Efjaristo polí!

Un lujo, un auténtico lujo, disfrutar de Grecia del 21 de Mayo al 21 de Junio, evitar el grueso de turistas, tener unos anfitriones de primera y recibir muchas visitas, este sería el resumen de nuestro paso por el país Heleno, el que quiera saber más que siga leyendo!

Dejamos Iran en un viaje largo, eso se tradujo en una noche corta, llegamos a casa de Sylvia i Ioannis (amigos Griegos que hasta hace dos años vivían en Barcelona y a los que echo muchísimo de menos), agotados y a una hora temprana, pero no había tiempo que perder! Àlvaro nos dejaba al día siguiente y queríamos ver Atenas, cenar bien y despedirnos como se debe, esto es, con mucha agua y mucho Pinky… todo en escasas 18h….

Salimos acompañados del inseparable Murgo, calles semipeatonales y ambiente de pueblo, primer “Café fredo” con vistas a la Acrópolis y todo a dos pasos de casa de nuestros anfitriones. Los dejamos encarar su jornada laboral y nos dirijimos al imponente complejo arqueológico que domina la ciudad de Atenas. Aunque fuera un miércoles de Mayo un río de turistas remontaba cual salmones la empinada cuesta, nos abrimos paso y disfrutamos una vez más de una de las maravillas de este mundo.

Qué monumetoS!!!
El peñón!

El templo de Atena, el odeón de Herodes, el Partenón y las vistas privilegiadas de Plaka, Monasteriki, el Pyreo y demás barrios de la ciudad. Caminamos mucho y seguimos visitando otros centros arqueológicos esparcidos por la ciudad hasta que llegó el momento de reencontrarse con… LA CERVEZA!!! (que tanto echamos de menos en Iran…) Qué momentazo! Pero también, qué sueño! Prácticamente no habíamos pegado ojo en la noche anterior y nos esperaba una desgarradora y agotadora noche de “hasta prontos”, así que nos acostamos un rato.

También estuvimos en plaza Syntagma!
Plaka Plaka!

Salir para cenar (grácias Àlvaro) y probar las mejores especialidades Griegas, sentados en la calle de un barrio “cuqui”, pero no demasiado, fue un placer. Abrazos, copas y exaltación de la amistad, todo fue muy rápido, llegó el momento del adiós, al despuntar el alba apurábamos 11 meses juntos, nos separamos (momentáneamente) de Àlvaro.

Pausa…

Y seguimos…

Sylvia llevaba unos meses preparando nuestra visita y nos esperaban dos gratas sorpresas. En primer lugar llegó Gerard, otro gran amigo del grupo de capoeira y por la tarde, como si fuera lo más natural del mundo, nos embarcamos en un velero para descubrir el mar Egeo.

Un amigo de Sylvia y Ioannis es capitán de barco y entre 9 personas alquilamos un precioso velero para pasar un fin de semana de sueño. Cenar en un pequeño puerto, descubrir el “Scordallá” (delicioso y simple puré de patatas y ajo que suena a pueblo de Cataluña), atracar en una isla dónde solo hay ciervos y pavos reales, cantarle a la luna con el Ukelele de Gerard y navegar a vela sintiendo el viento en la cara son grandes recuerdos que guardamos preciosamente en la memoria de este viaje.

Foto: Sylvia Kouveli
Cervecita y mar!
Smiling Trabajacionistas!
Foto Sylvia Kouveli

De vuelta a puerto, David y yo teníamos 3 días antes de ir a Milos y encontrarnos con Charly. Elaboramos un rápido plan: alquilaríamos un coche e iríamos a descubrir un poco el Peloponeso. Ahora ya podemos decir que fue una maravillosa idea: descubrir playas casi desiertas (gracias a los sabios consejos de Charly), cenar una riquísima ensalada griega, boquerones, pulpo o calamar con un buen vino blanco en la única taberna abierta, dormir en la arena (o sobre los guijarros) y despertar al despuntar el sol para meterse en la fresca agua de finales de mayo! El mismo plan durante 3 días, que poco hace falta para ser feliz!

Cenaremos Pulpo…
…y dormiremos aquí!!! Pura Felicidad!

Durante el día vimos el estrecho de Corinto, pueblos medievales como Nafplio (lleno de buganvilias enormes), la roca de Monemvasia, Esparta o el monasterio de Mystras. Todo de una gran belleza. Nos fuimos dando cuenta a cada paso de lo mucho que se asemejaba ya el paisaje a España, los olivos, los pinos, la comida, poco a poco se notaba, se sentía, era el regreso a casa.

Estrecho de Corinto
Nafplio
Espectacular Monemvasia
Mystras, pinos olivos y alguna culebrilla!

Devolvimos el coche y lo cambiamos de immediato por un gigantesco ferry que nos llevaría del Pyreo a Milos, allí nos esperaba un sonriente y hambriento Charly. Una Musaka y unos vinos después ya nos sentíamos isleños!

A la mañana siguiente otro sorpresón casi hace que se me disloque la mandíbula, llegó Rodri un amigo del alma de hace casi 25 años, para unirse al grupo! Éramos un quarteto perfecto, y glotón!

Charly nos enseñó a preparar “Dakos”, un desayuno deliciosamente contundente que no os podéis perder (escoged el queso adequado, se llama MYZITHRA sino, no sabe igual) y nos montamos en nuestro coche para descubrir la isla. Qué playas! Milos es pequeña, pero tiene por lo menos más de 30 calas que vale la pena conocer, algunas remotas y aisladas, otras más accesibles, creo que es una opción perfecta para ir en pareja ya que incluso en temporada alta no me pareció que se pudiera saturar tanto como Santorini o Mykonos, no es especialmente cara, se come de miedo y creo que ya os he dicho algo sobre sus playas, os dejo que las veáis!

Y ese color? Es el caribe? No, es Milos!
Será Firiplaka, será que soy feliz?
Sigue el camino de Charly, seguro que te aconseja bien (Tripuniq).
La impresionante Kleftiko!
Sarakiniko
Rodri y David debatiendo en Sarakiniko si esta noche cenamos medio kilo de carne por cabeza o con 400gr ya es suficiente.

Fueron 5 días de explorar rincones, de cerveza en cerveza, de tapa en tapa no nos dió tiempo a conocer ni la mitad de la isla. Nos alojamos en un aparthotel que tenía una enorme barbacoa, os puedo asegurar que echaba humo! Disfrutamos del buen comer y de la buena compañía. Milos. ¿Cuántos sitios maravillosos puede atesorar mi memória?

De nuevo nos teníamos que despedir, nos dejaron Charly y Rodri y nos fuimos a Santorini para reencontrarnos con Jona, nuestro Chileno favorito! Jona nos acogió en su piso a nuestro paso por Santiago e hicimos tan buenas migas que decidió unirse a nosotros en Grecia.

En Santorini se empezó a notar el flujo creciente de turistas, ya estábamos a 10 de Junio, pero si uno alquila una moto (8€ al día) y se aleja de Fira puede descubrir auténticas perlas como el faro, Ia, Perissa o sobretodo Pyrgos.

Fira, Santorini
Pyrgos, Santorini

Tocaba despedirse de nuevo, por mi parte volví a Atenas para reencontrarme con Sylvia y Ioannis que me querían acompañar a Meteora, David y Jona se dirigieron a Creta. El trío Willy se dispersaba definitivamente, un ocaso un poco brusco, casi como el del Barça de Luis Enrique, definitivamente esto se acaba. Pausa…

Puesta de sol en Ia

Y seguimos!

Decidido a alargar un poco más esta aventura y a no acabar la vuelta al mundo sin pisar Italia, Sylvia, Ioannis, Haroula, Murgo y yo nos fuimos a pasar el fin de semana a Meteora. De nuevo un panorama de película (o de serie de HBO) un auténtico Nido de Àguilas digno de visitar. La lluvia no logró arruinar las vistas y aún menos la deliciosa noche de juegos que siguió. Fué un fin de semana muy especial en el que también iniciaba mi viaje en solitario. Una despedida más y me fuí a Ioannina.

Ioannis y Murgo!
Montserrat tiene muchos hermanos en el mundo
La lluvia le dió aún más misterio
Bruma y monasterios
Montserrora
Penúltima despedida!

Para que no me sintiera tan solo me acogió una joven y simpática couchsurfer y sus amigos, de pronto me vi en una residencia de estudiantes, en un campus en época de exámenes, rodeado de veinteañeros, disfrutando del bar de la facultad. Un poco extraño al principio, me llevó unos diez minutos sentirme en mi salsa. Volví a mi Erasmus de Toulouse, aunque les sacara 15 años podía ser un doctorante o un estudiante en prácticas en esa facultad (sigue soñando). La ciudad está rodeada de montañas y tiene un precioso lago en el centro, última etapa antes de coger un ferry hacia Italia el mismo día que cumplía un año de viaje. El principio del fin.

Ioannina
Juventud!

Desierto, montañas y el Golfo Pérsico

Un abrazo largo, apretado, intenso y nos despedimos de Kim en Shiraz. Después de 10 meses sin tener a «mi mejor amigo» cerca, ha sido un lujo viajar con él de nuevo, revivir sensaciones de hace 8 años y poder disfrutarlo un tiempo demasiado corto.

