NY sin Manhattan y el secreto de Kassandra

  Manhattan es sin duda New York, aunque New York sin duda no es solo Manhattan, así que dejadme que os hable de un día fuera de Manhattan y de los secretos de Kassandra que lleva años en la gran manzana.

Salí del metro con una excitación infantil, viendo las atracciones del Luna park, escogiendo mentalmente en cual me iba a subir y sustituyendola por una nueva a cada segundo pero en cuanto puse un pie en el paseo marítimo creí que estaba en Atlantic City en un capítulo de Boardwalk Empire, y me olvidé del Luna Park, estábamos en Coney Island, al sur de Brooklin.

 

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Voy subido en mi propia atracción!

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Día caluroso, aguantamos poco hasta que nos zambullimos en las dudosas aguas de la bahía de New York, aunque a mi el chapuzón me supiera a gloria la mueca de Kassandra lo decía todo! «En lugares peores nos hemos bañado!» dijimos, así que sin saber si se nos caería la piel a trozos, cómo predijo un poco alarmísticamente la local, nos fuimos a descubrir el curioso barrio de Little Odesa, con sus paredes cubiertas, casi exclusivamente, de carácteres cirílicos y su ruidosa vía de metro aerea que le da un aire de película antigua… porqué digámoslo ya, para el que como yo, descubre New York, cada esquina le suena a algún fotograma de una película que ha visto hace ya algún tiempo.

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Ruisky trusky!

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Disfrutar de un magnífico restaurante Uzbekistaní y subirnos al coche de Kassandra para atravessar Brooklin con una actitud muy negra fue todo uno.

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Saquito al bujero!

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Os llevo?

El barrio ruso, el barrio judío, el barrio negro, hasta llegar a Red hook, desde allí magníficas vistas de la estátua de la libertad y del «finantial district» a lo lejos.

El cartel del bar al que decidimos entrar a tomar un café que nunca fué rezaba entre otros, «we are not responsible for lost objects, we are responsible for killer sunsets» viendo lo animado que estaba y la luz que empezaba a declinar no nos hizo falta más, cervezas, propinas y juegos entre risas, estaba quedando una tarde apañada!

Pero antes de la puesta de sol Kassandra nos sube de nuevo al coche y nos lleva hasta debajo del puente de brooklyn o barrio de DUMBO dónde ahora sí, la puesta de sol fué matadora y sino juzguen ustedes mismos.

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Acabar el día en el hipsterísimo barrio de Williambsburg con una arepa Venezolana, una michelada, una pinta de lagger y partida de ping pong fueron una cereza en el pastel tras otra para coronar un día en New York en el que solo pisé Manhattan después de cruzar el puente de Brooklyn en el tardío metro que nos llevó a casa.

Al día siguiente, aunque no nos pudo acompañar, Kass nos propuso otra aventura, ir a casa de la Sra Marjorie en el corazón de Harlem. Esta señora lleva varios lustros invitando, cada domingo sin falta, al salón de su casa a músicos de Jazz a los que acompaña maravillosamente al piano, sus dedos sobrevuelan las teclas y se posan lúcidamente sobre las adecuadas en cada momento. No os engañaré, no somos entendidos ni fanáticos del Jazz pero de verdad disfrutramos intensamente de la hora y media que compartimos en el salón de Marjorie!

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La joven Marjorie de 80 y tantos años al piano… silencio!

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Literalmente hasta la cocina de la casa de Marjorie!

Gracias Kassandra!

U.S.A. y los excesos

Llevamos una semana por aquí, y aún estamos intentando ajustarnos a todo lo excesivo que hay en este país. Excesivas las calles, interminables para dos peatones que van evitando los transportes públicos siempre que pueden. Excesivos los edificios; si llevara boina como Paco Martinez-Soria me la habría quitado más de una vez estos días para estrujarla con las manos mientras dejo la boca abierta mirando moles de hormigón. Excesivos los vagones de metro, que entran descarrilando en cada estación y al final, como si cayeran en la cuenta en el último momento, siempre acaban frenando a tiempo.

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En definitiva excesiva NY, con sus cláxones sonando (todos excepto el de Casandra), sus 250.000 tipos diferentes de policía, sus ardillas que te siguen a cada paso que das, sus puestos de perritos (uno y no más), sus nombres de barrios con truco (SOHO, NOHO, DUMBO, TRIBECA,… con lo bonito que es decir que yo soy de Santa Rosa…), y sus mendigos que piden de forma educada su tributo (Marki-apadrina-un-homeless…).

Y también excesiva Washington, con sus infinitas avenidas y parques; su calor brutal diurno y su tormenta perfecta nocturna; y excesivo su cementerio militar infinito, que se llama Arlington, pero que podría llamarse «sinsentido».

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Todo este exceso y las ganas que teníamos por empezar el viaje; han hecho que nos tomáramos esta semana como un sprint, una carrera por hacer «checks» y ver un millón de cosas en el menor tiempo posible; una locura que nos ha dejado felices por todo lo visitado, pero agotados de cuerpo.

Al menos hemos sido conscientes de ello, y conforme subimos hacia Chicago en un tren larguísimo y plateadísimo, vamos acomodando nuestra cabeza y nuestro ritmo a todo el tiempo que nos queda por delante, a todos los lugares que nos quedan por husmear. «Lento» debe ser nuestra nueva palabra favorita.

Escrito mientras cruzamos en tren los estados de Maryland y Pensilvania… canta Jakob Dylan, que ya no me avergüenza decir que me gusta más que su señor padre.

Como mola viajar en tren.

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