Buseando

Nota previa: Este es el relato del trayecto entre Quito y el parque Nacional Cuyabeno, en el Amazonas, y aunque todos son diferentes podría perfectamente ser otro viaje en bus en centro américa o otro país sudamericano.

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El Pichincha vigila la ciudad de Quito desde las alturas (4784 msnm)

Llegamos a la estación con tiempo, son las 20h30 y el bus no sale hasta dentro de una hora, nos paseamos por las tiendas de la estación y aprovechamos para comprar agua y alguno, provisiones para picar durante el trayecto.

Sobre las 21h nos dirigimos al andén, en el bus, el conductor y su fiel acompañante, el ayudante, que es el que carga la bodega, cobra y está pendiente en todo momento de los que suben o bajan del bus, además no deja de gritar a los 4 vientos su destino cuando pasa por una población, intentando captar siempre nuevos pasajeros.

Son las 21h30 y el bus está listo para salir de la recién estrenada terminal terrestre de Quito. Sorprendentemente el bus tiene WiFi y más sorprendente aún, funciona!

El bus está prácticamente vacío y lo aprovechamos para sentarnos cada uno en dos asientos, compruebo que son bastante cómodos, lo reclino al máximo, me descalzo y coloco los pies en el reposapiés, chequeo rápidamente el móvil y saco mi libro. La televisión se enciende y ponen una malérrima película (que además ya han puesto en otro trayecto anterior), decidido a seguir leyendo el libro que ahora me tiene atrapado (Matar a un ruiseñor), clavo mi mirada en el libro electrónico, pero el sonido de los continuos terremotos, los edificios hundiéndose, el musculado Don Johnson salvando a su familia de un gigantesco tsunami conduciendo una lancha mientras sortea los contenedores que caen de un carguero (escena imperdible), me distraen mucho, los ojos se me van a cada rato y acabo por apagar el ebook resignado.

Veo que David juega al mouss en su Ipad y Álvaro escucha algo en su móvil.

Por la ventana, la ciudad de Quito se extiende en luminosos puntitos por el valle, estamos en la cima de una loma a la que el bus ha subido en este tiempo sin que me haya dado cuenta y de golpe, desaparece, mientras enfilamos hacia el oriente.

Una puerta separa la cabina del conductor del cuerpo del autobús, cada vez que esta se abre se escucha “bachata” o salsa a todo volumen, parece que el conductor no se va a dormir.

La primera película (San Andreas) deja paso a otra, peor si cabe, mis ojos se posan en el televisor sin poder evitarlo, a media película y sin previo aviso, se apaga la tele, fundido a negro, me quedaré sin saber si Steven Seagal atrapa a los malos en esta nueva entrega de poli duro capaz de sacudir a tipos tres veces más grandes que él.

Por fin me dispongo a leer, pero a las pocas páginas se me cierran los ojos.

Abandono y me duermo, me despierto poco en la noche mientras el bus da bandazos, por suerte controlan el aire acondicionado y uno no se congela como pasaba en Colombia hasta niveles absurdos (la gente subía con mantas y gorros aunque fuera hacía 30ºC, nosotros echábamos mano de toda nuestra ropa de abrigo en cada trayecto).

A partir de las 06h30 el bus empieza a clavar frenos y acelerar cada pocos metros. En medio de la carretera, esperan estudiantes uniformados, madres con hijos en brazos, señores con bidones en las manos, el bus abre la puerta todavía en marcha (si es que la había cerrado en el frenazo anterior) frena lo justo para que el ayudante baje mientras apremia a los pasajeros, coloca algo en la bodega si es necesario y sube de nuevo a la carrera mientras el bus ya ha arrancado para seguir su camino.

A los pocos metros la operación se repite, el bus que iba semivacío se llena hasta los topes, en el pasillo ya no cabe nadie más, o eso parece, el sol naciente entra cruel por la ventanas con las cortinas descorridas atormentando mis ojos legañosos, el paisaje ha cambiado mucho, de la sierra a casi 3000 msnm hemos bajado al oriente, ya estamos en zona amazónica, la frondosa selva se extiende a lado y lado de la carretera.

Una música machacona con éxitos de ayer y de siempre suena por los altavoces, llegamos a una escuela, los niños uniformados bajan, observo como uno se arregla el nudo de la corbata mientras se acerca a la puerta de la escuela.

El trajín es continuo y tardamos 3 horas en recorrer escasos 80km.

Por fin llegamos a Cuyabeno y dejamos el bus, antes de que nos hayamos dado cuenta, el ayudante ha bajado del bus, ha sacado nuestras mochilas y las ha dejado a un lado de la carretera, un rápido saludo al conductor al bajar y cuándo el último de nosotros aún no ha puesto el pie en el suelo, el bus ya ha arrancado hacia su próximo frenazo, el ayudante alcanza el bus con una corta carrera y nos deja aún medio dormidos y cansados, son las 09h de la mañana, hemos llegado a nuestro destino!

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El río Cuyabeno

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Atardecer en la laguna

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