Desierto, montañas y el Golfo Pérsico

Un abrazo largo, apretado, intenso y nos despedimos de Kim en Shiraz. Después de 10 meses sin tener a «mi mejor amigo» cerca, ha sido un lujo viajar con él de nuevo, revivir sensaciones de hace 8 años y poder disfrutarlo un tiempo demasiado corto.

Nuestros pasos se dirigen a Kermán, dónde nos espera un desierto escoltado de montañas que superan los 4000msnm.

Tenemos la suerte de ser los únicos turistas que se acercan a Bam el día que vamos a la ciudad de adobe más grande del mundo, una tarde gris mitiga el intenso calor. Arrasada en 2003 por un fuerte terremoto y parcialmente reconstruida en estos 14 años, la ciudadela se erige imponente sobre una colina y recorremos en solitario el bazar, los restos de la mezquita, la plaza y el antiguo barrio Judío de la ciudad.

For our eyes only

Tomamos un taxi para visitar los atractivos turísticos que rodean Kermán. Primero, Rayen, otra construcción de adobe duerme al pie de las montañas rodeado de desierto.

También en medio de un mar de pedruscos aparece de golpe un esplendoroso jardín, una fuente caudalosa discurre a varios niveles a través de los cipreses, las rosas y los jazmines, el agua parece fluir directamente desde los nevados picos que asoman tras el palacete.

Nos acercamos a los Khaluts, devoramos kilómetros de arena, un par de oasis con sus plantaciones de palmeras, calurosos caravanserais de adobe y por fin divisamos estas curiosas formaciones rocosas. El sol va alargando las sombras de estos castillos de arena a medida que deambulamos sin rumbo por el desierto. Observamos la puesta de sol y volvemos al coche para pasar la noche en un oasis cercano.

Los Khaluts
Treinando

8 Horas de bus nos llevan a Bandar Abbas, a orillas del Golfo Pérsico.

Surcamos en silencio el estrecho que separa las islas del continente, se nos empañan las gafas de sol cuando salimos de la cabina con el aire acondicionado a todo dar, la visibilidad es reducida. El barco hiende el agua entre Qeshm y Bandar Abbas, el Golfo Pérsico que hemos conocido, vive submergido en una agobiante neblina.

Amarrados en el estrecho, decenas de barcos esperan para vaciar o llenar sus panzas en el puerto de Bandar Abbas, dormitan entre la bruma, asfixiados por el calor y oprimidos por la humedad. De día son naves fantasma, ancladas entre el cielo y el mar, flotan en la nada, de noche unas luces más, espejando la bóveda celeste.

Suspendido

Hemos pasado 4 días entre la pequeña isla de Hormoz, una inmensa montaña de sal y arena rojiza que tiñe y adereza las aguas del golfo y Qeshm, otro desierto y otra maravilla para los geólogos.

Ambas islas comparten un paisaje árido, tacaño en sombras, con montes arenosos. Las recorremos, en Tuk Tuk la primera y en taxi la segunda. En Hormoz unas gazelas se pasean a sus anchas por las rocas, se confunden con el paisaje y nos preguntamos de dónde sacarán el agua en este peñasco dónde los raros charcos que hemos visto, rebosan de cristales de sal. Admiramos su costa escarpada y nos sumergimos en sus cálidas y saladas aguas, notamos que flotamos con facilidad. Algunos locales también se dan un chapuzón, aunque las mujeres, con un poco más de ropa que nosotros.

En trikini

 

Todo Hormoz es una montaña de sal
El golfo se tiñe de rojo

El día que rodeamos Qeshm, primero nos topamos con unos camellos a los que sus dueños lavan en aguas tranquilas y poco profundas, sobre la arena unos barcos se desintegran lentamente con el paso del tiempo. La costa norte nos sorprende con un color casi caribeño, dejamos atrás unos manglares, único punto verde de la isla y llegamos a un cañón cincelado por el agua y el viento.

Camellos en remojo
Cementerio de barcos

Por último nos adentramos en una enorme cueva de sal que viaja casi 7 km por las entrañas de Qeshm, aunque nosotros solo recorremos unos 300m es suficiente para ver estratos de colores y paredes supurando blanca sal.

Una boca salada

Finalmente 18h de tren nos devuelven a Teheran esta vez nos quedamos en casa de Marieh, decidimos disfrutar de su terraza y evitar lo más posible el loco tráfico de Teheran (aunque seáis viajeros habituales de países asiáticos, si creéis que lo habéis visto todo, venid a Irán: no saben lo que son los carriles, no les interesa saber que circulan en contra dirección, la distancia de seguridad ronda los 10cm y hacer marcha atrás en plena autopista es algo habitual). Cena de despedida con salmorejo y empanada Willyes y vino casero y arroz Indio proporcionado por Marieh. Despedimos la antigua Persia con un gran sabor de boca.

De separaciones y reencuentros

Tenemos pendientes posts de nuestro paso por Filipinas, Singapur e Indonesia, pero haciendo una pirueta en el tiempo, me permito relatar nuestras vivencias del mes pasado en Sri Lanka (debido a varias circunstancias, en la mayoría del trayecto viajé solo).

A las pocas horas de aterrizar en Sri Lanka y con Mercedes como una Willy más, nos dirigimos a Kandy, ciudad que nos decepcionó un poco. Aunque la visita al «Sri Dalada Maligawa» (o el templo del diente de Buda) merece un mordisco (!), el bello lago del centro de la ciudad está rodeado por una ruidosa carretera dónde los tuk tuks y los buses se amontonan pitando, lo que le resta encanto. Probamos nuestros primeros Kotu Rotis (naans con puerro, tomate, cebolla… deliciosamente fritos y cortados en pedazos sobre la misma plancha, con dos cuchillas que se mueven a ritmo de batucada) y rollos vegetales fritos, y nos convencimos que la comida en Sri Lanka es una delicia. También nos desquitamos un poco de la ley seca impuesta por la Sharia en Aceh, dónde pasamos los 6 últimos días en Indonesia, doblando varias cervezas en un bar con vistas a la ciudad.

Feligreses en el templo del diente de Buda

Con una ligera resaca, el grupo se dividió y Álvaro y yo nos dirigimos a Sigiriya, para ver la roca del León, mientras Mercedes y David se dirigían al sur atraídos por las olas del océano índico.

Subir a la mole rodeada de jungla y pasear entre ruinas del siglo quinto es realmente impresionante, pero el hacerlo junto a una horda de turistas (que aprovechaban la semana santa) y tener que llegar a hacer cola en las empinadas escaleras que llevan a la cima, puede ser una tortura. La verdad es que en vistas del abusivo precio (35US) se puede optar por visitar únicamente la roca que se alza en frente a la del león (5US) y en que la tarde anterior tuvimos unas vistas igual de privilegiadas con solo una quincena de personas alrededor.

Solos ante el Rey de la jungla

Al día siguiente, nueva mitosis, Álvaro se dirigía a Córdoba a acompañar a su familia unos días y yo enfilé hacia el norte.

Las ruinas repletas de turistas

Llegué a Anudarhapura después de muchas horas de bus y con ganas de estirar las piernas, así que al rato me encaminé hacia las ruinas a pie.

A unos 3km del centro se encuentran varios sitios arqueológicos que cubren una extensión de 40km2 (ojo!). Anudharapura fue la capital de los Cingaleses y el centro del Budismo en el sudeste asiático desde el siglo IV a. C. hasta inicios del siglo IX d. C. así que ya os podéis imaginar la cantidad de templos y estupas que tuvieron tiempo de construir en ese periodo.

En efecto, entre lagos y parches de jungla repletos de monos descarados, se alzan espectaculares construcciones de hasta 70m de altura, algunas con más de XV siglos de antigüedad.

Un monje orando mientras rodea la estupa

Me dediqué a caminar en solitario por entre los templos, a cada paso tropiezas con yacimientos arqueológicos a medio reconstruir, y a cada claro de jungla, entre los árboles, aparece la cúpula redondeada de una nueva estupa.

En una de ellas encontré un monje, con un cartel a sus pies que rezaba: «No me den dinero, no lo uso, no me den comida, no entablen conversación conmigo, fotos y videos ok, 3pm a 7pm». Al parecer, este hombre dedica, cada día de su vida, a permanecer de pie, meditando en silencio durante 4h. No me negaréis que es, por lo menos, curioso.

El momento más espectacular fue cuándo al declinar el sol, una banda de unos 50 monos (que momentos antes devoraban las flores depositadas por los fieles como ofrenda), se encaramaron a la estupa de ladrillos para sentarse y observar la puesta de sol.

Que no te pillen fumando flores

A la mañana siguiente alquilé una bici y seguí visitando templos y estatuas de Buda, pero no conseguí llegar al clímax del día anterior así que esa misma tarde decidí dirigirme hacia la costa.

Mar de nenúfares

Días de relax en Trincomale y Arugam Bay, a destacar algo de surf, algún paseo, un mucho de lectura y sobretodo una salida en moto con encuentros paquidérmicos.

Trincomale tiene un fuerte construido por los holandeses durante su ocupación, dentro, en lo alto de una colina hay uno de los templos más antiguos del Budismo, dedicado a SHIVAAAA!!!. Entre las murallas del fuerte, deambulan tranquilos, una manada de ciervos. El ambiente es bastante bucólico y merece una visita aunque también deberíais evitar las horas más calurosas del día. Llegué a la ciudad después de recorrer los 6km de playa que separaban mi hotel del centro, paseando entre cientos de barcas de pescadores coloridas y malolientes y empapado en sudor. Un par de noches solitarias y tranquilas comiendo pescado y gambas me bastaron y me subí a un nuevo bus hacia el sur. Siete horas para recorrer menos de 250km! Los desplazamientos en Sri Lanka no se diferencian mucho de los de Indonesia, aunque las carreteras son mejores, los buses paran cada 500m para subir o dejar algún pasajero que salta del mismo, casi en marcha, mientras grita “hari hari” (tira tira!).

Los pescadores se dan un respiro
SHIVAAAA!

En Arugam Bay el ambiente es muy relajado, grupos de surferos se instalan en una cabaña frente a la playa, a veces durante meses y se dedican a cabalgar las olas, pasear por las playas, comer deliciosos «rice and curry» y a descansar en una hamaca mientras pasan los días… Solo estuve 3 días pero vi que uno se puede acostumbrar muy rápido a este ritmo (y gastando menos de 15Euros al día!).

