Colombia es infinita

Llevamos casi un mes en Colombia y (al menos personalmente) puedo decir que es el país en el que más estoy disfrutando. Quizás por la diversidad de paisajes que hemos visto, quizás (posiblemente) por las Willys que nos visitaron y acompañaron unos días, quizás por lo bien tratados que nos hemos sentido por nuestra «familia colombiana» o tal vez por los hechos «históricos» que nos han tocado vivir en estos días; estas últimas tres semanas en Colombia están siendo muy especiales.

Colombia infinita
Colombia infinita

Comenzamos nuestra ruta colombiana hace unos 20 días aterrizando en Medellín desde Panamá City (voy a obviar el episodio previo al vuelo que nos sucedió con la compañía vivacolombia, os lo resumo en una frase «No voléis con esa aerolínea de mierda sino es estrictamente necesario»). La cosa es que al llegar a Medellín nos encontramos una ciudad que quiere despegarse del cliché de ser la cuna de Pablo Escobar y su cártel de “malparidos gonorreas e hijoeputas”, una ciudad enorme e inabarcable que está progresando a base de construir bibliotecas y mejorar los transportes públicos en los barrios más marginales para intentar reducir todas las desigualdades sociales que (aún) existen entre unas zonas y otras. Disfrutamos por primera vez de esculturas de Botero (que ha donado gran parte de su obra al pueblo colombiano), de su jardín botánico, y pudimos agarrar uno de los teleféricos que llegan a las zonas más deprimidas (favelas).

Botero everywhere
Botero everywhere
Escalando Medellín
Escalando Medellín

En el centro cultural de uno de estos barrios (la Colonia 13), asistimos al homenaje que un festival de cine local le ofrecía a Salvo Basile. Su nombre quizás no suene mucho en España, pero Salvo es un actor/director/productor de cine italiano afincado aquí en Colombia que es toda una celebridad (tomar una limonada con él en una terraza de Medellín se convirtió en una sucesión de fotos de fans…), que ha trabajado en innumerables películas internacionales (como Holocausto Caníbal!!!) y que por si fuera poco trabajó con Bud Spencer y Terence Hill…

Además de todo esto, que no es poco, Salvo y Jacqueline (su esposa, pariente de Guillem), así como sus hijos Alessandro y Jerónimo; pusieron todo de su parte para que nuestros días en Colombia fueran inolvidables: nos invitaron a su casa (y a su isla!) y nos hicieron sentir que tenemos familia colombiana…

Tras Medellín, encaramos el primer trayecto en carretera (nuestros amigos los buses…) y visitamos la villa de Guatapé, un colorido pueblo de interior que se reinventó a sí mismo después de que el gobierno hace unos 50 años decidiera construir una presa que inundó medio pueblo. Lejos de darse por vencidos, los guatapeños decidieron empezar a decorar todo el pueblo a base de murales en las casas, y ahora se ha convertido en todo un icono de la región de Antioquia. Desde Guatapé nos acercamos a visitar el Peñón, una enorme piedra que domina todo el valle del Embalse del Peñol, y sin duda una de las mejores vistas del país.

En lo alto del Peñol
En lo alto del Peñol

Muuuuuuuchas horas de autobús después, por fin llegamos a Bogotá. La capital colombiana es una urbe enorme que nos atrapó desde el principio. Alojados en el barrio antiguo de La Candelaria, después de visitar la plaza Bolivar, el palacio de Nariño (residencia del presidente de la República), el museo del Oro y el INCREÍBLE museo Botero; nuestra primera noche teníamos una misión muy importante, celebrar el cumpleaños de David como merecía. Sólo decir que cumplimos la misión con creces, en una discoteca de lujo regentada por Jerónimo (primo de Guillem) y en la que tres mochileros zarrapastrosos apenas llamaban la atención entre chaquetas y trajes de noche…