Nuestros pasos se dirigen a Kermán, dónde nos espera un desierto escoltado de montañas que superan los 4000msnm.

Tenemos la suerte de ser los únicos turistas que se acercan a Bam el día que vamos a la ciudad de adobe más grande del mundo, una tarde gris mitiga el intenso calor. Arrasada en 2003 por un fuerte terremoto y parcialmente reconstruida en estos 14 años, la ciudadela se erige imponente sobre una colina y recorremos en solitario el bazar, los restos de la mezquita, la plaza y el antiguo barrio Judío de la ciudad.

For our eyes only

Tomamos un taxi para visitar los atractivos turísticos que rodean Kermán. Primero, Rayen, otra construcción de adobe duerme al pie de las montañas rodeado de desierto.

También en medio de un mar de pedruscos aparece de golpe un esplendoroso jardín, una fuente caudalosa discurre a varios niveles a través de los cipreses, las rosas y los jazmines, el agua parece fluir directamente desde los nevados picos que asoman tras el palacete.

Nos acercamos a los Khaluts, devoramos kilómetros de arena, un par de oasis con sus plantaciones de palmeras, calurosos caravanserais de adobe y por fin divisamos estas curiosas formaciones rocosas. El sol va alargando las sombras de estos castillos de arena a medida que deambulamos sin rumbo por el desierto. Observamos la puesta de sol y volvemos al coche para pasar la noche en un oasis cercano.

Los Khaluts
Treinando

8 Horas de bus nos llevan a Bandar Abbas, a orillas del Golfo Pérsico.

Surcamos en silencio el estrecho que separa las islas del continente, se nos empañan las gafas de sol cuando salimos de la cabina con el aire acondicionado a todo dar, la visibilidad es reducida. El barco hiende el agua entre Qeshm y Bandar Abbas, el Golfo Pérsico que hemos conocido, vive submergido en una agobiante neblina.

Amarrados en el estrecho, decenas de barcos esperan para vaciar o llenar sus panzas en el puerto de Bandar Abbas, dormitan entre la bruma, asfixiados por el calor y oprimidos por la humedad. De día son naves fantasma, ancladas entre el cielo y el mar, flotan en la nada, de noche unas luces más, espejando la bóveda celeste.

Suspendido

Hemos pasado 4 días entre la pequeña isla de Hormoz, una inmensa montaña de sal y arena rojiza que tiñe y adereza las aguas del golfo y Qeshm, otro desierto y otra maravilla para los geólogos.

Ambas islas comparten un paisaje árido, tacaño en sombras, con montes arenosos. Las recorremos, en Tuk Tuk la primera y en taxi la segunda. En Hormoz unas gazelas se pasean a sus anchas por las rocas, se confunden con el paisaje y nos preguntamos de dónde sacarán el agua en este peñasco dónde los raros charcos que hemos visto, rebosan de cristales de sal. Admiramos su costa escarpada y nos sumergimos en sus cálidas y saladas aguas, notamos que flotamos con facilidad. Algunos locales también se dan un chapuzón, aunque las mujeres, con un poco más de ropa que nosotros.

En trikini

 

Todo Hormoz es una montaña de sal
El golfo se tiñe de rojo

El día que rodeamos Qeshm, primero nos topamos con unos camellos a los que sus dueños lavan en aguas tranquilas y poco profundas, sobre la arena unos barcos se desintegran lentamente con el paso del tiempo. La costa norte nos sorprende con un color casi caribeño, dejamos atrás unos manglares, único punto verde de la isla y llegamos a un cañón cincelado por el agua y el viento.

Camellos en remojo
Cementerio de barcos

Por último nos adentramos en una enorme cueva de sal que viaja casi 7 km por las entrañas de Qeshm, aunque nosotros solo recorremos unos 300m es suficiente para ver estratos de colores y paredes supurando blanca sal.

Una boca salada

Finalmente 18h de tren nos devuelven a Teheran esta vez nos quedamos en casa de Marieh, decidimos disfrutar de su terraza y evitar lo más posible el loco tráfico de Teheran (aunque seáis viajeros habituales de países asiáticos, si creéis que lo habéis visto todo, venid a Irán: no saben lo que son los carriles, no les interesa saber que circulan en contra dirección, la distancia de seguridad ronda los 10cm y hacer marcha atrás en plena autopista es algo habitual). Cena de despedida con salmorejo y empanada Willyes y vino casero y arroz Indio proporcionado por Marieh. Despedimos la antigua Persia con un gran sabor de boca.

De separaciones y reencuentros

Tenemos pendientes posts de nuestro paso por Filipinas, Singapur e Indonesia, pero haciendo una pirueta en el tiempo, me permito relatar nuestras vivencias del mes pasado en Sri Lanka (debido a varias circunstancias, en la mayoría del trayecto viajé solo).

A las pocas horas de aterrizar en Sri Lanka y con Mercedes como una Willy más, nos dirigimos a Kandy, ciudad que nos decepcionó un poco. Aunque la visita al «Sri Dalada Maligawa» (o el templo del diente de Buda) merece un mordisco (!), el bello lago del centro de la ciudad está rodeado por una ruidosa carretera dónde los tuk tuks y los buses se amontonan pitando, lo que le resta encanto. Probamos nuestros primeros Kotu Rotis (naans con puerro, tomate, cebolla… deliciosamente fritos y cortados en pedazos sobre la misma plancha, con dos cuchillas que se mueven a ritmo de batucada) y rollos vegetales fritos, y nos convencimos que la comida en Sri Lanka es una delicia. También nos desquitamos un poco de la ley seca impuesta por la Sharia en Aceh, dónde pasamos los 6 últimos días en Indonesia, doblando varias cervezas en un bar con vistas a la ciudad.

Feligreses en el templo del diente de Buda

Con una ligera resaca, el grupo se dividió y Álvaro y yo nos dirigimos a Sigiriya, para ver la roca del León, mientras Mercedes y David se dirigían al sur atraídos por las olas del océano índico.

Subir a la mole rodeada de jungla y pasear entre ruinas del siglo quinto es realmente impresionante, pero el hacerlo junto a una horda de turistas (que aprovechaban la semana santa) y tener que llegar a hacer cola en las empinadas escaleras que llevan a la cima, puede ser una tortura. La verdad es que en vistas del abusivo precio (35US) se puede optar por visitar únicamente la roca que se alza en frente a la del león (5US) y en que la tarde anterior tuvimos unas vistas igual de privilegiadas con solo una quincena de personas alrededor.

Solos ante el Rey de la jungla

Al día siguiente, nueva mitosis, Álvaro se dirigía a Córdoba a acompañar a su familia unos días y yo enfilé hacia el norte.

Las ruinas repletas de turistas

Llegué a Anudarhapura después de muchas horas de bus y con ganas de estirar las piernas, así que al rato me encaminé hacia las ruinas a pie.

A unos 3km del centro se encuentran varios sitios arqueológicos que cubren una extensión de 40km2 (ojo!). Anudharapura fue la capital de los Cingaleses y el centro del Budismo en el sudeste asiático desde el siglo IV a. C. hasta inicios del siglo IX d. C. así que ya os podéis imaginar la cantidad de templos y estupas que tuvieron tiempo de construir en ese periodo.

En efecto, entre lagos y parches de jungla repletos de monos descarados, se alzan espectaculares construcciones de hasta 70m de altura, algunas con más de XV siglos de antigüedad.

Un monje orando mientras rodea la estupa

Me dediqué a caminar en solitario por entre los templos, a cada paso tropiezas con yacimientos arqueológicos a medio reconstruir, y a cada claro de jungla, entre los árboles, aparece la cúpula redondeada de una nueva estupa.

En una de ellas encontré un monje, con un cartel a sus pies que rezaba: «No me den dinero, no lo uso, no me den comida, no entablen conversación conmigo, fotos y videos ok, 3pm a 7pm». Al parecer, este hombre dedica, cada día de su vida, a permanecer de pie, meditando en silencio durante 4h. No me negaréis que es, por lo menos, curioso.

El momento más espectacular fue cuándo al declinar el sol, una banda de unos 50 monos (que momentos antes devoraban las flores depositadas por los fieles como ofrenda), se encaramaron a la estupa de ladrillos para sentarse y observar la puesta de sol.

Que no te pillen fumando flores

A la mañana siguiente alquilé una bici y seguí visitando templos y estatuas de Buda, pero no conseguí llegar al clímax del día anterior así que esa misma tarde decidí dirigirme hacia la costa.

Mar de nenúfares

Días de relax en Trincomale y Arugam Bay, a destacar algo de surf, algún paseo, un mucho de lectura y sobretodo una salida en moto con encuentros paquidérmicos.

