San Carlos de Bariloche

Con un mes de retraso, por fin aparece el post que os debía sobre Bariloche y la región de los Lagos en Argentina. Allí fuimos hace un mes, cuando aún estábamos en Chile porque es más simple entrar desde Chile, que ir allí cuando estás subiendo de sur a norte en la Argentina. El caso es que el viaje nos llevó unos cinco días en esta región, con la suerte de tener un tiempo increíble para disfrutar más aún.

 

Plaza de Bariloche

De entrada, solo el viaje en autobús desde Chile, ya merece la pena. Bordeas el lago Nahuel Huapi durante la parte final del trayecto, con el sol de media tarde y vas llegando al pueblo. Una vez allí, acompañados de una pareja de franceses, tuvimos la mejor de las suertes: dirigirnos al hostal “Estación del Sur”. Lo que tendría que ser el hostal cada día de nuestro viaje: cómodo, simple pero completo, limpio y sobretodo, regentado por Martín y José. Los dueños nos dieron la mejor acogida, haciéndonos sentir como en casa y ayudándonos siempre en todo lo posible. Así da gusto dar una vuelta al mundo (a ver cuando hablo de hostales, que lo tengo pendiente…). Así, con una base de operaciones tan buena, la visita se hace mejor…

 

Lago Nahuel Nuapi

 

Desde Cerro Catedral

Bariloche en si, no es el pueblo más bonito en el que uno haya estado. Es turístico, vive del esquí en invierno, muchas tiendas, mucho ajetreo con alguna que otra zona linda para pasear. San Carlos de Bariloche no es el atractivo de la zona: lo mejor está allí fuera.

 

Estamos guapos, no ???

Así el primer día nos fuimos de paseo: nos fuimos a “cerrear” (visteee, que palabras invento ????). Cerrear es ir a un cerro, es decir, subir montañas. Primero Cerro Catedral, donde están ubicadas las pistas de esquí (ya en su último fin de semana). Subiendo con los remontes, llegas a la cima y tienes toda la vista aérea de la zona: todos los lagos, cerros chilenos y argentinos, volcanes, bosques… Subes bastantes, lo que te da una perspectiva muy buena de toda la región. Tiempo para admirar la vista, tomar una Quilmes, charlar, jugar con la nieve y bajando que luego tenemos otro cerro. El Campanario. Menos elevado que el primero pero igualmente subiendo con remonte (eso si, nuestra catalanidad unida al nuestro plan “tengo que quemar todos los asados con chimichurri que me zampo”, nos llevaron a subirlo a pie. La pela es la pela). Y cuando subes arriba. Te quedas sin palabras. Para mi, de las mejores vista sin duda del viaje. Todo es bonito, la luz del sol ya atardeciendo es el mejor complemento, la nieve, el agua, la tranquilidad y la felicidad de saber que estás viendo algo bonito. Aquí si que nos tomamos nuestro tiempo. Arriba un restaurante muy apetecible sirvió una tarta de chocolate a Ceci y nosotros, unas Quilmes (si, en efecto, estoy enamorado de esta cerveza). Una silla y mucho tiempo para quedarse con la vista. Y luego cargados de energía, bajando que es gerundio, perdiéndonos durante un rato y conociendo simpáticos perritos de bellas casas de la zona (que lindo se pone un perruco cuando entras en su terreno. Suerte que como en los dibujos, llevo siempre un solomillo en la manga).

 

Volando encima de los Lagos
Quilmes, Quilmes…

Y claro, con un día así, que hay que hacer: CELEBRARLO. Haciendo qué ??? Un ASADO !!! Aquí los Willy Fogs, entrando en la ciencia del asado argentina. Después de comprar carne (muy barata) y Quilmes (para beber, no para asar): Martín nos dio los consejos para el asado. A primera vista, para hacer un asado argentino hay que ser ingeniero en térmica, técnico de manipulador de alimentos, encomendarse a Nuestra Señora de Luján y mimar la carne como si fuera de la familia. En efecto, como dar el misticismo a una barbacoa: decir que es un asado.

 

Está.

 

No está.

– Viste Kim, ahora la cubro con periódico. Retengo el calor.
– Che, cuanto lleva ??? Poco tiempo.
– Esteeeeee, la giraste ???
– Pibe, como se reconoce un espía argentino ??? Porque en la espalda lleva un cartel: soy el mejor espía del mundo.
– Locoooo, comemos ya ???

Desde aquí, mucho cariño para todos. Hago broma, pero el caso es que el trozo de vacío que nos zampamos estaba riquisimo.

Y ya otro día, bajo los consejos de mi prima (que nos dió un montón, gracias Pablo!), nos fuimos a comer curanto en la Villa Suiza. El curanto es una manera de cocer la carne muy curiosa: se calientan piedras de río al fuego, se entierran, se ponen las verduras y la carne, se deja cubierto 45 minutos et voilà !!! Ya tienes la carne cocida y con un sabor muy especial, mezcla de tierra y humo. No dejamos ni los cubiertos. Además, fuimos a un sitio que después de la comida, un simpático caballero nos ofreció canciones y bromas de la zona. Algún tango, otra milonga y muchas sonrisas, el mejor digestivo del mundo (el avispado lector notará que no bebimos Quilmes. No había. Indignante).

Y para terminar, al día siguiente, paseo en barca por el Lago Nahuel Huapi. Lástima que el día no nos acompañó y nos siguió más la lluvia que otra cosa, pero tuvimos otra visión (esta vez desde el agua) de este lugar tan precioso que es la Región de los Lagos.

Volveremos.

 

Islote donde está enterrado el Perito Moreno

 

 
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