Bogotá desde las alturas (y no, no es una maqueta...)
Bogotá desde las alturas (y no, no es una maqueta…)
Celebrando el cumple de David... con espontánea incluida
Celebrando el cumple de David… con espontánea incluida

Tras un día protocolario de «recuperación tras juerga», en el que nuestra mayor actividad fue tragarnos 7 episodios seguidos de Narcos (viva el cable hdmi que compramos dos días antes), el sábado por fin se unieron a nosotros Elena (la blanquita) y Edurne, canaria y vasca amigas y residentes en Barcelona que con gran criterio decidieron pasar parte de sus vacaciones con nosotros. Con ellas emprendimos el viaje en bus (en unos cuantos buses y cientos de kilómetros…) hacia el Caribe; con paradas reseñables en Zipaquirá donde visitamos una catedral construida en el interior de una mina de sal (muy loco todo); o en los pueblos de Barichara y Bucaramanga, pequeñas maravillas del interior del país.

El equipo al completo en la Catedral de Sal
El equipo al completo en la Catedral de Sal

Después de un fugaz paso por Barranquilla (ay Shakira hija, vaya pueblo feo que tienes…) en el que no bajamos del bus, llegamos por fin a Cartagena de Indias, una ciudad colonial maravillosa, capital del caribe colombiano. Alessandro (el otro hijo de Salvo) se había propuesto bajar nuestra media de gastos del viaje y nos alojó en su maravillosa casa en el arrabal de Getsemaní, muy cerquita del centro histórico; y allí, entre gatos, gallos y algún mosquito, establecimos por unos días nuestra base, y se lo agradecimos cocinándole unos espaguettis bolognesa (a él, que es vegetariano, buen trabajo Willys…) y un par de tortillas de patata del chef Ruscalleda. Jugamos mil partidas a Mafia. Bailoteamos toda la salsa que pudimos. Y ron y cerveza diría que no bebimos durante esos días… creo…

Elena y David motorizados
Elena y David en Cartagena motorizados
David en la casa del árbol de Cartagena
David en la casa del árbol de Cartagena
La casa del árbol en Cartagena II
La casa del árbol en Cartagena

Además, uno de los días tuvimos la oportunidad de visitar y dormir en la Isla del Pirata (gracias otra vez a Salvo y Jacqueline), una isla paradisiaca situada en el archipiélago de Islas del Rosario, haciéndonos sentir como viajeros de lujo. 13 personas en toda la isla (8 huéspedes y 5 trabajadores), unas cabañas de lujo encima de una playa y un pescador que se acercó con un cubo lleno de langostas a precio de risa de las que dimos cuenta en una cena genial bajo las estrellas(tenacitas lo hubiera querido así…).

Relax en la isla del Pirata
Relax en la isla del Pirata
Tenacitas al ajillo en la Isla del Pirata
Tenacitas al ajillo en la Isla del Pirata

Nuestro siguiente destino fue el parque Nacional de Tayrona (sí, donde Shakira quería a llevarse a Piqué en la cancioncita de la bicicleta que apenas hemos escuchado unos doce millones de veces…). Con Guillem aún convaleciente de la lumbalgia descansando en Santa Marta, los otros cuatro willys visitamos el parque, pasamos la noche en hamacas bajo las estrellas, y vivimos un momento (que creímos histórico) como fue la ceremonia de la firma de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, mezclados entre locales en la única choza con TV de toda la zona.

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Escuchando los acuerdos de paz de Colombia en Tayrona
4 willys en Tayrona
4 willys en Tayrona

Tras esta aventurilla con la naturaleza, nos despedimos con todo pesar de nuestras Willys temporales, que agarraban un vuelo hacia la zona cafetera (que nosotros visitaremos más tarde), y volvimos a recoger a Guillem a Santa Marta. Recuperado (casi) de su espalda gracias a la hospitalidad de otros parientes suyos, en este pueblo de mar nos llegó la noticia de que una tormenta tropical llamada Matthew se estaba acercando a la zona, lo que retrasaba nuestro plan de conocer el Cabo de la Vela, uno de los puntos más al este del caribe colombiano, casi fronterizo con Venezuela. Mientras Matthew se convertía en un huracán de fuerza 4 (y luego 5), pasamos un par de días «tranquilos» en Santa Marta, y visitamos el pueblo de Minca, un paraje montañoso y fresco donde disfrutamos de la gastronomía local (unas pizzas italianas buenísimas y unos woks tailandeses igual de ricos…)