Trincomale tiene un fuerte construido por los holandeses durante su ocupación, dentro, en lo alto de una colina hay uno de los templos más antiguos del Budismo, dedicado a SHIVAAAA!!!. Entre las murallas del fuerte, deambulan tranquilos, una manada de ciervos. El ambiente es bastante bucólico y merece una visita aunque también deberíais evitar las horas más calurosas del día. Llegué a la ciudad después de recorrer los 6km de playa que separaban mi hotel del centro, paseando entre cientos de barcas de pescadores coloridas y malolientes y empapado en sudor. Un par de noches solitarias y tranquilas comiendo pescado y gambas me bastaron y me subí a un nuevo bus hacia el sur. Siete horas para recorrer menos de 250km! Los desplazamientos en Sri Lanka no se diferencian mucho de los de Indonesia, aunque las carreteras son mejores, los buses paran cada 500m para subir o dejar algún pasajero que salta del mismo, casi en marcha, mientras grita “hari hari” (tira tira!).

Los pescadores se dan un respiro
SHIVAAAA!

En Arugam Bay el ambiente es muy relajado, grupos de surferos se instalan en una cabaña frente a la playa, a veces durante meses y se dedican a cabalgar las olas, pasear por las playas, comer deliciosos «rice and curry» y a descansar en una hamaca mientras pasan los días… Solo estuve 3 días pero vi que uno se puede acostumbrar muy rápido a este ritmo (y gastando menos de 15Euros al día!).

Una tarde, alquilé una moto y me dirigí a Elephant Rock dónde si uno tiene suerte, puede avistar elefantes. En Sri Lanka, las zonas de jungla rebosan de elefantes, cocodrilos, serpientes y pájaros. Así pues, sin necesidad de contratar un safari, y solo a unas decenas de metros de la carretera principal, avisté mi primer elefante en libertad. Estuvo un rato pastando tranquilamente, mientras le observaba a una distancia prudencial. De pronto, sin aviso previo, hizo unos diez o doce pasos trotando hacia mi, con cara de pocos amigos y la trompa en alto. Salí zumbando, pies para qué os quiero, tirando la botella que tenía en las manos y dejando abandonada a su suerte la moto alquilada tras de mi. No recorrí más de 20 metros, enseguida vi que perdía el interés en mi. Pero tomé nota. En mi segundo encuentro con otro gigante, me guardé bien de bajarme de la moto, la dejé encendida y con la cámara colgada al cuello para poder huir en caso de embestida, por suerte, no fue necesario.

Llegaba el momento del reencuentro así que me fui acercando a la costa sur este, previo paso por la región de Ella, uno de las experiencias más bellas de todo mi viaje, si gustan, acompáñenme hasta allí.

Detalle de las luces del tren

Estoy en el brumoso pueblo de Haputale, son las 6 menos cuarto de la mañana y antes que suene el despertador, ya estoy en pie para ducharme, arreglar la mochila y engullir una samosa bien picante mientras sorbo un té ardiendo.

Subo al primer bus que trepa hasta la colina dónde el Sr Lipton decidió instalar su fábrica de té y repaso mentalmente las imágenes del trayecto que ayer hice sentado en la puerta abierta del tren entre Haputale y Ella. Un trayecto pausado, de una hora y media entre verdes valles viendo la vida pasar y recordando un viaje a la India 12 años atrás. Dentro del vagón a penas cabe un alfiler y mientras el aire me da en la cara, sonrío bobamente. Asomándose, uno ve la máquina y los vagones delanteros, también otras cabezas (pies y brazos) curiosas, que observan el paisaje. En tierra, la gente espera a que pase el convoy, saludando con una sonrisa o con cara de indiferencia, trabajadoras de los campos de té o habitantes de las casas construidas en las orillas de las vías, peatones o filas de coches esperando a que se levante la barrera.

No cabe nadie más!

No son ni las siete de la mañana cuándo desciendo del bus y empiezo a caminar. Enseguida me envuelven campos de té hasta dónde alcanza la vista y cuándo subo las primeras cuestas hasta dónde el sol ya calienta, de varios caminos adyacentes, aparecen grupos de niños que se dirigen a la escuela o mujeres que van a trabajar.

De pronto las colinas a mi alrededor hormiguean de mujeres que van llenando los sacos que, amarrados en la frente les cuelgan por la espalda. Las dirigen unos hombres que una vez han repartido a los grupos, se paran a conversar tranquilamente.

Alcanzo el punto más alto de la colina y contemplo los valles que me rodean, completamente cubiertos por plantas de té. Decido perderme un rato por otras colinas y allí descubro, al fin, un grupo de hombres trabajando arduamente, podando las viejas plantas y recogiendo las ramas agachados entre hileras, dicho esto, la proporción es desigual.

Fue uno de los mejores paseos que he echo en este viaje, las formas onduladas de las filas de arbustos ejercían un poder hipnótico sobre mi, no podía dejar de sacar fotos y mirar alrededor con felicidad.

Llegó el día, después de 10 meses juntos, 10 días separados parecen una eternidad, David y yo nos reunimos para esperar a Álvaro en Mirissa, pueblo turístico y de surfeo que me cogió desprevenido. El Sri Lanka que había visto hasta entonces era un país tranquilo, que se acuesta a las 10 de la noche y despierta a penas despunta el sol, aunque hubiera turistas no me había topado con algo como Mirissa. La playa está salpicada de restaurantes que durante el día colocan tumbonas y colchones para los veraneantes y de noche mesas con velitas para la cena. Cocina, nacional, internacional o pescado a la plancha y cada noche una fiesta en un bar distinto. Si normalmente aborrecemos un poco estos sitios, debo admitir que nos fue como anillo al dedo para celebrar el reencuentro y cuándo al día siguiente Álvaro se presentó con unos sobres de Jamón Serrano ofrendados por su santa madre, nos sentimos en la gloria.

En Mirissa también se pueden avistar ballenas, aunque solo alcanzamos a ver el surtidor, el lomo y la cola en varias ocasiones, imaginar al gigantesco animal de 30 toneladas y más de 30 metros de largo, que se mueve a pocos metros de la barca es una experiencia emocionante.

Pescadores típicos de la zona de Mirissa

Así pues, playa, cervezas, algo de surf fueron una fantástica despedida de Sri Lanka antes de embarcarnos hacia Irán.

Antes de despedirme, un apunte:

Cómo ya he mencionado, la comida de Sri Lanka es excelente, pero, como en muchos países, lo son menos sus normas de higiene. En los restaurantes, las samosas y los naans estan apilados en la vitrina. Cuándo entran, algunos clientes tocan los naans para ver si están calientes, y una señora te planta en la mesa un surtido de fritos variados, que obviamente coge con la mano, uno come los que quiere y deja el resto, que vuelven a la vitrina, con la mano. El control de la rotación de estos deliciosos aperitivos y el número de veces que pueden pasar por las manos de varias personas es un misterio, pero ni se os ocurra dejar de pedirlos!

Ricas samosas. ¿Cuántos días llevaran aquí?
Rollos de vegetales, atún o pollo fritos
Naans repletos de vegetales

 

 

 

 

Sorpresa Nipona

Como un lote de Navidad, un desayuno en la cama, una caja de bombones o un ramo de flores llegó Japón a nuestra vuelta al mundo. Al buscar billetes entre Santiago y Manila el buscador desvelaba que el trayecto más barato, hacía escala en Tokio (y México DF, y Atlanta, y Houston, pero vamos que paraba en Tokio), otra feliz coincidencia fue que mi primo Edu (sí, uno más) reside en Tokio desde hace ya unos años. Lo contacté, poco menos que nos auto-invitamos y resolvimos que toda vuelta al mundo sin parada en Oceanía no es vuelta al mundo (no me seáis puntillosos con África que si nos ponemos…) así que decidimos alargar la escala 13 días.

El dulce patrocinio de United Airlines nos costó un día menos de estancia en el país del sol naciente, pero encajamos el golpe con un humor 5 estrellas (purrumplás!).

Después de 8 meses al sol, con muy breves etapas de frío Andino (no muy riguroso por cierto) las puertas automáticas del aeropuerto nos parecieron las del ártico, el frío nos heló los huesos hasta que divisamos a mi primo embutido en un anorak y su abrazo me dio la primera muestra de calor con el que él y Yuri nos agasajaron durante nuestra estancia en su casa, empezando por el pan recién hecho que horneaban todas las mañanas para el desayuno.

Nos subimos al coche y empezamos a ojear a nuestro alrededor como el que nunca ha salido de su casa, la autopista se fue estrechando hasta asemejarse a una pista de excalextric que serpenteaba entre la densa ciudad Nipona. El barrio dónde residen Yuri y Edu nos recordó a un pueblo, tranquilo, con calles estrechas, coches que parecían de juguete, sin acera y ordenadas casas de no más de 3 plantas. Ni una bocina en medio de la aglomeración urbana más grande del mundo (36 millones de habitantes y poco más de 13 millones en su núcleo urbano según la Wikipedia).

Una vez instalados nos acompañaron al centro para degustar uno de los primeros suculentos platos de la cocina nipona, el tonkatsu, tierno cerdo empanado que sabía a cielo.