Una tarde, alquilé una moto y me dirigí a Elephant Rock dónde si uno tiene suerte, puede avistar elefantes. En Sri Lanka, las zonas de jungla rebosan de elefantes, cocodrilos, serpientes y pájaros. Así pues, sin necesidad de contratar un safari, y solo a unas decenas de metros de la carretera principal, avisté mi primer elefante en libertad. Estuvo un rato pastando tranquilamente, mientras le observaba a una distancia prudencial. De pronto, sin aviso previo, hizo unos diez o doce pasos trotando hacia mi, con cara de pocos amigos y la trompa en alto. Salí zumbando, pies para qué os quiero, tirando la botella que tenía en las manos y dejando abandonada a su suerte la moto alquilada tras de mi. No recorrí más de 20 metros, enseguida vi que perdía el interés en mi. Pero tomé nota. En mi segundo encuentro con otro gigante, me guardé bien de bajarme de la moto, la dejé encendida y con la cámara colgada al cuello para poder huir en caso de embestida, por suerte, no fue necesario.

Llegaba el momento del reencuentro así que me fui acercando a la costa sur este, previo paso por la región de Ella, uno de las experiencias más bellas de todo mi viaje, si gustan, acompáñenme hasta allí.

Detalle de las luces del tren

Estoy en el brumoso pueblo de Haputale, son las 6 menos cuarto de la mañana y antes que suene el despertador, ya estoy en pie para ducharme, arreglar la mochila y engullir una samosa bien picante mientras sorbo un té ardiendo.

Subo al primer bus que trepa hasta la colina dónde el Sr Lipton decidió instalar su fábrica de té y repaso mentalmente las imágenes del trayecto que ayer hice sentado en la puerta abierta del tren entre Haputale y Ella. Un trayecto pausado, de una hora y media entre verdes valles viendo la vida pasar y recordando un viaje a la India 12 años atrás. Dentro del vagón a penas cabe un alfiler y mientras el aire me da en la cara, sonrío bobamente. Asomándose, uno ve la máquina y los vagones delanteros, también otras cabezas (pies y brazos) curiosas, que observan el paisaje. En tierra, la gente espera a que pase el convoy, saludando con una sonrisa o con cara de indiferencia, trabajadoras de los campos de té o habitantes de las casas construidas en las orillas de las vías, peatones o filas de coches esperando a que se levante la barrera.

No cabe nadie más!

No son ni las siete de la mañana cuándo desciendo del bus y empiezo a caminar. Enseguida me envuelven campos de té hasta dónde alcanza la vista y cuándo subo las primeras cuestas hasta dónde el sol ya calienta, de varios caminos adyacentes, aparecen grupos de niños que se dirigen a la escuela o mujeres que van a trabajar.

De pronto las colinas a mi alrededor hormiguean de mujeres que van llenando los sacos que, amarrados en la frente les cuelgan por la espalda. Las dirigen unos hombres que una vez han repartido a los grupos, se paran a conversar tranquilamente.

Alcanzo el punto más alto de la colina y contemplo los valles que me rodean, completamente cubiertos por plantas de té. Decido perderme un rato por otras colinas y allí descubro, al fin, un grupo de hombres trabajando arduamente, podando las viejas plantas y recogiendo las ramas agachados entre hileras, dicho esto, la proporción es desigual.

Fue uno de los mejores paseos que he echo en este viaje, las formas onduladas de las filas de arbustos ejercían un poder hipnótico sobre mi, no podía dejar de sacar fotos y mirar alrededor con felicidad.

Llegó el día, después de 10 meses juntos, 10 días separados parecen una eternidad, David y yo nos reunimos para esperar a Álvaro en Mirissa, pueblo turístico y de surfeo que me cogió desprevenido. El Sri Lanka que había visto hasta entonces era un país tranquilo, que se acuesta a las 10 de la noche y despierta a penas despunta el sol, aunque hubiera turistas no me había topado con algo como Mirissa. La playa está salpicada de restaurantes que durante el día colocan tumbonas y colchones para los veraneantes y de noche mesas con velitas para la cena. Cocina, nacional, internacional o pescado a la plancha y cada noche una fiesta en un bar distinto. Si normalmente aborrecemos un poco estos sitios, debo admitir que nos fue como anillo al dedo para celebrar el reencuentro y cuándo al día siguiente Álvaro se presentó con unos sobres de Jamón Serrano ofrendados por su santa madre, nos sentimos en la gloria.

En Mirissa también se pueden avistar ballenas, aunque solo alcanzamos a ver el surtidor, el lomo y la cola en varias ocasiones, imaginar al gigantesco animal de 30 toneladas y más de 30 metros de largo, que se mueve a pocos metros de la barca es una experiencia emocionante.

Pescadores típicos de la zona de Mirissa

Así pues, playa, cervezas, algo de surf fueron una fantástica despedida de Sri Lanka antes de embarcarnos hacia Irán.

Antes de despedirme, un apunte:

Cómo ya he mencionado, la comida de Sri Lanka es excelente, pero, como en muchos países, lo son menos sus normas de higiene. En los restaurantes, las samosas y los naans estan apilados en la vitrina. Cuándo entran, algunos clientes tocan los naans para ver si están calientes, y una señora te planta en la mesa un surtido de fritos variados, que obviamente coge con la mano, uno come los que quiere y deja el resto, que vuelven a la vitrina, con la mano. El control de la rotación de estos deliciosos aperitivos y el número de veces que pueden pasar por las manos de varias personas es un misterio, pero ni se os ocurra dejar de pedirlos!

Ricas samosas. ¿Cuántos días llevaran aquí?
Rollos de vegetales, atún o pollo fritos
Naans repletos de vegetales

 

 

 

 

Sorpresa Nipona

Como un lote de Navidad, un desayuno en la cama, una caja de bombones o un ramo de flores llegó Japón a nuestra vuelta al mundo. Al buscar billetes entre Santiago y Manila el buscador desvelaba que el trayecto más barato, hacía escala en Tokio (y México DF, y Atlanta, y Houston, pero vamos que paraba en Tokio), otra feliz coincidencia fue que mi primo Edu (sí, uno más) reside en Tokio desde hace ya unos años. Lo contacté, poco menos que nos auto-invitamos y resolvimos que toda vuelta al mundo sin parada en Oceanía no es vuelta al mundo (no me seáis puntillosos con África que si nos ponemos…) así que decidimos alargar la escala 13 días.

El dulce patrocinio de United Airlines nos costó un día menos de estancia en el país del sol naciente, pero encajamos el golpe con un humor 5 estrellas (purrumplás!).

Después de 8 meses al sol, con muy breves etapas de frío Andino (no muy riguroso por cierto) las puertas automáticas del aeropuerto nos parecieron las del ártico, el frío nos heló los huesos hasta que divisamos a mi primo embutido en un anorak y su abrazo me dio la primera muestra de calor con el que él y Yuri nos agasajaron durante nuestra estancia en su casa, empezando por el pan recién hecho que horneaban todas las mañanas para el desayuno.

Nos subimos al coche y empezamos a ojear a nuestro alrededor como el que nunca ha salido de su casa, la autopista se fue estrechando hasta asemejarse a una pista de excalextric que serpenteaba entre la densa ciudad Nipona. El barrio dónde residen Yuri y Edu nos recordó a un pueblo, tranquilo, con calles estrechas, coches que parecían de juguete, sin acera y ordenadas casas de no más de 3 plantas. Ni una bocina en medio de la aglomeración urbana más grande del mundo (36 millones de habitantes y poco más de 13 millones en su núcleo urbano según la Wikipedia).

Una vez instalados nos acompañaron al centro para degustar uno de los primeros suculentos platos de la cocina nipona, el tonkatsu, tierno cerdo empanado que sabía a cielo.

El primer día, enfundados en mallas y camisetas térmicas recorrimos la distancia hasta Shibuya caminando y sorprendiéndonos con infinidad de curiosidades, los templos y cementerios sintoístas con sus plegarias y deseos colgando, las máquinas expendedoras de billetes para comida, perros transportados en cochecitos para bebés, la prohibición de fumar en la calle con los consecuentes puntos de vicio abarrotados, el archiconocido baño con calentador de asiento y distintos chorros de limpieza, la infinidad de gente ataviada con una máscara quirúrgica, el tráfico denso pero fluido, los restaurantes con sus habituales paños colgando de la puerta, disfrutar en uno de ellos de un teppanyaki dónde los cocineros manejan la plancha y las palas con una habilidad mareante, el triple paso de peatones más concurrido del mundo, los inmensos luminosos y un larguísimo etcétera. Una de las cosas que más nos llamó la atención fue el sepulcral silencio que reina en los metros y trenes de la ciudad, la gente no habla por teléfono, aunque la mayoría no le quita el ojo de encima, no se escuchan las raras conversaciones ajenas, mantenidas a un nivel de voz que raya en el susurro, tampoco se cruzan miradas, la gente espera ordenadamente que llegue su tren en puntos señalados en el suelo, en fila y en silencio. La limpieza de las calles, aunque no haya papeleras, es inmaculada, y todo respira una asepsia casi turbadora. También se respira seguridad aunque los policías que vimos en la calle se pueden contar con los dedos de una mano.

Nos lo llevamos que en el comedor cabe
Se parece más al padre o a la madre?
Shibuya!

En contrapunto a esta poca demostración de júbilo y espontaneidad encontramos l@s cazadores de client@s, en todo lugar, pero especialmente en el barrio de Akihabara, jóvenes vestid@s de forma estrafalaria y a veces armados de un micrófono, te asaltan en la calle para que entres en un restaurante o en un centro recreativo de 5 o más plantas. Este es el paraíso de los Otakus. Ver a estos adolescentes asociales, que siguen patrones a velocidades de vértigo en pantallas de videojuego cada vez más sofisticadas, es un auténtico espectáculo. Al sujeto del vídeo (pulsen el link) lo aguardaba, con cara de circunstancias y paciencia infinita, la que supuse era su madre. Las manos enfundadas en unos guantes blancos pulsaba botones como poseído, pero al mismo tiempo con tempo. Nosotros también paseamos entre las máquinas recreativas, de las más antiguas a las más incomprensibles, nos atrevimos con el Mario Kart o una máquina de Star Wars pero ni siquiera buscamos comprender como se podían mover ejércitos enteros en una pantalla arrastrando cartas de Magic en un tablero.

También hay edificios enteros con películas pornográficas de los más sorprendentes estilos (por calificar algunas portadas que vimos), aunque en las películas se pixelan los genitales de los protagonistas (!), edificios con figuritas de manga de coleccionista, edificios con una estatua de un robot primo hermano de Mazinger zeta de unos 20 metros de alto…

Otra gran afición de muchos Japoneses consiste en encerrarse durante horas en un karaoke, algunas puertas entreabiertas nos dejaron ver a jóvenes vestidos como sus ídolos pop, desgañitándose frente a pantallas triples que abarcaban 3 paredes de la habitación. Igual que estar en un concierto y sentirte una estrella pero con sofás y solícit@s camarer@s que te abastecen de comida y bebida. En la calle en cambio, mirada al suelo y respeto cortés, aunque si preguntas una dirección, harán todo lo posible para intentar comunicarte, en su pobre inglés, como llegar al sitio deseado.

