La ruta, por fin…

«¿Y qué vais a visitar?», «¿Sólo 14 países?», «Pero sino pasáis por Australia no es una vuelta al mundo», «¿Cómo, que no pisáis África?»

Después de llamarte loco, y de expresar su envidia; la siguiente pregunta que suele hacer todo el mundo es qué ruta vamos a seguir estos meses. Este post intentará explicar nuestros planes (a día 1 del viaje) y también servirá para que asentemos un poco más este itinerario en nuestra cabeza.

Para situarnos en antecedentes, Guillem ya estuvo en 2009 viajando durante 14 meses(¿cómo, no te lo ha contado? corre, pide un deseo…); así que hay destinos que podrían entrar en la categoría de «obvios», pero que al final se han quedado fuera para no repetirlos.

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Dicho esto, lo que viene a continuación es una enumeración (RE-APROXIMADÍSIMA) de nuestros planes de viaje. Cualquier parecido con lo que resultará al final será poco menos que una coincidencia, pero al menos lo habremos intentado… Además, conforme nos alejamos del día 1 de viaje, los destinos están más en el aire y menos definidos:

– EEUU (1 mes)

– México (1 mes)

– Costa Rica (15 días)

– Panamá (15 días)

– Colombia (1 mes)

– Ecuador (15 días)

– Perú (1 mes)

– Chile (norte) (15 días)

– Filipinas (1 mes)

– País del sudeste asiático por definir… (1 mes)

– Sri Lanka (1 mes)

– Irán (1 mes)

– Turquía (1 mes)

– Grecia (1 mes)

Venga, por cada destino al que no vayamos… ¡chupito!

Escrito sobre Groenlandia después de una escala «relámpago» a Moscú de cuatro horitas…

50 litros y un canapé

No, estos no son los litros de cerveza que bebimos ayer para celebrar nuestra partida, ni la tapa que siempre te dan gratis en Barcelona al pedir una consumición (el avispado lector notará la fina ironía en mis palabras), sino los recipientes que al parecer contienen 7 años (materiales) de mi vida, después del traslado del piso que me ha acogido en el Born los citados años y la mochila en la que he conseguido embutir lo que he considerado necesario para esta nueva vuelta al mundo.
La cama canapé ha quedado en Playa de Aro y debajo de ella la inmensa mayoría de mis pertenencias terrenales, la mochila viaja, espero, en la bodega del avión que nos acerca ya a Nueva York.

Hace apenas 12 horas que dejamos Barcelona y ya hemos dado con nuestros huesos en el marmóleo y frío suelo del aeropuerto de Moscú dónde nos hemos tumbado a dormir alguna de las 4 horas de tránsito. Aún así, aunque esto sea real, no consigo hacerme a la idea que ya ha empezado; y por experiencia sé que una vez empieza, todo pasa muy rápido. No consigo hacerme a la idea que hoy es el primer día de un nuevo año de viaje, de aviones, trenes, barcos, buses, canoas, coches, caminatas, encuentros y desencuentros, sabores y olores, imágenes que se te quedan en la retina para siempre jamás (como por ejemplo cuándo escribo estas líneas y sobrevuelo Groenlandia, divino espectáculo), cientos de días y noches con cientos de experiencias aún por vivir.

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Y eso que la planificación de este viaje empezó hace ya mucho tiempo, tal vez en fin de año 2014 dónde después de algunas copas con Álvaro y después de haber insistido ya algunas veces finalmente él dijo: «El año que viene nos vamos sí o sí!» o tal vez hace ya unos 7 años cuando al volver de mi primera vuelta al mundo con Charly y con Kim me prometí que volvería a zarpar algún día. Aún así, de nuevo, no consigo hacerme a la idea, mañana no volveré a subir los escarpados escalones de mi piso en el Born de Barcelona, mañana, tal vez, pisaré la quinta avenida y Times Square y pasado mañana… quién sabe.

Así pues, de nuevo convertido en caracol, cierro los ojos y nos deseo un buen viaje, uno en el que estos 50 litros sean solo un pequeño pozo portátil en el que saciar mi sed instantánea de necesidades materiales y el resto, lo ponga el camino, porqué aún a riesgo de morir aplastado por el peso del cliché: «caminante no hay camino, se hace camino al andar».

