50 litros y un canapé

No, estos no son los litros de cerveza que bebimos ayer para celebrar nuestra partida, ni la tapa que siempre te dan gratis en Barcelona al pedir una consumición (el avispado lector notará la fina ironía en mis palabras), sino los recipientes que al parecer contienen 7 años (materiales) de mi vida, después del traslado del piso que me ha acogido en el Born los citados años y la mochila en la que he conseguido embutir lo que he considerado necesario para esta nueva vuelta al mundo.
La cama canapé ha quedado en Playa de Aro y debajo de ella la inmensa mayoría de mis pertenencias terrenales, la mochila viaja, espero, en la bodega del avión que nos acerca ya a Nueva York.

Hace apenas 12 horas que dejamos Barcelona y ya hemos dado con nuestros huesos en el marmóleo y frío suelo del aeropuerto de Moscú dónde nos hemos tumbado a dormir alguna de las 4 horas de tránsito. Aún así, aunque esto sea real, no consigo hacerme a la idea que ya ha empezado; y por experiencia sé que una vez empieza, todo pasa muy rápido. No consigo hacerme a la idea que hoy es el primer día de un nuevo año de viaje, de aviones, trenes, barcos, buses, canoas, coches, caminatas, encuentros y desencuentros, sabores y olores, imágenes que se te quedan en la retina para siempre jamás (como por ejemplo cuándo escribo estas líneas y sobrevuelo Groenlandia, divino espectáculo), cientos de días y noches con cientos de experiencias aún por vivir.

born
Y eso que la planificación de este viaje empezó hace ya mucho tiempo, tal vez en fin de año 2014 dónde después de algunas copas con Álvaro y después de haber insistido ya algunas veces finalmente él dijo: «El año que viene nos vamos sí o sí!» o tal vez hace ya unos 7 años cuando al volver de mi primera vuelta al mundo con Charly y con Kim me prometí que volvería a zarpar algún día. Aún así, de nuevo, no consigo hacerme a la idea, mañana no volveré a subir los escarpados escalones de mi piso en el Born de Barcelona, mañana, tal vez, pisaré la quinta avenida y Times Square y pasado mañana… quién sabe.

Así pues, de nuevo convertido en caracol, cierro los ojos y nos deseo un buen viaje, uno en el que estos 50 litros sean solo un pequeño pozo portátil en el que saciar mi sed instantánea de necesidades materiales y el resto, lo ponga el camino, porqué aún a riesgo de morir aplastado por el peso del cliché: «caminante no hay camino, se hace camino al andar».

 

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