También entramos en un Izakaya en el que ofrecían barra libre durante un tiempo determinado. Un local con una densa nube de humo y con apartados que se cierran con paneles correderos, en la mesa de al lado un joven traspasó la delgada línea que separa la alegre borrachera de la indisposición, acabó vomitando en su propio vaso y en la mesa. Asombrados vimos como, sin levantar una ceja, los camareros se afanaban a limpiar el desaguisado mientras su amigo, que andaba en un estado similar, lo arrastraba hacia el exterior del local. Ni un reproche. En otro Izakaya nos invitaron a sake y probamos alguna delicatessen señalando los platos ya que cuándo intenté pedir del menú me hicieron entender que lo estaba ojeando al revés!

Visitamos Shinjuku, y otros barrios de la ciudad, pero en Tokio lo que más disfrutamos fue la compañía de Yuri y Edu. A parte de preparar un banquete en su casa, Yuri nos invitó a unirnos a la fiesta de cumpleaños de su madre, no desvelaremos su edad pero diremos que se mostraba envidiable a sus años, de manera muy cortés y educada hicieron todos los esfuerzos posibles para que pudiéramos comunicarnos pese a la barrera idiomática. El padre de familia hizo unas pegatinas con nuestros nombres en Japonés y los nombres de toda la familia escritos en nuestro abecedario. Después nos propuso ir a un Onsen (del que no permitió que pagáramos la entrada) y nos zambullimos de pleno en una de las más sorprendentes costumbres Japonesas. Los Onsen son baños públicos, en general alimentados con aguas termales, en los que con una falta de pudor absoluto, que contrasta con la sobriedad y lo celosos que parecen de su intimidad en la calle, los Japoneses se reúnen para deambular por distintas piscinas, saunas y duchas como Dios los trajo al mundo. Hombres y mujeres convenientemente separados, eso sí. Hay que empezar con una escrupulosa limpieza corporal, todos sentados los unos junto a los otros en un taburete de plástico, con abundantes baldeos de agua, algunos aprovechan para afeitarse, cuando uno está limpio pasa a la zona de baño, piscinas a diferentes temperaturas, de burbujas, de chorros de masaje, de suave corriente eléctrica… con un paño en la cabeza uno se relaja o departe amistosamente, aunque siempre en voz queda.

Limpios y relajados disfrutamos de un auténtico festín en casa de los suegros de Edu, Sukiyaki y Yakinuku regados con vino Francés que abrieron especialmente para nosotros ya que ellos a penas lo probaron. Fue un día Japonísimo y nos encantó!

Believe it or not, seguimos en Tokio!

De Tokio nos fuimos a Osaka y Kioto dónde el frío recrudeció e incluso nevó, lo que hizo la visita mucho más dura aunque también mucho más hermosa. Caminamos de nuevo, avistando de vez en cuando a Geishas correteando por las calles. La visita al Kinkaku-Ji, el templo dorado de Kioto, la realizamos durante una corta pero intensa nevada, la paz del lugar se cubrió de un silencioso blanco, mientras la nieve que empezaba a cuajar, crujía a nuestros pasos.

Copazos de oro

Recorrer, con la boca abierta, los senderos delimitados por infinidad de toriis en el Fushimi Inari fue otro sueño cumplido, y ya son muchos. Desde la colina vimos una deslucida puesta de sol, pero no nos importaba, la luz que se filtraba entre los pórticos desiguales daba pinceladas mágicas al lugar. También nos refugiamos del frío en otro Onsen, este mucho más popular y simple que el primero al que fuimos, nos encantó relajarnos de nuevo entre miradas curiosas pero siempre discretas.

En Osaka está uno de los museos más visitados de Japón, el Kishiwada-Jo al descender sus diferentes plantas se explica como se consiguió la reunificación de Japón y es de los pocos sitios que tienen sus explicaciones en Inglés además de en Japonés.

En definitiva y pese al frío, caminamos por las tres ciudades descubriendo y curioseando un montón de lugares. Mercados en los que probamos todo tipo de comida, y más comida, jardines apacibles, una vista nocturna de Tokio desde el Tokio-To Chosha, visita tardía al mercado de pescado dónde probamos un excelente sushi a precio ajustado, la vista lejana del monte Fuji en un día claro, un bar con música en directo en Kamikitazawa en que la gente aplaudía muy someramente a los artistas al fin de cada canción, nada de grandes demostraciones, eso queda para la intimidad de cada uno… un país realmente distinto a todos los que hemos visitado hasta ahora, una serie de recuerdos que se han grabado a fuego en nuestras mentes.

La amabilidad y la deferencia llegan a su zenit al salir de Japón, en el aeropuerto, hay un policía que se despide de todos y cada uno de los pasajeros con una pequeña reverencia y un rápido “gracias por visitarnos”, “que tenga buen viaje”, “vuelva usted pronto”, y en la pista de aterrizaje vi al funcionario de turno dar las indicaciones al avión y finalizar con una profunda reverencia hacia el piloto.

Quiero agradecer una vez más a Yuri y a Edu su hospitalidad, quedé con muchas ganas de visitar el Japón no urbano, perderme en la costa o las montañas, llegar a pueblos remotos pero solo probamos un bombón de la caja, quedan muchos sabores por descubrir.

Quien quiera ver más fotos aquí, la conexión es muy limitada para subir en el post.

Conexión polémica

Algo que no sabréis, (porque no lo suelo comentar) es que hace 8 años hice otra vuelta al mundo. Muchas cosas han cambiado desde entonces, a parte de no sentirme más joven, la gran diferencia entre uno y otro viaje son: “los móviles”.

Queridos u odiados, pero ya imprescindibles en las vidas de la inmensa mayoría de los ciudadanos del primer mundo, nos otorgan la mayor capacidad de comunicación que hemos tenido nunca, al mismo tiempo que nos aíslan del entorno y de los que tenemos más cerca. Pero tranquilos no es mi intención tirar solo de tópicos sino explicar los pros y contras específicos del viaje.

Se que hace 8 años no vivíamos en la edad de piedra, ni emulamos a Nicholas Bouvier y Thierry Vernet que en los años 50 cruzaron desde Yugoslavia hasta Afganistán en un 2CV (recomiendo encarecidamente este libro ya que es mi favorito: “l’Usage du monde”), ni siquiera fue un viaje a lo hippies de los años setenta, pero el “Wifi” y el “Whatsapp” no existían… loquísimo verdad?

Recuerdo que cada 4 o 5 días acordábamos buscar un café internet, (saturadísimos en la época) y dedicar unas 3 o 4h a revisar mails, hacer algún Skype, leer la prensa o ver vídeos de gatitos en un incipiente Facebook (uno de los primeros Willies ni siquiera tenía Facebook!).

El cambio, con el “wifi”, ha sido mayúsculo, hasta en los lugares más remotos, ahora, hay “wifi”, y al llegar a cualquier hostal lo primero que hacemos es registrarnos y pedir la clave del mismo. Después de algunas horas de viaje, (no siempre desconectados ya que ahora también puede haber “wifi” en los autobuses, trenes o en una furgoneta de pasajeros de Colombia!), dejamos las mochilas y revisamos las últimas notificaciones.

(Y por cierto, no hablo de la opción, que existe, de comprar una tarjeta local con megas y entonces estar conectado las 24h.)

Se acabó esperar que se libere el ordenador que solía estar en la entrada del “hostel”. ¿Se acabó también el charlar con los demás huéspedes durante la espera sobre dónde han estado, a dónde van y de dónde vienen? En la sala común los ojos miran fijamente una pantalla, los dedos teclean veloces.

Sin comentarios, no en la foto, entre nosotros.

Con “Whatsapp”, se acabó dejar pasar varios días sin tener ni dar noticias a familia o amigos y sino atención a las consecuencias! Después de pasar 4 días en el Cuyabeno, en el Amazonas, (allí solo tenían Internet para emergencias pero incluso allí tenían!) sin postear ni escribir, encendí el teléfono y tenía dos mensajes de amigos preocupados, aún no habían llamado a los grupos de rescate, pero calculo que 48h más hubieran sido críticas.

“Google maps” se ha convertido en nuestro guía, se acabó la confusión y el perderse. ¿Se acabó también el preguntar e interaccionar con los locales?

A veces, llegas a ciudades en que la época hace que todo esté lleno, hace 8 años en Brasil y por carnavales, acabamos alquilando la casa de una chica que pasaba por allí, nos vio con cara de circunstancias después de haber buscado durante horas dónde caer muertos y nos ofreció su casa por un módico precio mientras ella se instalaba en casa de un amigo, acabó siendo una gran experiencia.

A veces llegas a inhóspitas ciudades entrada la madrugada, no apetece ponerse a buscar hotel, y menos en las inmediaciones de una poco recomendable estación de autobuses, en estos casos “Booking” nos evita el mal trago. ¿Se acabó el vivir la aventura (buena o mala) que hubiese comportado tener que sacarse las castañas del fuego?

Con “Uber” o con “Lyft”, al llegar a la estación de autobuses, podemos ir al hotel contratado en “Booking” sin siquiera esperar que aparezca un taxi o tener que discutir la tarifa con el conductor (que a menudo no dispone de taxímetro o no le da la gana usarlo), y siendo 3 personas, a veces los viajes salen igual de baratos que con buses locales, se acabó el esperar abarrotados buses bajo un sol de justicia. ¿Se acabó también el poder tomar ese bus local y tal vez conocer a «la chica del bus», se acabó el planear y estar condicionado con los horarios, se acabó parte de la magia del viaje?

A veces quieres una casa para ti, porqué has encontrado a otro grupo de viajeros y quieres celebrar el fin de año o una fecha especial con ellos,“Airbnb” te ofrece una solución.

Ojeamos “Trip Advisor” o mucho mejor, contratamos una guía exclusiva en “Tripuniq” para saber cuales son los lugares más interesantes de cada ciudad, para saber en qué restaurantes se puede comer bonito y barato. ¿Se acabó el dejarse guiar por el instinto, se acabó el darse la libertad de equivocarse?

Leemos la prensa a través de las aplicaciones de nuestro móvil. Como si estuvieras en el sofá de tu casa sigues como van las elecciones de EEUU al minuto. ¿Se acabó el enterarse al cabo de dos días del último resultado del Barca?

Aprendemos idiomas en nuestros ratos muertos con “Duolingo”. Ahora incluso puedes usar una app para reconocer los caracteres japoneses y traducirlos. ¿Se acabó el intentar descifrar qué dice una carta en Chino o Japonés, se acabó entrar en la cocina señalando los ingredientes o pidiendo el plato que tiene el vecino de la mesa de al lado?

Escuchamos nuestros programas de radio favoritos cuando estamos un poco nostálgicos, a través del “Podcast” con nuestros auriculares. ¿Se acabó escuchar la radio juntos en el coche, o aguantar el karaoke a todo volumen en un bus de Filipinas o el reggeaton de cualquier bus en sur américa?