El primer día, enfundados en mallas y camisetas térmicas recorrimos la distancia hasta Shibuya caminando y sorprendiéndonos con infinidad de curiosidades, los templos y cementerios sintoístas con sus plegarias y deseos colgando, las máquinas expendedoras de billetes para comida, perros transportados en cochecitos para bebés, la prohibición de fumar en la calle con los consecuentes puntos de vicio abarrotados, el archiconocido baño con calentador de asiento y distintos chorros de limpieza, la infinidad de gente ataviada con una máscara quirúrgica, el tráfico denso pero fluido, los restaurantes con sus habituales paños colgando de la puerta, disfrutar en uno de ellos de un teppanyaki dónde los cocineros manejan la plancha y las palas con una habilidad mareante, el triple paso de peatones más concurrido del mundo, los inmensos luminosos y un larguísimo etcétera. Una de las cosas que más nos llamó la atención fue el sepulcral silencio que reina en los metros y trenes de la ciudad, la gente no habla por teléfono, aunque la mayoría no le quita el ojo de encima, no se escuchan las raras conversaciones ajenas, mantenidas a un nivel de voz que raya en el susurro, tampoco se cruzan miradas, la gente espera ordenadamente que llegue su tren en puntos señalados en el suelo, en fila y en silencio. La limpieza de las calles, aunque no haya papeleras, es inmaculada, y todo respira una asepsia casi turbadora. También se respira seguridad aunque los policías que vimos en la calle se pueden contar con los dedos de una mano.

Nos lo llevamos que en el comedor cabe
Se parece más al padre o a la madre?
Shibuya!

En contrapunto a esta poca demostración de júbilo y espontaneidad encontramos l@s cazadores de client@s, en todo lugar, pero especialmente en el barrio de Akihabara, jóvenes vestid@s de forma estrafalaria y a veces armados de un micrófono, te asaltan en la calle para que entres en un restaurante o en un centro recreativo de 5 o más plantas. Este es el paraíso de los Otakus. Ver a estos adolescentes asociales, que siguen patrones a velocidades de vértigo en pantallas de videojuego cada vez más sofisticadas, es un auténtico espectáculo. Al sujeto del vídeo (pulsen el link) lo aguardaba, con cara de circunstancias y paciencia infinita, la que supuse era su madre. Las manos enfundadas en unos guantes blancos pulsaba botones como poseído, pero al mismo tiempo con tempo. Nosotros también paseamos entre las máquinas recreativas, de las más antiguas a las más incomprensibles, nos atrevimos con el Mario Kart o una máquina de Star Wars pero ni siquiera buscamos comprender como se podían mover ejércitos enteros en una pantalla arrastrando cartas de Magic en un tablero.

También hay edificios enteros con películas pornográficas de los más sorprendentes estilos (por calificar algunas portadas que vimos), aunque en las películas se pixelan los genitales de los protagonistas (!), edificios con figuritas de manga de coleccionista, edificios con una estatua de un robot primo hermano de Mazinger zeta de unos 20 metros de alto…

Otra gran afición de muchos Japoneses consiste en encerrarse durante horas en un karaoke, algunas puertas entreabiertas nos dejaron ver a jóvenes vestidos como sus ídolos pop, desgañitándose frente a pantallas triples que abarcaban 3 paredes de la habitación. Igual que estar en un concierto y sentirte una estrella pero con sofás y solícit@s camarer@s que te abastecen de comida y bebida. En la calle en cambio, mirada al suelo y respeto cortés, aunque si preguntas una dirección, harán todo lo posible para intentar comunicarte, en su pobre inglés, como llegar al sitio deseado.

También entramos en un Izakaya en el que ofrecían barra libre durante un tiempo determinado. Un local con una densa nube de humo y con apartados que se cierran con paneles correderos, en la mesa de al lado un joven traspasó la delgada línea que separa la alegre borrachera de la indisposición, acabó vomitando en su propio vaso y en la mesa. Asombrados vimos como, sin levantar una ceja, los camareros se afanaban a limpiar el desaguisado mientras su amigo, que andaba en un estado similar, lo arrastraba hacia el exterior del local. Ni un reproche. En otro Izakaya nos invitaron a sake y probamos alguna delicatessen señalando los platos ya que cuándo intenté pedir del menú me hicieron entender que lo estaba ojeando al revés!

Visitamos Shinjuku, y otros barrios de la ciudad, pero en Tokio lo que más disfrutamos fue la compañía de Yuri y Edu. A parte de preparar un banquete en su casa, Yuri nos invitó a unirnos a la fiesta de cumpleaños de su madre, no desvelaremos su edad pero diremos que se mostraba envidiable a sus años, de manera muy cortés y educada hicieron todos los esfuerzos posibles para que pudiéramos comunicarnos pese a la barrera idiomática. El padre de familia hizo unas pegatinas con nuestros nombres en Japonés y los nombres de toda la familia escritos en nuestro abecedario. Después nos propuso ir a un Onsen (del que no permitió que pagáramos la entrada) y nos zambullimos de pleno en una de las más sorprendentes costumbres Japonesas. Los Onsen son baños públicos, en general alimentados con aguas termales, en los que con una falta de pudor absoluto, que contrasta con la sobriedad y lo celosos que parecen de su intimidad en la calle, los Japoneses se reúnen para deambular por distintas piscinas, saunas y duchas como Dios los trajo al mundo. Hombres y mujeres convenientemente separados, eso sí. Hay que empezar con una escrupulosa limpieza corporal, todos sentados los unos junto a los otros en un taburete de plástico, con abundantes baldeos de agua, algunos aprovechan para afeitarse, cuando uno está limpio pasa a la zona de baño, piscinas a diferentes temperaturas, de burbujas, de chorros de masaje, de suave corriente eléctrica… con un paño en la cabeza uno se relaja o departe amistosamente, aunque siempre en voz queda.

Limpios y relajados disfrutamos de un auténtico festín en casa de los suegros de Edu, Sukiyaki y Yakinuku regados con vino Francés que abrieron especialmente para nosotros ya que ellos a penas lo probaron. Fue un día Japonísimo y nos encantó!

Believe it or not, seguimos en Tokio!

De Tokio nos fuimos a Osaka y Kioto dónde el frío recrudeció e incluso nevó, lo que hizo la visita mucho más dura aunque también mucho más hermosa. Caminamos de nuevo, avistando de vez en cuando a Geishas correteando por las calles. La visita al Kinkaku-Ji, el templo dorado de Kioto, la realizamos durante una corta pero intensa nevada, la paz del lugar se cubrió de un silencioso blanco, mientras la nieve que empezaba a cuajar, crujía a nuestros pasos.

Copazos de oro

Recorrer, con la boca abierta, los senderos delimitados por infinidad de toriis en el Fushimi Inari fue otro sueño cumplido, y ya son muchos. Desde la colina vimos una deslucida puesta de sol, pero no nos importaba, la luz que se filtraba entre los pórticos desiguales daba pinceladas mágicas al lugar. También nos refugiamos del frío en otro Onsen, este mucho más popular y simple que el primero al que fuimos, nos encantó relajarnos de nuevo entre miradas curiosas pero siempre discretas.

En Osaka está uno de los museos más visitados de Japón, el Kishiwada-Jo al descender sus diferentes plantas se explica como se consiguió la reunificación de Japón y es de los pocos sitios que tienen sus explicaciones en Inglés además de en Japonés.

En definitiva y pese al frío, caminamos por las tres ciudades descubriendo y curioseando un montón de lugares. Mercados en los que probamos todo tipo de comida, y más comida, jardines apacibles, una vista nocturna de Tokio desde el Tokio-To Chosha, visita tardía al mercado de pescado dónde probamos un excelente sushi a precio ajustado, la vista lejana del monte Fuji en un día claro, un bar con música en directo en Kamikitazawa en que la gente aplaudía muy someramente a los artistas al fin de cada canción, nada de grandes demostraciones, eso queda para la intimidad de cada uno… un país realmente distinto a todos los que hemos visitado hasta ahora, una serie de recuerdos que se han grabado a fuego en nuestras mentes.

La amabilidad y la deferencia llegan a su zenit al salir de Japón, en el aeropuerto, hay un policía que se despide de todos y cada uno de los pasajeros con una pequeña reverencia y un rápido “gracias por visitarnos”, “que tenga buen viaje”, “vuelva usted pronto”, y en la pista de aterrizaje vi al funcionario de turno dar las indicaciones al avión y finalizar con una profunda reverencia hacia el piloto.

Quiero agradecer una vez más a Yuri y a Edu su hospitalidad, quedé con muchas ganas de visitar el Japón no urbano, perderme en la costa o las montañas, llegar a pueblos remotos pero solo probamos un bombón de la caja, quedan muchos sabores por descubrir.

Quien quiera ver más fotos aquí, la conexión es muy limitada para subir en el post.

Conexión polémica

Algo que no sabréis, (porque no lo suelo comentar) es que hace 8 años hice otra vuelta al mundo. Muchas cosas han cambiado desde entonces, a parte de no sentirme más joven, la gran diferencia entre uno y otro viaje son: “los móviles”.