Una vez que el huracán comenzó a subir hacia Jamaica pero con la incertidumbre de una climatología poco estable, emprendimos viaje hacia Palomino, un pueblo costero espectacular pero ahora deslucido por los estragos de la tormenta. Allí pudimos vivir en primera persona la decepción del resultado del referéndum organizado por el gobierno de Santos acerca del acuerdo de paz con las FARC. Nuestra sensación, como la de la mayoría de colombianos con las que tratamos (excepto notables excepciones) es que se trataba de un resultado fatal para Colombia. Si bien podría no ser el mejor acuerdo, haber conseguido que el pueblo refrendara con sus votos la paz firmada con la guerrilla, era sin duda una oportunidad que ahora parece perdida para los colombianos (¡aunque esperamos que no sea así!).

Tras Palomino, nos armamos de valor (y sobre todo de paciencia) y nos encaminamos hasta la zona del Cabo de la Vela. Este pueblito dominado por indígenas guajiros, bastante aislado del resto del país (normalmente se llega en 4×4 cruzando el desierto que lo rodea), sin agua corriente y con suministro de electricidad limitado a algunas horas, se había convertido por obra y gracia de Matthew en una piscina gigante, inundando las calles principales de agua de mar y peces muertos, y llenando de agua la mayoría de «hostels» donde se supone que deberíamos dormir. Acabamos parando en una escuela de kite-surf en la misma playa, en unos chinchorros (una especie de hamáca más cómoda y amplia) al aire libre. Allí conocimos a Andrew, un peculiar jamaicano instructor de kite; y a Pablo, un santanderino residente en Barcelona que llegó a la zona expresamente para darle caña a la cometa, y que nos hizo entender como en un desierto como aquel había podido caer tantísima agua (¡¡madre mía los santanderinos!! si os fueráis a África arreglábais las sequías en dos días).

Cabo de la Vela tras el paso de Matthew
Cabo de la Vela tras el paso de Matthew

Ayer, ya comenzando nuestra ruta con destino al eje cafetero y más tarde a la frontera con Ecuador, acabamos «por casualidad» en la isla de Mucurá, otro pequeño paraíso caribeño enfrente de Santiago de Tolú; en el que anoche despedimos los atardeceres en el Caribe, rodeados de cocoteros, arena y sal; y donde hemos comenzamos a echar de menos este mar tan peculiar y que tantas buenas experiencias nos ha dado.

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Yo la conocí en un taxi… (varado en Mucurá…)

Escrito en Mucurá rodeado de cocoteros y escuchando por primera vez a Sublime.

3 opiniones en “Colombia es infinita”

  1. Viva Colombia! (el país, no la compañía aérea).
    ¿Así que voy llevando la lluvia allá por donde paso, eh? jejeje. Espero no llevar el huracán Mateu a Barcelona que llego mañana…
    Espero que sigáis el viaje muy bien chicos. Nos vemos a vuestra vuelta en Barcelona y me contáis vuestras aventuras tomando unas Moritz.

    PD: si os gusta Narcos miraos “El patrón del Mal”. Es la serie auténtica, real y made in Colombia de Pablo Escobar. Larga eso sí, pero basada en la realidad y cero hollywoodiense (para empezar el que hace de Pablo es paisa y no brasileño!)

    1. Jaja! Era un guiño a nuestros amigos santanderinos 🙂

      Cuenta con esas Moritz a la vuelta, seguro que tendremos mucho que contar todos!

      Y apuntamos la recomendación para ponernos con ella en breve!

      un abrazo!

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