Controlamos nuestro balance bancario a través de la app del banco, la última extracción o pago con tarjeta mientras recibimos un mensaje en nuestro teléfono. ¿Se acabaron las sorpresas al cabo de una semana (o un mes) al ver el extracto?

Usamos la magnífica app de “Settle Up” para apuntar cada gasto que realizamos y controlar qué deudas tenemos entre nosotros. ¿Se acabó el vivir pendientes de rellenar «el bote», ese monedero sin fondo, sin saber muy bien lo que te estás gastando?

Obviamente actualizamos nuestro estado y curioseamos qué hacéis en “Facebook”. ¿Se acabó el vivir más el aquí que el allí?

Cualquiera de estas afirmaciones no es siempre cierta, por eso las interrogaciones. Hemos buscado alojamiento decenas de veces a la vieja usanza, preguntando puerta a puerta. Hemos tomado buses ruinosos, abarrotados, viajado de pie durante horas. Hemos consultado viajeros y locales sobre dónde ir o si vamos por buen camino. Hemos comido en los primeros puestos callejeros que hemos encontrado. Sigo tratando de aprender a contar en Japonés o Filipino, como se dice «hola, adiós o gracias…» preguntando a los oriundos…

Lo que es innegable es que hay días que entre tanta App y tanta red social, me pregunto si el viaje no es otra cosa, estamos en lo de siempre, no hay porqué dejar de usar herramientas que son prácticas, ¿pero hasta qué punto es lógico no dirigirse la palabra en el desayuno o la cena porqué cada uno lee lo que han escrito en “Facebook”, “Twitter”, “Instagram” o las noticias? ¿Es el mismo caso si en lugar del móvil lo que ojea el otro es un periódico de papel o un libro?

Cada uno necesita sus momentos para sí, el que lee un libro (ahora ya, un libro electrónico) se aísla igual que el que lee un artículo en su pantalla o consulta el último mensaje en “Tinder”, pero hay días que me pregunto si hemos viajado juntos o con los que hemos dejado en otro lugar, si estamos aquí o allá.

¿Cuál es el límite?

Supongo que ya lo hemos superado en la rutina diaria. Veo que se repite lo mismo en muchos países, más o menos desarrollados, llegando a su punto álgido en el metro de Tokio, ni un cruce de miradas, todos fijando el móvil, pero podríamos estar hablando del metro de Barcelona o el de Buenos Aires y en el viaje, comparado al de 8 años atrás me parece que el viaje con el móvil es viajar sin moverse tanto.

El “wifi” permite inmediatez y las “apps” ayudan en la organización y la comunicación con los que dejamos lejos, pero se pierde comunicación inmediata con los que te rodean, (eso no es nuevo) y aunque igual te evita algunas complicaciones, tal vez te evite vivir aventuras increíbles que luego sean lo que más recuerdes, opino, al fin, que se pierde gran parte de la Magia y sin duda del Misterio que el viaje conlleva.

Y ustedes: ¿Qué opinan?

Viva Chile!

Chile tiene un lugar especial en mi corazón, en mi primera visita hace 8 años, cuando repasaba mentalmente el plan de viaje, me parecía solo el paso previo a los platos fuertes de latino américa: Argentina y Brasil. No sabía prácticamente nada de Chile ni de los Chilenos…

Si bien el país de mi doble (Messi) y el país carioca no me decepcionaron en absoluto, Chile fue un flechazo. Desde Santiago hasta el cono sur, me enamoré de sus paisajes, su gente y su gastronomía.

Así pues, temía hacerme demasiadas expectativas con esta nueva incursión que abarcaría desde la frontera con Perú hasta mi querido Santiago, otra vez, punto de inflexión en el viaje.

Con mirada legañosa cruzamos la frontera y nos reencontramos con el sol y el calor de una desértica Arica después haber dejado el frío altiplano Peruano la noche anterior.

Arica es una ciudad de costa revitalizada por su proximidad con Perú dónde los Chilenos acuden en masa a comerciar y también al dentista y al oculista para comprarse gafas y calzarse empastes como si no hubiera mañana.

Desde allí planeamos una escapada de 4 días por el interior Chileno. Sin haber dormido mucho nos dimos de bruces con un sol intenso y un incremento de los precios notable con respecto a Perú.

Un día intenso de consultas en la oficina de turismo dónde comprobé de nuevo que los Chilenos se pasan de amables, buscando la mejor oferta para alquilar un 4×4 e intentando no desesperarnos con varios contratiempos acabó con nuestros cuerpos serranos «on the highway» con el sol hundiéndose detrás nuestro en la tierra roja y una luna anormalmente gigante asomando tras un monte… Rock and roll!

Road trip!

De la costa, nuestro Suzuki nos llevó hasta Putre a unos 3500msnm, fuera volvía a hacer frío, el cielo estaba cubierto de estrellas y nos fuimos corriendo a cenar y a descorchar nuestra primera botella de vino Chileno para celebrarlo!

Pueblos a 4000msnm

Los días siguientes hicimos cientos de kilómetros sin cruzar turista alguno, aunque sí muchos camiones que conectaban Chile y Bolivia por esta ruta transandina. Atravesamos el Parque Nacional Lauca y el Parque Nacional Vicuñas dónde admiramos centenares de vicuñas, alpacas y llamas (que ahora sabemos diferenciar sin ayuda de Google) y otros animales fantásticos como, flamencos, vizcachas, o Ñandús, una especie de avestruz gigante aunque algo huidizo.

La vizcacha me recuerda al abejonejo
Aguilallina
Are you talking to me?

Atravesamos también el Parque Nacional Volcán Isluga, en las inmediaciones del cual nos acercamos a un solitario géiser con varios pozos burbujeantes a su alrededor.

Picos de 5000msnm nos acompañaron todo el trayecto

Rodeamos el inmenso salar de Surire y vimos volar a miles de flamencos en la lejanía mientras nos preguntábamos preocupados dónde íbamos a dormir después de ser rechazados en el único «pueblo» marcado en el mapa.

Flamencos del whatsapp
Calentito!
Sin cemento ni ná!
Uno de los pueblos en que pretendíamos dormir… ni un alma a la vista
Un pino en el salar
Suzuki rules!

Nos jugamos la vida bordeando la dudosa frontera Boliviana atravesando parte de otro salar cuyo nombre he olvidado, hacia el infinito sin seguir ruta marcada alguna, abrazamos espinosos cactus y finalmente nos acercamos a Huara dónde llegamos tarde y cansados de tanto coche, la puerta de nuestra habitación (que no tenía llave) quedó inexplicablemente cerrada y después de probar unas 200 llaves (no exagero) decidimos romper la ventana para poder entrar.

La foto del delito
Cactussssssss

La guinda final del pastel la puso un lugar que no olvidaremos fácilmente, después de más de 4h en coche para hacer escasos 100km y perdidos en medio de la nada, dando varias vueltas por caminos polvorientos, con la suspensión del 4×4 dando lo mejor de sí, guiados por un punto en Google maps, sin más carretera que seguir, dejamos el coche en la orilla de un río y decidimos remontar a pie los últimos 3km.

Llegar no fue fácil

Cuándo llegamos a la laguna roja se nos cayó la mandíbula al suelo, una inmensa piscina de color vino tinto rodeada por el escenario que ya conocíamos, volcanes de más de 4000 y 5000msnm, otra laguna adyacente de color verde lima con algunas burbujas aquí y allá, ambas rebosando lentamente y tiñendo el suelo con sus sedimentos. Un espectáculo que cuesta de creer.

Panorámica de las lagunas
David, en un claro homenaje a Jaume I decidió pintarse las 4 barras
El suelo llora sangre

Al volver, incluso tuvimos una escena de acción, un coche de policía nos detuvo abruptamente en una curva, sin dejarnos aparcar el coche en un primer momento, pusieron la sirena y mandaron alto, al parecer nos seguían desde hacía hora y media, avistaron el coche en la distancia en las inmensas llanuras que atravesábamos y nos dieron caza ya que, al parecer hay que notificar que uno sube a esa zona sino te toman por contrabandista Boliviano. Al ver que éramos turistas y que desconocíamos la normativa nos dejaron marchar con una advertencia y una sonrisa, otra vez la simpatía Chilena.

Otra puesta de sol para el recuerdo

Llegamos por fin a Pozo Almonte dónde «devolvimos» el coche y nos liberamos de tensiones con una fiesta que se alargó hasta el alba.

Acabado el «road trip» fuimos a relajarnos a Iquique, otra ciudad costera, bastante turística, con edificios altos en primera línea de mar, con casinos (los Chilenos adoran apostar) pero también con un centro histórico precioso, semi decadente que me atrapó. En la época dorada de la extracción del salitre, británicos y alemanes arribaron en masa al puerto de Arica para explotar los yacimientos. La ciudad tuvo un auge tan rápido como lo fue su decadencia pero ese momento de esplendor dejó su huella en forma de una arquitectura colonial similar a la de Nueva Orleans.

Hice un álbum entero en FB de sus portales podéis verlo aquí.

Por cierto, a ver si participáis un poco, en un museo de la ciudad vi lo siguiente, a ver si alguien me sabe decir lo que es (copiando a mis amigos de Un(t)raveling, el ganador se llevará una postal):

WTF???

El próximo destino era un caramelo de todos conocido el Desierto de Atacama, así que de nuevo nos metimos en un bus, y en una noche pasamos de nuevo del mar al altiplano de este angosto país.

En Atacama nos reencontramos con Umut, una pin up turca muy aclamada en su país, y realizamos la visita del valle de la Luna y de las lagunas altiplánicas. No hay duda que es una auténtica belleza, y sino juzguen por las fotos, pero Atacama es también una ciudad tomada por las agencias de turismo, los restaurantes «cuquis» y los bares «cool». Los precios, sin ser prohibitivos, son abusivos y realizadas las visitas de rigor nos fuimos a Caldera (ooootra vez a la playa) a celebrar la navidad en compañía de una pareja de Sevillanos y otra de Italianos.

Valle de la luna
El poder del agua y el viento
La duna y el anfiteatro
Salta en la laguna
La luz a 4000msnm da colores que solo hemos soñado
Pin Up Turca
La cámara lo adora

 

Felices y contentos

La verdad es que fue una nochebuena atípica, con bañito en el mar previo a la deliciosa cena que entre todos organizamos, obviamente corrió el vino Chileno aunque la fiesta fue tranquila y un poco nostálgica debido a que todos teníamos a la familia lejos.

Después del baño
En la cocina, trabajando, algunos más y otros menos

De Caldera llegamos a Santiago, dónde nos esperaba nuestra couchsurfer, Ingrid, que ni corta ni perezosa lió a su amigo Jona para que nos alojara él en lugar de ella ;).