Queridos u odiados, pero ya imprescindibles en las vidas de la inmensa mayoría de los ciudadanos del primer mundo, nos otorgan la mayor capacidad de comunicación que hemos tenido nunca, al mismo tiempo que nos aíslan del entorno y de los que tenemos más cerca. Pero tranquilos no es mi intención tirar solo de tópicos sino explicar los pros y contras específicos del viaje.

Se que hace 8 años no vivíamos en la edad de piedra, ni emulamos a Nicholas Bouvier y Thierry Vernet que en los años 50 cruzaron desde Yugoslavia hasta Afganistán en un 2CV (recomiendo encarecidamente este libro ya que es mi favorito: “l’Usage du monde”), ni siquiera fue un viaje a lo hippies de los años setenta, pero el “Wifi” y el “Whatsapp” no existían… loquísimo verdad?

Recuerdo que cada 4 o 5 días acordábamos buscar un café internet, (saturadísimos en la época) y dedicar unas 3 o 4h a revisar mails, hacer algún Skype, leer la prensa o ver vídeos de gatitos en un incipiente Facebook (uno de los primeros Willies ni siquiera tenía Facebook!).

El cambio, con el “wifi”, ha sido mayúsculo, hasta en los lugares más remotos, ahora, hay “wifi”, y al llegar a cualquier hostal lo primero que hacemos es registrarnos y pedir la clave del mismo. Después de algunas horas de viaje, (no siempre desconectados ya que ahora también puede haber “wifi” en los autobuses, trenes o en una furgoneta de pasajeros de Colombia!), dejamos las mochilas y revisamos las últimas notificaciones.

(Y por cierto, no hablo de la opción, que existe, de comprar una tarjeta local con megas y entonces estar conectado las 24h.)

Se acabó esperar que se libere el ordenador que solía estar en la entrada del “hostel”. ¿Se acabó también el charlar con los demás huéspedes durante la espera sobre dónde han estado, a dónde van y de dónde vienen? En la sala común los ojos miran fijamente una pantalla, los dedos teclean veloces.

Sin comentarios, no en la foto, entre nosotros.

Con “Whatsapp”, se acabó dejar pasar varios días sin tener ni dar noticias a familia o amigos y sino atención a las consecuencias! Después de pasar 4 días en el Cuyabeno, en el Amazonas, (allí solo tenían Internet para emergencias pero incluso allí tenían!) sin postear ni escribir, encendí el teléfono y tenía dos mensajes de amigos preocupados, aún no habían llamado a los grupos de rescate, pero calculo que 48h más hubieran sido críticas.

“Google maps” se ha convertido en nuestro guía, se acabó la confusión y el perderse. ¿Se acabó también el preguntar e interaccionar con los locales?

A veces, llegas a ciudades en que la época hace que todo esté lleno, hace 8 años en Brasil y por carnavales, acabamos alquilando la casa de una chica que pasaba por allí, nos vio con cara de circunstancias después de haber buscado durante horas dónde caer muertos y nos ofreció su casa por un módico precio mientras ella se instalaba en casa de un amigo, acabó siendo una gran experiencia.

A veces llegas a inhóspitas ciudades entrada la madrugada, no apetece ponerse a buscar hotel, y menos en las inmediaciones de una poco recomendable estación de autobuses, en estos casos “Booking” nos evita el mal trago. ¿Se acabó el vivir la aventura (buena o mala) que hubiese comportado tener que sacarse las castañas del fuego?

Con “Uber” o con “Lyft”, al llegar a la estación de autobuses, podemos ir al hotel contratado en “Booking” sin siquiera esperar que aparezca un taxi o tener que discutir la tarifa con el conductor (que a menudo no dispone de taxímetro o no le da la gana usarlo), y siendo 3 personas, a veces los viajes salen igual de baratos que con buses locales, se acabó el esperar abarrotados buses bajo un sol de justicia. ¿Se acabó también el poder tomar ese bus local y tal vez conocer a «la chica del bus», se acabó el planear y estar condicionado con los horarios, se acabó parte de la magia del viaje?

A veces quieres una casa para ti, porqué has encontrado a otro grupo de viajeros y quieres celebrar el fin de año o una fecha especial con ellos,“Airbnb” te ofrece una solución.

Ojeamos “Trip Advisor” o mucho mejor, contratamos una guía exclusiva en “Tripuniq” para saber cuales son los lugares más interesantes de cada ciudad, para saber en qué restaurantes se puede comer bonito y barato. ¿Se acabó el dejarse guiar por el instinto, se acabó el darse la libertad de equivocarse?

Leemos la prensa a través de las aplicaciones de nuestro móvil. Como si estuvieras en el sofá de tu casa sigues como van las elecciones de EEUU al minuto. ¿Se acabó el enterarse al cabo de dos días del último resultado del Barca?

Aprendemos idiomas en nuestros ratos muertos con “Duolingo”. Ahora incluso puedes usar una app para reconocer los caracteres japoneses y traducirlos. ¿Se acabó el intentar descifrar qué dice una carta en Chino o Japonés, se acabó entrar en la cocina señalando los ingredientes o pidiendo el plato que tiene el vecino de la mesa de al lado?

Escuchamos nuestros programas de radio favoritos cuando estamos un poco nostálgicos, a través del “Podcast” con nuestros auriculares. ¿Se acabó escuchar la radio juntos en el coche, o aguantar el karaoke a todo volumen en un bus de Filipinas o el reggeaton de cualquier bus en sur américa?

Controlamos nuestro balance bancario a través de la app del banco, la última extracción o pago con tarjeta mientras recibimos un mensaje en nuestro teléfono. ¿Se acabaron las sorpresas al cabo de una semana (o un mes) al ver el extracto?

Usamos la magnífica app de “Settle Up” para apuntar cada gasto que realizamos y controlar qué deudas tenemos entre nosotros. ¿Se acabó el vivir pendientes de rellenar «el bote», ese monedero sin fondo, sin saber muy bien lo que te estás gastando?

Obviamente actualizamos nuestro estado y curioseamos qué hacéis en “Facebook”. ¿Se acabó el vivir más el aquí que el allí?

Cualquiera de estas afirmaciones no es siempre cierta, por eso las interrogaciones. Hemos buscado alojamiento decenas de veces a la vieja usanza, preguntando puerta a puerta. Hemos tomado buses ruinosos, abarrotados, viajado de pie durante horas. Hemos consultado viajeros y locales sobre dónde ir o si vamos por buen camino. Hemos comido en los primeros puestos callejeros que hemos encontrado. Sigo tratando de aprender a contar en Japonés o Filipino, como se dice «hola, adiós o gracias…» preguntando a los oriundos…

Lo que es innegable es que hay días que entre tanta App y tanta red social, me pregunto si el viaje no es otra cosa, estamos en lo de siempre, no hay porqué dejar de usar herramientas que son prácticas, ¿pero hasta qué punto es lógico no dirigirse la palabra en el desayuno o la cena porqué cada uno lee lo que han escrito en “Facebook”, “Twitter”, “Instagram” o las noticias? ¿Es el mismo caso si en lugar del móvil lo que ojea el otro es un periódico de papel o un libro?

Cada uno necesita sus momentos para sí, el que lee un libro (ahora ya, un libro electrónico) se aísla igual que el que lee un artículo en su pantalla o consulta el último mensaje en “Tinder”, pero hay días que me pregunto si hemos viajado juntos o con los que hemos dejado en otro lugar, si estamos aquí o allá.

¿Cuál es el límite?

Supongo que ya lo hemos superado en la rutina diaria. Veo que se repite lo mismo en muchos países, más o menos desarrollados, llegando a su punto álgido en el metro de Tokio, ni un cruce de miradas, todos fijando el móvil, pero podríamos estar hablando del metro de Barcelona o el de Buenos Aires y en el viaje, comparado al de 8 años atrás me parece que el viaje con el móvil es viajar sin moverse tanto.

El “wifi” permite inmediatez y las “apps” ayudan en la organización y la comunicación con los que dejamos lejos, pero se pierde comunicación inmediata con los que te rodean, (eso no es nuevo) y aunque igual te evita algunas complicaciones, tal vez te evite vivir aventuras increíbles que luego sean lo que más recuerdes, opino, al fin, que se pierde gran parte de la Magia y sin duda del Misterio que el viaje conlleva.

Y ustedes: ¿Qué opinan?

Cuando se nublan los sueños:

Llegar a Machu Picchu era un sueño que tenía desde hace años así que intentamos planificar un poco la visita, cosa que no solemos hacer. Compramos las carísimas entradas (46 USD y aumentando a 60USD en 2017), con unas 3 semanas de antelación (la entrada al Huayna Picchu, al que queríamos subir, está limitada a 400 personas por día y se agotan rápido) y estuve un par de días guardando cama para recuperarme de un simple resfriado, saltándome otras excursiones, para estar listo el 8 de Diciembre. Después de 5 días en Cusco el nerviosismo iba aumentando en mí.

Desde hace años también, sabía que llegar a Machu Picchu o no es barato o no es fácil, me explico:

Por el famoso «Camino del Inca», solo 48km separan Cusco de Machu Picchu, pero para ser uno de los que lo recorren durante 4 días, hay que reservar con mínimo 6 meses de antelación y pagar entre 400 y 500 dólares. Además hay que seguir al pie de la letra las indicaciones de los guías, duerme aquí, come aquí, descansa allá y camina ahora.