 

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De cajas y despedidas

Son días raros, fines de semana que pasas entre cajas, repartiendo besos y adioses, comenzando a echar de menos a gente, intentando sacar un hueco para poder decirle «hasta luego» a todo el mundo; mientras cierras casas, llenas una maleta, renuevas tu carnet de conducir internacional y te vacunas (toda precaución es poca, es posible que entremos en contacto directo con votantes de Donald Trump…). Todo con un punto de emoción y excitación por todo lo que se viene encima, y todo también con un punto de tristeza. Pocas cosas más tristes que una casa vacía, en la que hablas y suena un eco como de tripa de ballena.

Los primeros días me daba algo de apuro (¿pudor?) decir que esa tristura revoloteaba en mi mente, como sino tuviera mucho derecho a ello: «eh tío, encima de que te largas no pretenderás ponerte triste, que lo has decidido tú todo esto…» . Pues sí, caprichoso que es uno; voy a echar de menos a un montón de gente, muchas noches alrededor de raclettes y pizzas caseras, de cervezas y vinos, de la barra de la cocina de mi casa, o viendo a Suárez marcar goles, de encuentros familiares, de conciertos, hasta de issues de Github (carajo, ¿también se puede echar de menos el trabajo?).

No hay nada malo en echar de menos todo eso; lo pienso meter en la mochila, facturarlo y me lo iré administrando en pequeñas dosis…

Delta del Ebro
Delta del Ebro

Escrito mientras sobrevuelo el Delta del Ebro y Caroline Morgan me canta al oído «Where is my home?»

Mi Casio rojo

Es un Casio rojo, modelo DQ-541.

Tiene un sonido monótono, molesto (casi irritante), cuatro ‘bips’ que se repiten martilleantes en menos de un segundo, te dejan un par de segundos de paz, y luego se repiten, otra vez; indefinidamente, hasta que pulsas el botón de apagado completo (o pulsas SNOOZE y prolongas el sueño 8 minutos más, como en una huida hacia adelante). Siempre me había costado entender a la gente usaba el botón de SNOOZE, ese autoengaño que no lleva a nada… ahora lo hago constantemente, casi todas las mañanas, eso será la madurez supongo…

Recuerdo que mi padre me trajo el reloj hace unos 25 años de uno de sus viajes a Canarias (siempre traen grandes cosas a mi vida esas islas). Mi hermano Noni tenía uno negro que yo envidiaba un poco, y tener mi reloj propio fue como una muestra de que empezaba a hacerme mayor.

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En todos esos años no ha dejado de cumplir su tarea ni una sola vez, y creo que sólo he tenido que cambiarle una vez las pilas. Imagino que los ingenieros japoneses que lo diseñaron en esa época no tenían ni idea o no les interesaba lo más mínimo qué era aquello de la obsolescencia programada…

Me despertó para ir al colegio, cuando empecé el instituto, mientras estudiaba la carrera en Córdoba y empecé a viajar por Andalucía en mis primeros trabajos. Vino conmigo a Madrid (despertándome no sólo a mí durante un tiempo). En esa época estuve a punto de sustituirlo por el sonido más moderno de un móvil, o incluso por alguna canción, pero luego volví a sacarlo del cajón y a usarlo de nuevo. Necesitaba esos cuatro ‘bips’ para despertarme.

Luego me siguió a Bruselas y me fue despertando durante dos años geniales por Bélgica. Desde hace 3 años y medio suena infatigable a eso de las 7.45 de lunes a viernes en un piso maravilloso en el barrio de Poble Sec de Barcelona, pero en breve podrá por fin tener las vacaciones que merece.

El próximo viernes a las 7.45, cuando vuelva a oír sus 4 bips martilleantes (y quizás pulse una o dos veces el botón de SNOOZE), lo apagaré con mucho cuidado, quitaré las dos pilas de su interior, y lo meteré en una de las cajas de mudanza que tendré preparadas. Y podrá descansar, durante un año.

Dentro de dos semanas me voy durante un año a dar la vuelta al mundo y no voy a necesitar mi Casio rojo.