Ambos fueron unos huéspedes increíbles y desde la terraza del piso 26 del edificio de Jona, nos tomamos nuestras primeras cervezas con vistas a la ciudad.

Los Andes y la luna escoltan esta bella ciudad
La piojera y sis terremotos!

Recorrimos Santiago como debe hacerse, incansablemente y a pie, seguimos los pasos de Neruda por Bellavista, nos volvimos a emocionar al pasar delante de la Moneda y ver la estatua de Allende y algunos agujeros de bala en los edificios de enfrente, degustamos los terremotos de la Piojera, echamos un ojo curioso a los cafés con piernas, comimos decenas de empanadas, sobretodo las de pino y la de marisco, nuestras favoritas y David y Álvaro saludaron el 2017 en la ciudad. Unos días bastante completos que pude redondear con una visita a un antiguo compañero de escuela y su familia que hacía años que no veía (no tengo fotos Marc!) y una nueva visita al Valparaíso de mis amores, la ciudad de los colores.

Feliz año nuevo!
Eterno

Allí nos reencontramos con Umut y los Sevillanos, y después de todo un día peinando las calles del cerro alegría a las 2 de la mañana el amo de una cervecería artesanal nos abrió sus puertas hasta el amanecer… solo para nosotros!

Me estoy pasando con las fotos y no puedo elegir así que podéis ver Valpo aquí.

Finalmente United nos obsequió con un día extra para despedirnos de Santiago en un hotel 5 estrellas, los Willys lo aprovecharon:

Hasta siempre!

De nuevo Chile ha superado mis expectativas, de nuevo feliz y con ganas de volver a ver más sitios, volver a los ya conocidos, conocer más gentes, encontrarme con los que no pude ver esta vez.

Viva Chile mierda!

Cuando se nublan los sueños:

Llegar a Machu Picchu era un sueño que tenía desde hace años así que intentamos planificar un poco la visita, cosa que no solemos hacer. Compramos las carísimas entradas (46 USD y aumentando a 60USD en 2017), con unas 3 semanas de antelación (la entrada al Huayna Picchu, al que queríamos subir, está limitada a 400 personas por día y se agotan rápido) y estuve un par de días guardando cama para recuperarme de un simple resfriado, saltándome otras excursiones, para estar listo el 8 de Diciembre. Después de 5 días en Cusco el nerviosismo iba aumentando en mí.

Desde hace años también, sabía que llegar a Machu Picchu o no es barato o no es fácil, me explico:

Por el famoso «Camino del Inca», solo 48km separan Cusco de Machu Picchu, pero para ser uno de los que lo recorren durante 4 días, hay que reservar con mínimo 6 meses de antelación y pagar entre 400 y 500 dólares. Además hay que seguir al pie de la letra las indicaciones de los guías, duerme aquí, come aquí, descansa allá y camina ahora.

De Cusco a Aguas Calientes también hay un tren, pero el trayecto de ida y vuelta cuesta la friolera de 150USD, descartado.

Como dependiendo de la temporada, de 3000 a 6000 turistas DIARIOS, visitan la montaña, existe un trayecto alternativo y más barato, pero como decía, implica cierta complejidad, esta es la opción que otro compañero viajero bautizó ya hace años como «el camino del punki».

Contratamos pues, el transporte de los que no quieren, o no pueden permitirse esos lujos, el que sale de Cusco y va hasta la estación hidroeléctrica que alimenta toda la región de Machu Picchu y se encuentra a los pies de las ruinas.

Después de batallar un poco, conseguimos el trayecto de ida y vuelta por unos 15USD.

La carretera no va precisamente paralela al camino del Inca y los 48km se convierten en una odisea de unos 220km y 7 horas de recorrido, salvando un puerto a 4500msnm y una carretera de tierra final que se eleva sobre el río, digna de la famosa «Death road» de Bolivia, mirar por la ventanilla en algunas curvas era una prueba de fe.

Salimos pues a las 8 de la mañana de Cusco, embutidos en una de las numerosas furgonetas que diariamente acercan cientos de turistas a las ruinas Incas y después de 7 largas horas llegamos a destino.

De la hidroeléctrica sale otro tren que llega a Aguas Calientes, la verdadera base de salida hacia Machu Picchu, pero de nuevo, los precios son desorbitados. También está la opción de caminar por las vías del tren unas dos horas y cuarto para llegar a destino, obviamente, esa fue la opción elegida por los Willys (y por la mayoría de turistas en realidad).

Por dónde pasa el tren?
Por dónde pasa el tren?

Ya teníamos ganas de estirar las piernas así que no nos importó que al principio cayeran 4 gotas mientras seguíamos las vías paralelas al brioso río y observábamos la montaña de Machu Picchu alzándose vertical hasta los 3082msnm, unos 1200 metros por encima de nuestras cabezas.

Montaña y Huayna Picchu vistos desde atrás
Montaña y Huayna Picchu vistos desde atrás

Los jirones de nubes aferrados a las verdes laderas aportaban misterio al lugar, y de vez en cuando divisábamos ya, a lo lejos, parte de las ruinas Incas que íbamos a descubrir al día siguiente. La lluvia cesó, y paseando sin prisa, devoramos la suave pendiente hasta llegar a Aguas Calientes sobre las 17h30.

Corred insensatos, que viene el tren!
Corred insensatos, que viene el tren!

Este pueblo recibe a diario la ingente cantidad de turistas que visitan Machu Picchu, gente que en general, pernocta una o dos noches en el lugar y no vuelve nunca más. Esto significa que el pueblo es en realidad una sucesión de hoteles, tiendas de artesanía y restaurantes, con insistentes caza turistas que te ofrecen promociones para que entres en su local, ya que saben que solo tienen una oportunidad.

Aguas Calientes se encuentra a 2040msnm y la entrada a Machu Picchu a 2430msnm, estos escasos 400m de desnivel se pueden salvar a pie, subiendo unos empinados e interminables escalones, o en bus, previo pago de 12USD (ida). Mi romanticismo más que mi tacañería, me hicieron optar por lo primero, mis compañeros subirían en bus. Aunque pueda parecer una imbecilidad, quería disfrutar de cada paso, de acercarme y saborear cada escalón, también ser de los primeros en pisar el recinto ese día, me apetecía poner un poquito más de conciencia, eso es todo. Así pues, poco después de cenar me fui a acostar, tocaba diana a las 04am.

Antes que sonara el despertador ya tenía los ojos como luceros, lo apagué, me deslicé sin ruido de la litera de arriba del dormitorio, me lavé la cara, me vestí y me tomé un té en el desierto comedor del hostel antes de salir en plena noche a la calle. No me sorprendió ver que no era el primero, eran las 04h20 y en las calles pequeños grupos enfilaban hacia el puente o hacia la parada de bus (el primero no sale hasta las 5h30 pero si uno quiere estar en él, tiene que estar allí una hora antes).

Unos cortos 15 minutos de bajada me acercaron hasta el puente que permite el ingreso al museo de sitio, allí había ya, por lo menos, un centenar de personas que esperaban pacientes que abrieran, a las 05am.

Acaban de abrir el puente, los mochileros pobres atacan!
Acaban de abrir el puente, los mochileros pobres atacan!

Puntuales, los guardas nos hicieron ingresar con las primeras luces del alba. Cruzamos el puente y en fila india comenzamos a atacar los escalones que suben recto, cortando la zigzagueante ruta que hacen los buses que suben y bajan sin descanso durante todo el día.

En los primeros compases todos juntos
En los primeros compases todos juntos

Observaba con un poco de preocupación como las montañas que me rodeaban no se desperezaban del todo de las nubes, pensé que a medida que subiera el sol eso tenía que mejorar.

Sin prisa pero sin pausa fui ascendiendo y la fila se fue haciendo menos densa, en cada recodo algunos turistas paraban a descansar o a desayunar algo, a media subida ya fui disfrutando los tramos de soledad, adentrándome más y más en mi día especial.

En 45 minutos llegué a la entrada, por lo menos 40 personas formaban ya una fila de cuerpos humeantes, el esfuerzo se hacía notar.

De nuevo esperamos pacientes a que abrieran las puertas a las 06am mientras la gente llegaba con cuentagotas. Recuperé energías con unas galletas y un par de plátanos y casi cruzaba la entrada cuándo bajaron del primer bus el resto de Willys.

Una vez reunidos empezamos a explorar el lugar, después de un par de recodos, podías estar completamente solo, y casi nos pareció místico que las ruinas estuvieran bañadas por la niebla y apenas pudieras ver a más de 30m, quedaba tiempo para que el clima mejorara pero en realidad, mirando a mi alrededor, tenía claro que la nubosidad había aumentado.

Unas llamas nos cortaron el paso y temerosos de una coz o un escupitajo, los 3 machos esperamos a que Laura las ahuyentara con airosos aspavientos…

Llamas en la niebla y Laura Goodall
Llamas en la niebla y Laura Goodall

Hasta las 7h00am no podíamos acceder al Huayna Picchu, la escarpada «nariz del Inca» que sube hasta los 2720msnm (o sea 300m más), así que dimos unas vueltas alucinando con la conservación del lugar y el ingenio de los Incas, sus construcciones han resistido el paso de los años y de varios terremotos. Es particularmente impresionante el perfecto encaje de las enormes y pulidas piedras, el templo del cóndor, el templo del sol y de la luna…

Llamas con efecto, by Laura.
Llamas con efecto, by Laura.
He comentado que había niebla?
He comentado que había niebla?

De nuevo hicimos cola para acceder al Huayna Picchu y empezamos a subir los inclinadísimos, pequeñísimos y resbaladizísimos escalones para admirar las increíbles vistas de las ruinas de Machu Picchu…

Escalones de liliput!
Escalones de liliput!

Cuándo a media subida empezó a caer una lluvia fina no me desilusioné, cada uno a su ritmo fuimos llegando a la cima, solo para descubrir que una tela grisácea cubría el paisaje. De las ruinas, no había noticias. Esperamos hasta que David se dio cuenta de lo evidente, no iba a abrir, me quedé solo, bajo la lluvia que se fue intensificando, unos 40 minutos, esperando que el Dios Inti me concediera un claro, un momento de gracia… no quiso ser benevolente, había llegado la época de lluvias, de echo llegaba con retraso y ese día tocaba llover lo que no había llovido en todo Noviembre. Aún así intenté disfrutarlo y me quedé chorreando un rato de pie sobre el punto más alto, esa roca, era el ombligo del mundo.

Qué vistas!
Qué vistas!

No dejó de llover prácticamente en todo el día, me separé del resto del grupo que tuvo más suerte que yo y en un momento, desde el mirador de la montaña, pudieron realizar la instantánea de la silueta del Inca acostado.