De Cusco a Aguas Calientes también hay un tren, pero el trayecto de ida y vuelta cuesta la friolera de 150USD, descartado.

Como dependiendo de la temporada, de 3000 a 6000 turistas DIARIOS, visitan la montaña, existe un trayecto alternativo y más barato, pero como decía, implica cierta complejidad, esta es la opción que otro compañero viajero bautizó ya hace años como «el camino del punki».

Contratamos pues, el transporte de los que no quieren, o no pueden permitirse esos lujos, el que sale de Cusco y va hasta la estación hidroeléctrica que alimenta toda la región de Machu Picchu y se encuentra a los pies de las ruinas.

Después de batallar un poco, conseguimos el trayecto de ida y vuelta por unos 15USD.

La carretera no va precisamente paralela al camino del Inca y los 48km se convierten en una odisea de unos 220km y 7 horas de recorrido, salvando un puerto a 4500msnm y una carretera de tierra final que se eleva sobre el río, digna de la famosa «Death road» de Bolivia, mirar por la ventanilla en algunas curvas era una prueba de fe.

Salimos pues a las 8 de la mañana de Cusco, embutidos en una de las numerosas furgonetas que diariamente acercan cientos de turistas a las ruinas Incas y después de 7 largas horas llegamos a destino.

De la hidroeléctrica sale otro tren que llega a Aguas Calientes, la verdadera base de salida hacia Machu Picchu, pero de nuevo, los precios son desorbitados. También está la opción de caminar por las vías del tren unas dos horas y cuarto para llegar a destino, obviamente, esa fue la opción elegida por los Willys (y por la mayoría de turistas en realidad).

Por dónde pasa el tren?
Por dónde pasa el tren?

Ya teníamos ganas de estirar las piernas así que no nos importó que al principio cayeran 4 gotas mientras seguíamos las vías paralelas al brioso río y observábamos la montaña de Machu Picchu alzándose vertical hasta los 3082msnm, unos 1200 metros por encima de nuestras cabezas.

Montaña y Huayna Picchu vistos desde atrás
Montaña y Huayna Picchu vistos desde atrás

Los jirones de nubes aferrados a las verdes laderas aportaban misterio al lugar, y de vez en cuando divisábamos ya, a lo lejos, parte de las ruinas Incas que íbamos a descubrir al día siguiente. La lluvia cesó, y paseando sin prisa, devoramos la suave pendiente hasta llegar a Aguas Calientes sobre las 17h30.

Corred insensatos, que viene el tren!
Corred insensatos, que viene el tren!

Este pueblo recibe a diario la ingente cantidad de turistas que visitan Machu Picchu, gente que en general, pernocta una o dos noches en el lugar y no vuelve nunca más. Esto significa que el pueblo es en realidad una sucesión de hoteles, tiendas de artesanía y restaurantes, con insistentes caza turistas que te ofrecen promociones para que entres en su local, ya que saben que solo tienen una oportunidad.

Aguas Calientes se encuentra a 2040msnm y la entrada a Machu Picchu a 2430msnm, estos escasos 400m de desnivel se pueden salvar a pie, subiendo unos empinados e interminables escalones, o en bus, previo pago de 12USD (ida). Mi romanticismo más que mi tacañería, me hicieron optar por lo primero, mis compañeros subirían en bus. Aunque pueda parecer una imbecilidad, quería disfrutar de cada paso, de acercarme y saborear cada escalón, también ser de los primeros en pisar el recinto ese día, me apetecía poner un poquito más de conciencia, eso es todo. Así pues, poco después de cenar me fui a acostar, tocaba diana a las 04am.

Antes que sonara el despertador ya tenía los ojos como luceros, lo apagué, me deslicé sin ruido de la litera de arriba del dormitorio, me lavé la cara, me vestí y me tomé un té en el desierto comedor del hostel antes de salir en plena noche a la calle. No me sorprendió ver que no era el primero, eran las 04h20 y en las calles pequeños grupos enfilaban hacia el puente o hacia la parada de bus (el primero no sale hasta las 5h30 pero si uno quiere estar en él, tiene que estar allí una hora antes).

Unos cortos 15 minutos de bajada me acercaron hasta el puente que permite el ingreso al museo de sitio, allí había ya, por lo menos, un centenar de personas que esperaban pacientes que abrieran, a las 05am.

Acaban de abrir el puente, los mochileros pobres atacan!
Acaban de abrir el puente, los mochileros pobres atacan!

Puntuales, los guardas nos hicieron ingresar con las primeras luces del alba. Cruzamos el puente y en fila india comenzamos a atacar los escalones que suben recto, cortando la zigzagueante ruta que hacen los buses que suben y bajan sin descanso durante todo el día.

En los primeros compases todos juntos
En los primeros compases todos juntos

Observaba con un poco de preocupación como las montañas que me rodeaban no se desperezaban del todo de las nubes, pensé que a medida que subiera el sol eso tenía que mejorar.

Sin prisa pero sin pausa fui ascendiendo y la fila se fue haciendo menos densa, en cada recodo algunos turistas paraban a descansar o a desayunar algo, a media subida ya fui disfrutando los tramos de soledad, adentrándome más y más en mi día especial.

En 45 minutos llegué a la entrada, por lo menos 40 personas formaban ya una fila de cuerpos humeantes, el esfuerzo se hacía notar.

De nuevo esperamos pacientes a que abrieran las puertas a las 06am mientras la gente llegaba con cuentagotas. Recuperé energías con unas galletas y un par de plátanos y casi cruzaba la entrada cuándo bajaron del primer bus el resto de Willys.

Una vez reunidos empezamos a explorar el lugar, después de un par de recodos, podías estar completamente solo, y casi nos pareció místico que las ruinas estuvieran bañadas por la niebla y apenas pudieras ver a más de 30m, quedaba tiempo para que el clima mejorara pero en realidad, mirando a mi alrededor, tenía claro que la nubosidad había aumentado.

Unas llamas nos cortaron el paso y temerosos de una coz o un escupitajo, los 3 machos esperamos a que Laura las ahuyentara con airosos aspavientos…

Llamas en la niebla y Laura Goodall
Llamas en la niebla y Laura Goodall

Hasta las 7h00am no podíamos acceder al Huayna Picchu, la escarpada «nariz del Inca» que sube hasta los 2720msnm (o sea 300m más), así que dimos unas vueltas alucinando con la conservación del lugar y el ingenio de los Incas, sus construcciones han resistido el paso de los años y de varios terremotos. Es particularmente impresionante el perfecto encaje de las enormes y pulidas piedras, el templo del cóndor, el templo del sol y de la luna…

Llamas con efecto, by Laura.
Llamas con efecto, by Laura.
He comentado que había niebla?
He comentado que había niebla?

De nuevo hicimos cola para acceder al Huayna Picchu y empezamos a subir los inclinadísimos, pequeñísimos y resbaladizísimos escalones para admirar las increíbles vistas de las ruinas de Machu Picchu…

Escalones de liliput!
Escalones de liliput!

Cuándo a media subida empezó a caer una lluvia fina no me desilusioné, cada uno a su ritmo fuimos llegando a la cima, solo para descubrir que una tela grisácea cubría el paisaje. De las ruinas, no había noticias. Esperamos hasta que David se dio cuenta de lo evidente, no iba a abrir, me quedé solo, bajo la lluvia que se fue intensificando, unos 40 minutos, esperando que el Dios Inti me concediera un claro, un momento de gracia… no quiso ser benevolente, había llegado la época de lluvias, de echo llegaba con retraso y ese día tocaba llover lo que no había llovido en todo Noviembre. Aún así intenté disfrutarlo y me quedé chorreando un rato de pie sobre el punto más alto, esa roca, era el ombligo del mundo.

Qué vistas!
Qué vistas!

No dejó de llover prácticamente en todo el día, me separé del resto del grupo que tuvo más suerte que yo y en un momento, desde el mirador de la montaña, pudieron realizar la instantánea de la silueta del Inca acostado.

Cuando resignado, bajé del Huayna Picchu me uní a una familia de Guatemaltecos para hacer el tour explicativo con un guía oficial, fue muy interesante e ilustrativo y intenté disfrutar de estar dónde había soñado estar hacía años, reconozco que me costó mucho, muchísimo. Hubiese aceptado con deportividad la niebla, me hubiese tumbado en el césped, cerrado los ojos y disfrutado un momento del lugar… pero la lluvia no cesaba y hacía imposible el sosiego, el impermeable poco a poco iba calando y los pantalones ya no impedían que el calzoncillo estuviera incómodamente húmedo.Además, a esas horas, la explanada de Machu Picchu ya se había convertido en un mar de plásticos de colores haciendo imposible sentir la «magia» del lugar que sí vivimos al entrar de los primeros.

Combinados para la ocasión!
Combinados para la ocasión!

Estoy feliz, claro que sí de haber estado, no me decepcionó Machu Picchu, pero sí nos frustró  la lluvia.

