar.

Después de 6 meses de viaje, hasta ayer, podíamos declarar que el tiempo había sido más que benévolo con nosotros, ningún día habíamos dejado de realizar una actividad por culpa del mal tiempo, ayer decidió que se acabó la jauja!

Esa noche, al acostarme, sabía que había realizado un sueño, solo que fue un sueño pasado por agua, un sueño un poco nublado.

Un comentario en “Cuando se nublan los sueños:”

  1. Guillem, qué delicia leerte. He entrado por error al Riete, buscaba cualquier web comenzada por RI y un mal click me ha traído aquí. Sabía que estabas de viaje y sabía que hacías blog, pero no lo había abierto hasta hoy. Yo también estoy metido en otro viaje, el de la paternidad que te deja poco tiempo. Pues bien, me he aterrizado justo en este post y me ha encantado ver que mi humilde trasiego le haya servido de inspiración a un viajero pata negra como usted.

    Qué pena esa lluvia y qué magnífico es el Macchu Pichu, la verdad. Helarse en los buses lationamericanos, o asarse, es parte de la esencia, eso nunca cambiará.

    Lo dicho, me encanta leerte, cosa que pienso hacer de ahora en adelante y también retrospectivamente, así que que no te extrañe si te dejo algún comment en un post retrasado. Buen viaje, compañero 🙂

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