Cuando resignado, bajé del Huayna Picchu me uní a una familia de Guatemaltecos para hacer el tour explicativo con un guía oficial, fue muy interesante e ilustrativo y intenté disfrutar de estar dónde había soñado estar hacía años, reconozco que me costó mucho, muchísimo. Hubiese aceptado con deportividad la niebla, me hubiese tumbado en el césped, cerrado los ojos y disfrutado un momento del lugar… pero la lluvia no cesaba y hacía imposible el sosiego, el impermeable poco a poco iba calando y los pantalones ya no impedían que el calzoncillo estuviera incómodamente húmedo.Además, a esas horas, la explanada de Machu Picchu ya se había convertido en un mar de plásticos de colores haciendo imposible sentir la «magia» del lugar que sí vivimos al entrar de los primeros.

Combinados para la ocasión!
Combinados para la ocasión!

Estoy feliz, claro que sí de haber estado, no me decepcionó Machu Picchu, pero sí nos frustró  la lluvia.

El condor con su blanco collar bebía la sangre de los sacrificios.
El condor con su blanco collar bebía la sangre de los sacrificios.

Porque además, el plan mochilero tirado, implicaba volver esa misma tarde a Cusco, con lo puesto, así que a las 12 del mediodía, una vez terminada la visita y bajo la misma lluvia enfilé en sentido contrario las escaleras de la mañana, descendí casi corriendo hasta el puente y de allí una hora y 45 min por las vías hasta la hydroeléctrica, alcancé al resto del grupo poco antes. Lo que ayer fue un precioso paseo hoy era un pequeño tormento, todos íbamos calados.

El mismo tren, la misma lluvia.
El mismo tren, la misma lluvia.

Otro minibus nos esperaba en el sitio convenido, eran las 3 de la tarde y por delante, otras 7 gélidas horas de regreso. Aunque había un niño pequeño en el coche, aunque los 14 ocupantes íbamos empapados y se subía de nuevo a 4500msnm el conductor hizo caso omiso a nuestra petición de poner la calefacción, además bajaba la ventanilla alegando que se le empañaba el parabrisas.

Llegamos a Cusco cansados y helados, nada que una buena ducha no pudiera arreglar.

Después de 6 meses de viaje, hasta ayer, podíamos declarar que el tiempo había sido más que benévolo con nosotros, ningún día habíamos dejado de realizar una actividad por culpa del mal tiempo, ayer decidió que se acabó la jauja!

Esa noche, al acostarme, sabía que había realizado un sueño, solo que fue un sueño pasado por agua, un sueño un poco nublado.

Mucho más que la mitad (y III)

Desde Mompiche, por pura curiosidad miramos en la web de couchsurfing por si en Puerto Lopez, alguien nos podía acoger. Desde que viajamos 3 hemos dejado de usar la aplicación de la que ya os hablamos, ya que suele ser un poco complicado encontrar a un huésped dispuesto a acoger a tres viajeros, pero la casualidad quiso que apareciera el nombre de Giulia en mi pantalla y que sin mucha convicción le mandara un mensaje.

Qué ilusión cuándo al día siguiente, Giulia nos contestó que si alguien aceptaba dormir en el suelo o en una hamaca éramos más que bienvenidos, sin problema, allí vamos!

Cuándo llegamos después de 14h de bus, muchas más de las previstas, sin internet y sin poder avisar  a nuestra anfitriona, Giulia nos dijo que nos quedáramos en Puerto Lopez (su casa estaba a pocos km) esa noche ya que era tarde para ir y ella había hecho planes pero que fuéramos al día siguiente, que ningún problema. Un poco cansados y decepcionados (porqué nos ilusionaba poder instalarnos sin buscar hostal y estar como en casa, que es lo que suele pasar cuando haces couchsurfing), buscamos hotel, encargamos el tour a la isla de la plata y nos planteamos si nos íbamos directamente hacia Cuenca al día siguiente o si parábamos una noche en casa de Giulia.

Puerto Lopez es un pueblo de pescadores y con la marea baja improvisan partidos de fútbol
Puerto Lopez es un pueblo de pescadores y con la marea baja improvisan partidos de fútbol

Quién nos iba a decir que en lugar de una noche nos quedaríamos anclados, atrapados por la amabilidad y la risa franca de Giulia por 4 noches en la maravillosa casita frente al mar a escasos kilómetros a las afueras de Puerto López.

Pero vayamos por partes, esa noche nos acostamos ya tarde controlando en nuestros móviles como Donald Trump iba tiñendo de rojo los diferentes estados norteamericanos y en la mañana nos embarcamos junto a otros 4 incrédulos Americanos, una Danesa de muy buen ver y su novio Español, una chica alemana y un callado Canadiense hacia la Isla de la Plata.

En el momento de arrancar, uno de los dos motores no funcionaba y después de media hora de grasientas manipulaciones pensamos que ni Galápagos de los pobres ni ocho cuartos, pero después de sacar no menos de 8 bujías del motor de 400 caballos de la lancha y cambiarlas por otras, el capitán anunció que nos podíamos ir.

Una hora más tarde fondeábamos frente a la isla mientras unas 7 u 8 tortugas gigantes y decenas de peces de colores rodeaban la barca esperando los cachos de lechuga que les lanzaba nuestro guía.

Una nueva conquista de los Willys!
Una nueva conquista de los Willys!
La isla de la Plata en todo su esplendor
La isla de la Plata en todo su esplendor

Desembarcamos en la isla y realizamos una caminata por los acantilados observando un montón de curiosos picudos de patas azules, una ave que, como su nombre indica tiene las patas de un color marcadamente azul clarito. Pareciese como si alguien se hubiese dedicado a darle brochazos a todos los ejemplares adultos allí presentes, y sino, juzguen ustedes mismos!

Un macho adulto con dos crías que debido al plumaje parecen más grandes que él
Un macho adulto con dos crías que debido al plumaje parecen más grandes que él.

Finalmente, almorzamos en la barca e hicimos esnorqueling en las frías aguas de la bahía dónde observamos enormes peces globo de colores, peces loro, peces araña y curiosos corales de un verde militar.

De vuelta a Puerto López agarramos un bus para llegar hasta casa de Giulia, nos encontramos con una encantadora Italiana que acoge a menudo animales abandonados, y justo en ese momento acababa de volver de pasar 24h fuera. Las 4 cachorras que acogía en este momento habían evacuado sin piedad en la cocina, dónde se habían quedado encerradas, y una de ellas tenía diarrea, nuestra primera misión fue la de limpiar a las cachorras y alguna, se había revolcado en las heces de su hermana…

Mona y una de "las negras"
Mona y una de “las negras”

Una vez superada la crisis, nos instalamos y descubrimos la preciosa casa de Giulia,  abajo la cocina y comedor, arriba una terracita cubierta, una sala inmensa que hacía las veces de dormitorio y de sala de estar, un precioso cuarto de baño abierto parcialmente por dos lados, sin ventanas para sentir la brisa del mar mientras uno se ducha, se lava los dientes o se sienta en el trono. Nos contó que había llegado allí por casualidad, casi tres años atrás, y que paseando por la playa desierta se enamoró del lugar. Ella y su ex-marido llegaron a un acuerdo con el propietario del terreno que ocupaba una antigua perrera, y con sus propias manos y la ayuda de algunos obreros, levantaron la casa que allí veíamos, aunque ahora hacía más de un año que estaba sola, el marido Colombiano, había vuelto a su país.

La solitaria playa que encandiló a nuestra anfitriona, en 5 días no vimos ni un alma pisar la playa
La solitaria playa que encandiló a nuestra anfitriona, en 5 días no vimos ni un alma pisar la playa

Estábamos asombrados, el lugar estaba en medio de la nada y ella sóla se había dedicado al jardín, el huerto, los animales, sus labores, las reformas… si bien es cierto que el jardín y el huerto habían visto tiempos mejores, nos anunció que en Diciembre probablemente tendría que dejar la casa y no estaba con ánimos para empezar otra vez de cero.

Conectamos de inmediato, Giulia tenía una energía inacabable y lo curioso es que nos dio la impresión que nos acogió bajo su ala protectora, parecía que cuidara de nosotros con ímpetu pero con suavidad, con determinación pero con tranquilidad.

Giulia compró en esta tienda un licor con el que quiso emborracharnos y probablemente aprovecharse de nosotros
Giulia compró en esta tienda un licor con el que quiso emborracharnos y probablemente aprovecharse de nosotros

Se levantó todos los días antes que nosotros, dos de ellos nos preparó un magnífico pastel que devoramos frente al mar, nos explicó como visitar la bella playa de los Frailes en los alrededores, nos tuvo que ayudar con el fuego de la barbacoa, que los tres hombres de la casa no conseguíamos dominar, nos acompañó, aunque estuviera lesionada en el pie al pueblo vecino (nos contó que la lesión se debía a una feroz entrada de fútbol que ella misma realizó a la Italiana, eso es, por detrás y sin opción a jugar la pelota, el día anterior a nuestra llegada) y por último nos acompañó también al lujurioso pueblo de perdición: Montañita.

El pescatero que nos vendió 4 magníficos Jureles que cocinamos a la barbacoa gracias a nuestra destreza
El pescatero que nos vendió 4 magníficos Jureles que cocinamos a la barbacoa gracias a nuestra destreza
Después de muchas horas por fin pudimos degustar el pescado (Giulia no es muy amiga de las fotos)
Después de muchas horas por fin pudimos degustar el pescado (Giulia no es muy amiga de las fotos)

Montañita merece mención aparte ya que en este pueblo de costa lleno de extranjeros solo se viene a surfear, emborracharse, drogarse y ligar.

Aparte de lo del surf y lo del ligue creo que cumplimos con la tradición.

La noche acabó sobre las cinco de la mañana, después de haber bailado sin reposo, con los Willys y Giulia dormitando en el taxi que nos llevó de vuelta a la tranquila casita del mar.

Parte del salón de Giulia
Parte del salón de Giulia

En fin… que lo que tenía que ser una noche de paso se convirtió en 4 noches y 5 días de mucho fluir y nos hubiésemos quedado aún más… pero Perú nos llamaba, y antes de eso una última parada en Ecuador, Cuenca dónde nos íbamos a reencontrar con mi compañero de capoeira en Barcelona, Julien.

Cada día puede uno disfrutar de esto desde la terraza de la casa de la playa
Cada día puede uno disfrutar de esto desde la terraza de la casa de la playa

Giulia no nos permitió despedirnos, la mañana del último día huyó a hurtadillas antes de que abriéramos los ojos y con una preciosa nota y un pastel nos dijo “hasta la vista”, así que un poco nostálgicos, nos plantamos en la carretera con nuestras mochilas y esperamos el bus. Una camioneta se paró y nos subió en su mugriento remolque hasta Montañita, el aire en la cara nos despejó y de allí otras interminables 10 horas de bus hasta Cuenca.