El condor con su blanco collar bebía la sangre de los sacrificios.
El condor con su blanco collar bebía la sangre de los sacrificios.

Porque además, el plan mochilero tirado, implicaba volver esa misma tarde a Cusco, con lo puesto, así que a las 12 del mediodía, una vez terminada la visita y bajo la misma lluvia enfilé en sentido contrario las escaleras de la mañana, descendí casi corriendo hasta el puente y de allí una hora y 45 min por las vías hasta la hydroeléctrica, alcancé al resto del grupo poco antes. Lo que ayer fue un precioso paseo hoy era un pequeño tormento, todos íbamos calados.

El mismo tren, la misma lluvia.
El mismo tren, la misma lluvia.

Otro minibus nos esperaba en el sitio convenido, eran las 3 de la tarde y por delante, otras 7 gélidas horas de regreso. Aunque había un niño pequeño en el coche, aunque los 14 ocupantes íbamos empapados y se subía de nuevo a 4500msnm el conductor hizo caso omiso a nuestra petición de poner la calefacción, además bajaba la ventanilla alegando que se le empañaba el parabrisas.

Llegamos a Cusco cansados y helados, nada que una buena ducha no pudiera arreglar.

Después de 6 meses de viaje, hasta ayer, podíamos declarar que el tiempo había sido más que benévolo con nosotros, ningún día habíamos dejado de realizar una actividad por culpa del mal tiempo, ayer decidió que se acabó la jauja!

Esa noche, al acostarme, sabía que había realizado un sueño, solo que fue un sueño pasado por agua, un sueño un poco nublado.

Buseando

Nota previa: Este es el relato del trayecto entre Quito y el parque Nacional Cuyabeno, en el Amazonas, y aunque todos son diferentes podría perfectamente ser otro viaje en bus en centro américa o otro país sudamericano.

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El Pichincha vigila la ciudad de Quito desde las alturas (4784 msnm)

Llegamos a la estación con tiempo, son las 20h30 y el bus no sale hasta dentro de una hora, nos paseamos por las tiendas de la estación y aprovechamos para comprar agua y alguno, provisiones para picar durante el trayecto.

Sobre las 21h nos dirigimos al andén, en el bus, el conductor y su fiel acompañante, el ayudante, que es el que carga la bodega, cobra y está pendiente en todo momento de los que suben o bajan del bus, además no deja de gritar a los 4 vientos su destino cuando pasa por una población, intentando captar siempre nuevos pasajeros.

Son las 21h30 y el bus está listo para salir de la recién estrenada terminal terrestre de Quito. Sorprendentemente el bus tiene WiFi y más sorprendente aún, funciona!

El bus está prácticamente vacío y lo aprovechamos para sentarnos cada uno en dos asientos, compruebo que son bastante cómodos, lo reclino al máximo, me descalzo y coloco los pies en el reposapiés, chequeo rápidamente el móvil y saco mi libro. La televisión se enciende y ponen una malérrima película (que además ya han puesto en otro trayecto anterior), decidido a seguir leyendo el libro que ahora me tiene atrapado (Matar a un ruiseñor), clavo mi mirada en el libro electrónico, pero el sonido de los continuos terremotos, los edificios hundiéndose, el musculado Don Johnson salvando a su familia de un gigantesco tsunami conduciendo una lancha mientras sortea los contenedores que caen de un carguero (escena imperdible), me distraen mucho, los ojos se me van a cada rato y acabo por apagar el ebook resignado.

Veo que David juega al mouss en su Ipad y Álvaro escucha algo en su móvil.

Por la ventana, la ciudad de Quito se extiende en luminosos puntitos por el valle, estamos en la cima de una loma a la que el bus ha subido en este tiempo sin que me haya dado cuenta y de golpe, desaparece, mientras enfilamos hacia el oriente.

Una puerta separa la cabina del conductor del cuerpo del autobús, cada vez que esta se abre se escucha “bachata” o salsa a todo volumen, parece que el conductor no se va a dormir.

La primera película (San Andreas) deja paso a otra, peor si cabe, mis ojos se posan en el televisor sin poder evitarlo, a media película y sin previo aviso, se apaga la tele, fundido a negro, me quedaré sin saber si Steven Seagal atrapa a los malos en esta nueva entrega de poli duro capaz de sacudir a tipos tres veces más grandes que él.

Por fin me dispongo a leer, pero a las pocas páginas se me cierran los ojos.

Abandono y me duermo, me despierto poco en la noche mientras el bus da bandazos, por suerte controlan el aire acondicionado y uno no se congela como pasaba en Colombia hasta niveles absurdos (la gente subía con mantas y gorros aunque fuera hacía 30ºC, nosotros echábamos mano de toda nuestra ropa de abrigo en cada trayecto).

A partir de las 06h30 el bus empieza a clavar frenos y acelerar cada pocos metros. En medio de la carretera, esperan estudiantes uniformados, madres con hijos en brazos, señores con bidones en las manos, el bus abre la puerta todavía en marcha (si es que la había cerrado en el frenazo anterior) frena lo justo para que el ayudante baje mientras apremia a los pasajeros, coloca algo en la bodega si es necesario y sube de nuevo a la carrera mientras el bus ya ha arrancado para seguir su camino.

A los pocos metros la operación se repite, el bus que iba semivacío se llena hasta los topes, en el pasillo ya no cabe nadie más, o eso parece, el sol naciente entra cruel por la ventanas con las cortinas descorridas atormentando mis ojos legañosos, el paisaje ha cambiado mucho, de la sierra a casi 3000 msnm hemos bajado al oriente, ya estamos en zona amazónica, la frondosa selva se extiende a lado y lado de la carretera.

Una música machacona con éxitos de ayer y de siempre suena por los altavoces, llegamos a una escuela, los niños uniformados bajan, observo como uno se arregla el nudo de la corbata mientras se acerca a la puerta de la escuela.

El trajín es continuo y tardamos 3 horas en recorrer escasos 80km.

Por fin llegamos a Cuyabeno y dejamos el bus, antes de que nos hayamos dado cuenta, el ayudante ha bajado del bus, ha sacado nuestras mochilas y las ha dejado a un lado de la carretera, un rápido saludo al conductor al bajar y cuándo el último de nosotros aún no ha puesto el pie en el suelo, el bus ya ha arrancado hacia su próximo frenazo, el ayudante alcanza el bus con una corta carrera y nos deja aún medio dormidos y cansados, son las 09h de la mañana, hemos llegado a nuestro destino!

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El río Cuyabeno

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Atardecer en la laguna

Libros viajeros (…3)

Siempre que se acercan las vacaciones o un viaje largo me regocijo con la oportunidad que se presenta para leer.

En Barcelona me desplazo a pie o en bici la mayoría de las veces y en casa raramente encuentro el tiempo necesario, los compromisos, la tele o el ordenador y una agenda que me encargo de mantener siempre apretada, me distrae de una de las cosas que más me gustan, leer.

Además, si encuentro momentos, suelen ser pocos y espaciados en el tiempo, (o me quedo dormido rápidamente si es por la noche y en la cama bajo el edredón) lo que me hace insoportable leer libros que sean muy densos, en el viaje en cambio, sobretodo en largos desplazamientos de bus o tren, uno puede leer durante horas y me sorprendí leyendo y disfrutando, «El Quijote» hace años o «Crimen y castigo» en este viaje.

Hace 8 años ya escribimos dos posts sobre libros viajeros y algunas cosas han cambiado desde entonces, en realidad el principal cambio (más práctico y mucho menos romántico), se llama «libro electrónico».

En efecto, antes, íbamos cargando pesados libros en las ya de por sí, pesadas mochilas y una de las mayores satisfacciones era el intercambio de libros entre viajeros o en los “bookstores”, de pronto y sin esperarlo, en alguna parada, en un encuentro fortuito, alguna perla podía caer en tus manos (y alguna basura claro está), recuerdo una chica corriendo tras nuestro autobús y haciéndolo parar para poner en nuestras manos el hilarante “Cuatro amigos” de David Trueba sobre el que nos había hablado la noche anterior.

Los libros iban rotando primero entre los 3 compañeros de viaje, como ahora, pero había que esperar a que el otro acabara de leer, ahora, con un simple traspaso de archivo, voilà!

Nos recuerdo también, a menudo, leyendo con el frontal, como a hurtadillas, para no molestar a los demás, ahora, con una pantalla iluminada ya no es necesario.

Con el libro electrónico, uno puede cargar una auténtica biblioteca encima y la verdad es que hemos devorado ya unos cuantos, os dejo algunos de los títulos y si queréis hacer recomendaciones o comentarios bienvenidos sean!

-“Las crónicas marcianas” y “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, un gran descubrimiento para mi, si no los conocéis no os los perdáis, sobretodo el primero, sin ser un gran amante de la ciencia ficción lo encontré de una gran belleza descriptiva. Presenta el lento intento de colonización de Marte por parte de los terrícolas e inventa paisajes oníricos, volátiles y poéticos. El segundo es un ardiente relato de control del estado y la lucha de varios héroes contra el pensamiento único (al estilo 1984 de George Orwell).