Julien es un chico Francés que se instaló en Barcelona hace 9 años y que hace dos decidió dejarlo todo y ponerse a viajar (¿os suena?), después de estar en Martinica, Jamaica, Cuba, Colombia… el destino quiso que en Cuenca se enamorara de una sonriente Ecuatoriana y decidiera plantarse, momentáneamente, en su vuelta al continente americano, de eso hace ya 11 meses.

Un monasterio lleno de exvotos
Un monasterio lleno de exvotos
Una campesina en el mercado
Una campesina en el mercado

Julien nos dio cobijo en su piso, que alquila junto a un Venezolano en el centro de esta ciudad de estilo colonial. Se portó de fábula con nosotros, me invitó a unirme a su grupo de capoeira en uno de sus agotadores entrenamientos y organizamos una magnífica barbacoa en su terraza dónde ingerimos ingentes cantidades de carne, cerveza y canelazos sin pestañear.

También visitamos el parque Nacional Cajas, otra sobrecogedora caminata de 5 horas a unos 4000 metros de altura entre montañas cubiertas de hierbajos y gélidas lagunas en la que, pese algún problema de orientación inicial, llegamos a buen puerto. Me fascinaron los colores pardos y el brillo de las lagunas, fue una gran despedida de Ecuador ya que al día siguiente entre abrazos y promesas de reencuentros con Julien nos dirigimos a la estación, rumbo Perú!

Humedales y tonos parduzcos
Humedales y tonos parduzcos
Lagunas y más lagunas
Lagunas y más lagunas
Lagunas y más lagunas y más lagunas
Lagunas y más lagunas y más lagunas

 

Mucho más que la mitad (II)

Desde la sierra y después de estudiar varias opciones, decidimos que queríamos conocer el Amazonas.

Como es sabido el pulmón del planeta ocupa gran parte de Brasil, pero también de Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela o Bolivia. El parque nacional Cuyabeno, en el oriente, nos pareció un buen lugar para internarnos en la espesura y aunque el precio era elevado (uno solo puede acceder al parque con un «tour») acabamos disfrutando de 4 días de ensueño entre aguas marronosas, arañas peludas, casas de paja, aves de colores, monos, peces con dientes y nativos sonrientes.

Nuestros aposentos desde el aire
Nuestros aposentos desde el aire

Nuestros guías, Rómulo y Daniel nos acompañaron en caminatas diurnas y nocturnas, explicándonos infinidad de curiosidades, propiedades de plantas y árboles, mostrando huellas de animales, bichos palo, una mantis religiosa de más de un palmo de largo que se subió a mi mochila sin que me diera cuenta…

Un gigantesco puerco espín se había colado en una de las habitaciones!
Un gigantesco puerco espín se había colado en una de las habitaciones!
Turistas a lo Tarzan!
Turistas a lo Tarzan!
La monstruosa Mantis
La monstruosa Mantis

En una canoa remando río arriba pescamos pirañas y observamos la naturaleza, nos enseñaron inmensos termiteros e imponentes panales de abejas, algunas con una capacidad para batir las alas a un ritmo sincopado como si de un ejército marchando se tratara. Os aseguro que nuestras caras de asombro e incredulidad eran para enmarcar cuándo a su orden, todos gritamos y el panal se puso a emitir un sonido de pasos sordo y acompasado «fuuu, fuuu, fuuu, fuuu»!!!

Los innumerables baños en aguas infestadas de caimanes, morenas y pirañas, los delfines rosados de la laguna, el espléndido atardecer que nos brindaron los árboles que surgían del agua y el ardiente sol tiñendo de violeta las nubes, la vuelta de más de dos horas en la más absoluta oscuridad por los meandros del río, el cielo estrellado, el avistamiento de satélites, las hilarantes noches en la zona común antes de acostarnos y un largo etcétera convirtieron lo que temía podía ser un tour ultra turístico y preparado en una pequeña aventura maravillosa.

Sin comentarios
Sin comentarios

Dejamos atrás la húmeda selva para volver a Quito y aunque nuestro siguiente destino era Baños, una ciudad rodeada de ríos, cascadas y aguas termales, la simpatía e insistencia de Juan y Gabi nos desviaron hacia Mindo, un pueblo al oeste de Quito al que fuimos invitados.

Era feriado en Ecuador, un puente de 5 días nos hacía temer kilométricas colas en la carretera. Salimos de Cuyabeno al caer la tarde y Juan recogía sonriente a 3 legañosos Willys a las dos de la madrugada frente a su universidad dónde estaba de guardia, nos dejó en su casa donde tardamos 30 segundos en dormirnos de nuevo y una vez terminada su guardia enfilamos a Mindo sin demasiados percances.

Allí nuestros huéspedes se encargaron que tuviéramos una experiencia inolvidable y familiar. Nos fuimos a hacer “canopy” y disfrutamos como niños colgados de cables entre montañas, imitando a Superman en cada tramo o simplemente admirando los árboles desfilar bajo nuestros pies.

La entrañable barbacoa que preparó el padre de Gabi con una nevera repleta de cervezas acabó en la discoteca del pueblo, dónde seguimos con ron, jugando alrededor de una mesa e interaccionando con los locales en mayor o menor medida, al final de la noche, nueva separación de los Willys y vuelta a casa con más o menos rodeos, más o menos memoria, en definitiva, gran noche y gran resaca que curamos con un excelente desayuno y un chapuzón en las gélidas aguas del río Mindo al día siguiente!

¿Donde andarían los otros 2 Willys?
¿Donde andarían los otros 2 Willys?

Nos despedimos con cariño de nuestros anfitriones y enfilamos hacia la costa. Aunque varia gente nos advirtió, que viniendo del Caribe, el pacífico y sus revueltas aguas puede resultar un poco decepcionante, no nos importó, echábamos de menos el mar.

La llegada a Esmeraldas fue impactante, parecía que hubiéramos cambiado de país, la ciudad, con muchos edificios en estado precario debido al fuerte terremoto que se produjo hace menos de un año, no tiene nada de especial, incluso el renovado malecón, con su moderno paseo repleto de restaurantes parece no pintar nada allí. Lo que nos impresionó era que gran parte de la población era negra, de estilo caribeño, la música, el ambiente, cuesta de definir pero llegamos a la conclusión que la población de la sierra y los del norte de la costa pacífica son de dos mundos distintos.

Una rápida parada en el tranquilo y surfista pueblo de Mompiche, un poco al sur de Esmeraldas, nos sirvió de relajo y puesta al día en internet después de unos días de desconexión entre Cuyabeno y Mindo, el día nublado nos invitó a tumbarnos en una hamaca, leer, jugar a cartas, hacer algo de deporte y cocinar, en definitiva, estar de vacaciones de verdad y abandonar momentáneamente el trasiego que a veces comporta el viaje.

Pescadores en Mompiche
Pescadores en Mompiche
Un pelicano sortea una ola en la playa de Mompiche
Un pelicano sortea una ola en la playa de Mompiche

Más al sur, frente a la costa de Puerto López se encuentra la isla de la Plata, conocida como la Galápagos de los pobres. Una vez comprobamos que el billete de avión costaba no menos de 400$, que la entrada al parque cuesta unos 120$, que cada excursión en cada isla puede costar de 80 a 120$, el alojamiento, la comida… nos dijimos que aunque nos muramos de ganas por conocer este lugar único y extravagante, lo dejaríamos para la siguiente ocasión ya que de los 1200$ por 5 días no se baja, y como diría Nuñez “això no ens ho podem permitir!!!” así que Galápagos de los pobres it is! Y suerte que fuimos allí porqué allí encontramos a Giulia, pero os lo contaremos en el siguiente capítulo!

Mucho más que la mitad (I)

En nuestro obstinado rumbo hacia el sur, antes de entrar a Perú y poder admirar el mítico Machu Picchu, o el desierto de Atacama en el norte de Chile, una ojeada al mapa nos advirtió que un país se interponía en nuestro camino, justo en el medio, como el jueves, un país que pretendíamos cruzar en unos 15 o 20 días, casi de puntillas, una especie de trámite: Ecuador.

Dejamos Colombia a desgana, arrastrando los pies, nostálgicos, 40 días en el país cafetero fueron suficientes para amarlo, pero totalmente insuficientes para conocer todos sus rincones y disfrutar a fondo de su gente.

¿Qué sabíamos de Ecuador antes de llegar a él? Que la famosa línea imaginaria que parte el mundo en dos mitades iguales, como una naranja, le da nombre (¿o era al revés?), que posee unas islas, pacífico adentro, con una variedad de animales casi mágica, y que su presidente actual es Rafael Correa. Sinceramente, poco más.

Pues bien, desde el primer momento al último, Ecuador nos cautivó y al final, el mes que hemos disfrutado recorriéndolo, ha sido, a todas luces, insuficiente (una vez más, sí).

A grandes trazos, descubrimos que Ecuador consta de 4 partes bien diferenciadas, a saber: (1) La Sierra, como llaman a los Andes, la gigantesca cicatriz que atraviesa sur américa; (2) El Oriente, ocupado por la espesura Amazónica; (3) La costa Pacífica, a priori no tan atractiva como el Caribe y (4) las famosas Islas Galápagos.

Resulta que entramos en la mitad de la tierra tocando el cielo, primero en Ibarra a 2200 msnm, en la que rodeamos la laguna de Yahuarcocha, vigilada por bonitos montes redondeados de tono verde parduzco y tuvimos una alocada noche en la que los Willys se acabaron separando. Uno perdió su forro polar, otro se quedó dormido en casa ajena sobre un cómodo sofá y otro último acompañó un grupo de presuntos delincuentes a dos fiestas privadas después de la discoteca!

La Laguna Yahuarcocha
La Laguna Yahuarcocha
Aunque nos costó...
Aunque nos costó…

Nuestra segunda parada, Otavalo, se encuentra a unos 2550 msnm y nuestro primer “trekking” serio del viaje consistió en subir al Fuya Fuya. Hollamos cima a 4263 msnm después de ascender desde la preciosa laguna de Mojanda, era lo más alto que ninguno de los 3 había estado nunca y lo notamos en el trayecto con numerosas paradas para recuperar el aliento. El último tramo constaba de una “grimpada” un poco vertiginosa y aunque la niebla no nos dejó ver mucho desde la cima, estábamos satisfechos y sonrientes mientras descendíamos de nuevo entre los hierbajos hasta la laguna.

Coronamos el Fuya Fuya
Coronamos el Fuya Fuya

Al día siguiente fuimos hasta la laguna Cuicocha, a los pies del volcán Cotacachi. La laguna, en realidad, es un cráter secundario del volcán, tiene dos pequeñas islas en medio y en unas 3 horas le dimos la vuelta pudiendo admirarla en todo su esplendor y bajo todos los ángulos, la luz era preciosa y como guinda final las nubes que envolvían la cima del volcán escamparon permitiéndonos admirar el blanco y escarpado pico. Yo me entretuve con una pareja de franceses que me contaron como él, de los 12 a los 15 años había viajado por el mundo en velero con sus padres, no podía parar de soñar despierto!

Los Willys en la laguna Cuicocha
Los Willys en la laguna Cuicocha

El hostal de Otavalo era muy acogedor, regentado por una pareja, él Ecuatoriano, ella Española y nos dedicamos a cocinar y a recuperar fuerzas con un gran plato de pasta boloñesa. Aún así un percance con el ebook de David, que rompieron durante la limpieza de la habitación, nos dejó un poco de mal sabor de boca; aunque después de una corta discusión, el gerente nos ofreció dos noches gratis.

Finalmente visitamos el mercado, tanto el de artesanía, con miles de artículos de suave alpaca (bufandas, coloridos ponchos y pantalones), cuadros, figuritas, juegos de mesa tallados en madera y artículos de cuero… como el de abasto, con la sección de frutas y verduras y su gran gamma cromática y la igualmente olorosa sección de viandas sin refrigerar con bellas y lanudas cabezas de carnero expuestas con sus incisivos asomando casi al lado de un cerdo entero cocido con arroz y verduras en su interior, todo muy higiénico.

Frutas y verduras
Frutas y verduras
Peppa pig
Peppa pig

Aunque no somos especialmente maniáticos, esta vez, nuestros estómagos no nos permitieron almorzar allí y pronto nos dirigimos a nuestro tercer destino en Ecuador, Cayambe.

Este pequeño pueblo se encuentra muy cerca de la latitud 0-0-0 y está dominado, en los días claros, por el imponente volcán de idéntico nombre, un nevado que parece que viste una suave y blanca «barretina» y se eleva hasta los 5790msnm.

El ridículo monumento a la mitad del mundo
El ridículo monumento a la mitad del mundo

Primero visitamos un feo y ajado monumento a la mitad del mundo, una bola de cemento en una polvorienta carretera que no ha visto mantenimiento en siglos, fue nuestro primer contacto con el Ecuador como línea imaginaria, después buscamos unas aguas termales que nos dijeron eran gratis, no señalizadas, en el fondo de un imponente valle que descendimos y volvimos a subir con la cola entre las patas, al ver que las termas en cuestión eran una piscina sucia y con el agua fría, para finalmente sumergirnos en unas aguas termales de pago a un par de km de allí.

Descendimos unos 400 metros hasta la nada para volver a subir
Descendimos unos 400 metros hasta la nada para volver a subir
El agua que llegaba era como mucho tibia, la obra había visto tiempos mejores.
El agua que llegaba era como mucho tibia, la obra había visto tiempos mejores

Enardecidos por nuestra excursión al Fuya Fuya, al día siguiente, nos animamos a subir al Cayambe hasta dónde la nieve nos lo permitiera. El día se levantó espléndido, ni una sola nube, un cielo azul cobalto dejaba paso a un azul turquesa brillante cuándo subí a la terraza a echar un vistazo a las 06h30 de la mañana, visibilidad perfecta, la nieve del Cayambe ya nos cegaba mientras lo mirábamos de reojo a eso de las 7h30 de la mañana dirigiéndonos al taxi con el estómago lleno de los ricos pero pesados bizcochos de Cayambe.

Una rápida negociación con Rodrigo y ya estábamos en el coche camino de la falda del nevado. Nuestro simpático taxista, ex-presidiario, como denotaban sus tatuajes difuminados, decidió que también nos acompañaría en la excursión y no solo se quedaría esperando en el coche, para nosotros fue un placer.

La verdad es que fue otra maravillosa experiencia, gracias a la pericia de Rodrigo al volante subimos hasta unos 4200msnm por una tortuosa y pedregosa carretera y de allí seguimos andando y jadeando, primero al refugio y después hasta la laguna dónde empieza el glaciar, a unos 4950msnm.

Recuperando el aliento
Recuperando el aliento

Nuestra falta de equipamiento nos impedía avanzar más allá, ni una sola nube había empañado la cumbre y nos quedamos largo rato admirando la inmaculada capa de nieve que se extendía delante nuestro y el grisáceo glaciar que se alzaba escarpado a nuestra derecha. En la lejanía podíamos distinguir la forma cónica de otro volcán, el Cotopaxi a casi 100km de distancia a vista de pájaro.

Dos aguerridos turistas y su guía descendían encordados, y mientras se descalzaban los crampones les pregunté. Habían salido a las 12h00 de la noche, eran cerca de las 11h de la mañana y descendían agotados después de haber visto el amanecer en la cumbre.

Los afortunados alpinistas a punto de salir de la lengua de nieve
Los afortunados alpinistas a punto de salir de la lengua de nieve

Me quedé con unas ganas tremendas de hacer cima yo también pero los precios y el tiempo requerido eran prohibitivos.

De Cayambe nos fuimos a la capital dónde nos esperaban Juan y Gabi, dos amigos militares y paracaidistas que David conoció en Colombia. La pareja y su hijo, no sin antes regañarnos por habernos instalado en la zona “peligrosa” de la ciudad, dónde las prostitutas básicamente, nos dieron un bonito tour por la ciudad nada más llegar y fueron unos magníficos anfitriones en una barbacoa que acabó en bailoteo la noche de Halloween en la zona de más fiesta de la ciudad.

BBQ militar
BBQ militar
La fiesta en Quito!
La fiesta en Quito!

Paseamos por el centro histórico más grande de latino américa, discrepamos un poco con el título de ciudad más bonita del mundo, disfrutamos de las espectaculares vistas que ofrece el imponente teleférico de la ciudad, este, asciende vertiginosamente 1100 metros verticales en escasos 8 minutos, me reencontré con una compañera de trabajo que llevaba sin ver unos 9 años mientras David y Álvaro visitaban un museo de la aviación, visitamos, ahora sí el cuidado monumento/museo de la mitad del mundo y nos perdimos, por poco, un conciertazo de Metallica, todo muy completo!

Solo habíamos visto la zona de la sierra… quedaba mucho por descubrir!

Buseando

Nota previa: Este es el relato del trayecto entre Quito y el parque Nacional Cuyabeno, en el Amazonas, y aunque todos son diferentes podría perfectamente ser otro viaje en bus en centro américa o otro país sudamericano.

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El Pichincha vigila la ciudad de Quito desde las alturas (4784 msnm)

Llegamos a la estación con tiempo, son las 20h30 y el bus no sale hasta dentro de una hora, nos paseamos por las tiendas de la estación y aprovechamos para comprar agua y alguno, provisiones para picar durante el trayecto.

Sobre las 21h nos dirigimos al andén, en el bus, el conductor y su fiel acompañante, el ayudante, que es el que carga la bodega, cobra y está pendiente en todo momento de los que suben o bajan del bus, además no deja de gritar a los 4 vientos su destino cuando pasa por una población, intentando captar siempre nuevos pasajeros.

Son las 21h30 y el bus está listo para salir de la recién estrenada terminal terrestre de Quito. Sorprendentemente el bus tiene WiFi y más sorprendente aún, funciona!

El bus está prácticamente vacío y lo aprovechamos para sentarnos cada uno en dos asientos, compruebo que son bastante cómodos, lo reclino al máximo, me descalzo y coloco los pies en el reposapiés, chequeo rápidamente el móvil y saco mi libro. La televisión se enciende y ponen una malérrima película (que además ya han puesto en otro trayecto anterior), decidido a seguir leyendo el libro que ahora me tiene atrapado (Matar a un ruiseñor), clavo mi mirada en el libro electrónico, pero el sonido de los continuos terremotos, los edificios hundiéndose, el musculado Don Johnson salvando a su familia de un gigantesco tsunami conduciendo una lancha mientras sortea los contenedores que caen de un carguero (escena imperdible), me distraen mucho, los ojos se me van a cada rato y acabo por apagar el ebook resignado.

Veo que David juega al mouss en su Ipad y Álvaro escucha algo en su móvil.

Por la ventana, la ciudad de Quito se extiende en luminosos puntitos por el valle, estamos en la cima de una loma a la que el bus ha subido en este tiempo sin que me haya dado cuenta y de golpe, desaparece, mientras enfilamos hacia el oriente.

Una puerta separa la cabina del conductor del cuerpo del autobús, cada vez que esta se abre se escucha “bachata” o salsa a todo volumen, parece que el conductor no se va a dormir.

La primera película (San Andreas) deja paso a otra, peor si cabe, mis ojos se posan en el televisor sin poder evitarlo, a media película y sin previo aviso, se apaga la tele, fundido a negro, me quedaré sin saber si Steven Seagal atrapa a los malos en esta nueva entrega de poli duro capaz de sacudir a tipos tres veces más grandes que él.

Por fin me dispongo a leer, pero a las pocas páginas se me cierran los ojos.

Abandono y me duermo, me despierto poco en la noche mientras el bus da bandazos, por suerte controlan el aire acondicionado y uno no se congela como pasaba en Colombia hasta niveles absurdos (la gente subía con mantas y gorros aunque fuera hacía 30ºC, nosotros echábamos mano de toda nuestra ropa de abrigo en cada trayecto).

A partir de las 06h30 el bus empieza a clavar frenos y acelerar cada pocos metros. En medio de la carretera, esperan estudiantes uniformados, madres con hijos en brazos, señores con bidones en las manos, el bus abre la puerta todavía en marcha (si es que la había cerrado en el frenazo anterior) frena lo justo para que el ayudante baje mientras apremia a los pasajeros, coloca algo en la bodega si es necesario y sube de nuevo a la carrera mientras el bus ya ha arrancado para seguir su camino.

A los pocos metros la operación se repite, el bus que iba semivacío se llena hasta los topes, en el pasillo ya no cabe nadie más, o eso parece, el sol naciente entra cruel por la ventanas con las cortinas descorridas atormentando mis ojos legañosos, el paisaje ha cambiado mucho, de la sierra a casi 3000 msnm hemos bajado al oriente, ya estamos en zona amazónica, la frondosa selva se extiende a lado y lado de la carretera.

Una música machacona con éxitos de ayer y de siempre suena por los altavoces, llegamos a una escuela, los niños uniformados bajan, observo como uno se arregla el nudo de la corbata mientras se acerca a la puerta de la escuela.

El trajín es continuo y tardamos 3 horas en recorrer escasos 80km.

Por fin llegamos a Cuyabeno y dejamos el bus, antes de que nos hayamos dado cuenta, el ayudante ha bajado del bus, ha sacado nuestras mochilas y las ha dejado a un lado de la carretera, un rápido saludo al conductor al bajar y cuándo el último de nosotros aún no ha puesto el pie en el suelo, el bus ya ha arrancado hacia su próximo frenazo, el ayudante alcanza el bus con una corta carrera y nos deja aún medio dormidos y cansados, son las 09h de la mañana, hemos llegado a nuestro destino!

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El río Cuyabeno

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Atardecer en la laguna