-“A sangre fría” y “Desayuno con diamantes” de Truman Capote, dos clásicos deliciosamente escritos, el primero una larga investigación policíaca con las miserias de los dos desgraciados y despiadados asesinos, el segundo como una obra de teatro de gran ritmo, sobretodo con los monólogos de Holly.

-“Zorba el griego” de Nikos Kazantzakis, si lo abrís os enamoraréis de Zorba y de su visión de la vida, un Simbad de los mares, un trabajador incansable, un mujeriego empedernido, un hombre que honra al dios Baco con juergas, bebida y música diarias.

-“Crimen y castigo” de Fiódor Dostoievski o como descender a los infiernos de la mente humana cuando a uno le atenaza la culpabilidad.

-“Trainspotting” y “Porno” de Irvine Welsh, uno ya no puede leer a Rents sin ver a Ewan Mcgregor o a Begbie sin ver a Carlile, volvimos a ver la película de Danny Boyle y nos gustó tanto como hace 10 años, con ganas de que salga ya la segunda parte!

-“El guardián entre el centeno” de Jerome David Salinger. Holden Caulfield escupe odio, paranoia y palabras al mismo ritmo que se amontonan en su cabeza.

-“Ha vuelto” de Timur Vermes, o qué pasaría si de pronto Hitler apareciera vivito y coleando en el Berlin de nuestros días, como si hubiera entrado en un túnel del tiempo justo antes de suicidarse en su bunker de Berlin.

-“Me voy” de Pepe Rubianes, soy fan de este hombre y no puedo ser objetivo, un libro póstumo en el que derrocha placer de vivir y «je m’en foutisme» y explica el linchamiento al cual fue sometido por parte de la derecha más casposa y cavernícola.

De momento es todo pero en la recámara esperan Kapuscinski, Gabriel García Marquez, Eduardo Mendoza o Arturo Perez Reverte así que os dejo para descubrir estos nuevos mundos.

Rock and NOLA!

Hace calor, un bochorno intenso cuando bajamos del tren que nos ha llevado en una mañana desde Memphis, la ciudad que escuchó el primer rock and roll, hasta New Orleans, el lugar dónde dicen que nació el Jazz.

La calle a la que nos dirigimos aún me suena a Rock and Roll, el riff de guitarra de los U2, resuena en mis oídos cuando doblamos la esquina de «Desire St», dónde pasaremos los próximos 6 días.

Según nos dirán más tarde, Desire St está en uno de los barrios más desfavorecidos, con una inmensa mayoría de población de color, supuestamente peligroso, dónde están los «gangs» y dónde hay tiroteos. Lo cierto, es que mucha gente nos saluda desde el porche de su casa sonriente, dónde pasan largas horas, mientras volvemos del supermercado cargados con las compras. «How y’all doing?» es lo que siempre oiremos al cruzar a alguien en las calles de NOLA, esta pregunta no espera respuesta, es un simple formalismo, pero a mi me pone de buen humor que en una ciudad, la gente te salude con una sonrisa.

Tal como Josefina nos lo ha indicado, rodeamos la casa y nos da la bienvenida una puerta con el dibujo de una calavera, pero la casa que nos acoge no puede tener más vida, es una explosión de colores dónde una isla hace las veces de cocina i de epicentro de un terremoto de personajes pintorescos. Desgraciadamente, mi amiga Josefina, a quién conocí hace 8 años en Chiapas y con quién me voy cruzando por el mundo, no está, se encuentra de viaje en España y no hemos podido coincidir, pero nos cede su habitación, una de las ciudades que ama y sus compañeros de piso… y qué compañeros!

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La puerta trasera

Nos cruzamos rápidamente con Jenny que se va a trabajar, se despide de su inseparable Max y desaparece bajo el sol cegador, volverá más tarde, completamente ebria y feliz acompañada de Brittany, una amiga suya igual de radiante y con los ojos medio cerrados llenos de alegría.

Jenny se pone a cocinar mientras nos repite 4 o 5 veces las mismas cosas, pero no es molesto, se nota que habla con amor e intensidad. Nos cuenta que es camarera y que le gusta servir copas a la gente, mientras insiste para que nos tomemos unos chupitos de tequila.

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El epicentro de la casa dónde preparamos Gazpacho y una empanada!

Nosotros, ya hemos cenado, estamos cansados del viaje (nos hemos levantado a las 5 de la mañana para dejar Memphis) y estamos chafados por el bochorno, ya pensando en retirarnos, pero entonces llega Seth sudado sobre su bicicleta.

Seth podría muy bien interpretar un papel en una secuela de «Trainspotting». Su pelo teñido de un rosa intenso, es lo primero que uno ve, su vestido violeta estampado o su falda estival serán impactos posteriores, pero el primer recuerdo es una camiseta amarilla descolorida y ajustada a su delgado cuerpo y unos shorts por encima de la rodilla, con dobladillo, también estrechos.

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Seth, en casa, se pone cómodo!

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Nos visitan unos chicos del barrio, al fondo podéis ver a Seth, para la ocasión luce un vestido violeta estampado!

Seth reparte paquetes con su bici por la ciudad, un trabajo por el que cobra 5 dolares la hora (más propinas). Se sirve un té helado y en seguida, se lleva un cigarrillo a los labios, después veré que es lo primero que hace cuando se levanta por la mañana junto a una gran taza de café.

Casi no nos queda elección, nos dejamos arrastrar por la onda de «buenrollismo» que preside la noche. Brittanny hace de DJ i nos pone una música que me parece hecha a medida para este momento bajo el porcho y en el bochorno que aún se deja sentir, aunque el sol ya hace unas horas que se escondió.

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Jenny con Max, Álvaro Seth y Brittanny en el fondo.

Cuando volvemos dentro, Álvaro se va a acostar, yo friego los platos que Jenny ha dejado y me siento en silencio para observar el cuadro que forman Seth i Brittany, sentados en un sofá de terciopelo rojo, enmarcados por una pared azul de dónde cuelgan diferentes cuadros y sobrevolados por una guirnalda de lucecitas. Los dos dibujan, abstraídos, en sus correspondientes cuadernos.

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Tomé una foto del momento

Son poco más de la una, ya quiero acostarme pero el baño esta ocupado por el cuarto integrante de la casa, Jeanny, que ha entrado por la puerta de atrás y solo he apercibido cuando ha salido de su habitación y ha pasado delante una puerta entreabierta para encerrarse en el baño, finalmente sale y se escurre dentro de su habitación de nuevo, lo cierto es que la primera impresión que nos da es un tanto arisca (aunque luego veremos que no es así).

¿Y qué hacemos estos días en New Orleans? Pues aflojar el ritmo, ya era lo que queríamos, frenar nuestro paso, ponerlo en fase con el sur, nos acostumbramos a los violentos aguaceros que casi diariamente limpian la ciudad y buscamos la sombra con desespero.

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El colorido, una constante de las calles de NOLA.

Nos reunimos de nuevo con Marcos que parece decidido a volverse un Willy más, por lo menos en los USA.

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Vista típica del French Quarter

Visitamos el French Quarter y nos explican la historia de la ciudad, que fue de los Franceses, quienes la poblaron de asesinos y maleantes y luego entregaron una ciudad ingobernable a los Españoles, estos al parecer pusieron orden pero no eran muy queridos y la entregaron a Napoleón que a su vez la vendió a los Americanos.

Lo que mas nos gusta, una vez mas, es caminar y caminar, admirar su maravillosa arquitectura, cada casa se merece una foto mientras la vida pasa tranquila en los porchos de madera.

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Bendita sombra!

También hemos probado buena, contundente y abundante cocina del sur, hemos visto el lago Pontchartrain y su inmenso puente (con sus casi 40 km el tercero más largo del mundo al parecer), sus casas construidas sobre el agua dónde los propietarios aparcan sus barcos al llegar.

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Por delante el utilitario, por detrás el bote…

Paseado una noche por la grotesca «Bourbon Street» entre turistas borrachos, decenas de caza clientes agresivos, medio cegados por neones que anuncian clubs de striptease o lap dance, a menudo con un hedor indescriptible en algunas partes de la calle y con sirenas de ambulancias pasando.

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Una noche cualquier en Bourbon Street, un borracho, la Policía, y cuando llega la ambulancia, dentro va un equipo de filmación de “reality”!

Nos emocionamos al ver aún signos claros del paso del huracán Katrina y al ver la exposición que alberga el museo de la ciudad.

Combatimos el calor en el «country club», que tiene piscina; bailado en «Frenchmen St», una calle también turística, aunque menos que Bourbon; refugiado en un bar de jazz en directo, de ambiente hipster después de cenar por tres en el inolvidable “The Joint” y por supuesto compartido tiempo con nuestros compañeros de piso, tal vez no mucho pero sí de calidad! El Cheesecake de Seth era uno de los mejores postres que he probado nunca, palabra! Pasar un tiempo en el balcón de la casa con Jenny o los distintos cafés y cena con Jeanny fueron un placer!

Gracias Jo por este regalo! Nos volveremos a cruzar!

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Buen restaurante!

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El bar Bachanal